Conan, el bárbaro

Siguiendo con el repaso a más películas veraniegas, le toca el turno a otro revival. Después de la actualización precuelera de El planeta de los simios, le toca el turno a Conan, el guerrero cimmerio creado por el escritor Robert  E. Howard y convertido en uno de los iconos de la cultura masiva audiovisual de la mano del director John Milius y del forzudo Arnold Schwarzenegger. En este caso, ni el director Marcus Nispel está a la altura de un realizador como Milius (cuyo trabajo se dejó ver en películas como Apocalypse Now o en series HBO como Roma) ni el protagonista Jason Momoa viste las hechuras hinchadas y cuasi-míticas de Arnie, pero la peli se deja ver, Momoa se mantiene a la altura de las circunstancias y el resultado final es bastante decente.

Conan el Bárbaro, en versión 2011, es una producción violenta. En ocasiones, el espectáculo hemoglobínico alcanza cotas de verdadero y agradecido espanto, y los mandobles de pesadas espadas, las heridas de guerra, los hostiones salvajes se van sucediendo hasta dotar a la película de su característica más reconocible: la absoluta materialidad de la violencia, en contraste con lo incorpóreo y evanescente de la imagen digital que preside cada plano y que resta una parte importante del verismo de la versión de 1982, que explotaba realmente bien los paisajes naturales (españoles) para inscribir en un terreno mítico pero tangible a Conan.

Porque ese es, a mi juicio, el gran problema de la nueva versión del bárbaro: la pérdida de ese halo propio de la fantasía de espada y brujería, ese halo que sí supo mantener la adaptación ochentera, y que otras sagas como El señor de los anillos han sabido trasladar al medio audiovisual. La actual aventura de Conan es entretenida, es espectacular, no escatima en violencia, pero carece de ese espíritu de leyenda, de folklore ancestral, que tanto bien hace en la retina y en la memoria de los espectadores.

En cuanto al relato en sí, se ajusta con bastante comodidad a los pasos del viaje del héroe descrito por el antropólogo Joseph Campbell. Dejando de lado esos referentes mitológicos, partimos de un bebé que nace en plena batalla, con su madre blandiendo un arma; seguimos con una educación basada en la herrería, el valor y la muerte; continuamos con el asesinato de un padre; y nos dejamos llevar por la epopeya vengadora de un ser dotado especialmente bien para matar. Entre medias, Conan encontrará tiempo para seducir y follar a una chica muy mona.

Y, trufando ese esqueleto narrativo, muchas secuencias de peleas, batallas, escaramuzas, duelos, a cual más espectacular, en busca de un más difícil todavía que se resuelve con un combate final sobre una rueda que se eleva sobre un abismo, con la guapa de la función encadenada. Como se puede ver, el personal no ha ahorrado ni un poquito a la hora de asombrar a un cada vez menos sorprendido espectador. En definitiva, una opción decente para pasar un rato ameno en el fresquito de una sala de cine con aire acondicionado.

publicado por Jose María Galindo Pérez el 24 agosto, 2011

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