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Amanece que no es poco (clásico del surrealismo español)

★★★★☆ Muy Buena

Amanece que no es poco

Hace muchos años, siendo yo un infante, mi señor hermano me llevo de excursión a la universidad. El destino era la facultad de imagen de la Complutense y el objetivo ver una película.

 

Para mí, en aquella época sin Internet ni Megaupload, fue algo brutal. Al llegar te daban una enorme lista llena de cientos de películas y podías ver la que quisieras. ¡Que suerte la mía! Un videoclub enorme al alcance de mi mano y sin pagar un chavo.

 

La elección corría por cuenta de mi hermano y su amigo: la ganadora fue Amanece que no es poco, que desde ese momento se estableció como la película más loca, y graciosa, que había visto en mi corta vida. Nuestras risas fueron atronadoras, y seguro que molestamos, a los que, al contrario que nosotros, tenían intenciones menos lúdicas en sus visionados.

 

Tras este remember, entremos en materia. Amanece que no es poco es una locura, pero una locura con sentido, situándose a medio camino entre el surrealismo y una suerte de realismo mágico cañí, sin dejar de lado el absurdo. El film fue el causante de que después, los Monty Phyton no me hicieran ninguna gracia; ya había tenido mi dosis de humor irracional. Quizás mi joven mente no estaba preparada para ese humor tan marciano, pero posteriores visionados, no han hecho más que repetir la impresión inicial, aumentando el número de carcajadas.

 

Lo más destacado de la cinta es el reparto. Un tú a tú lleno de grandes actores. Algunos ya se fueron (siempre Ciges) y otros siguen por aquí. La mayoría de ellos bordan sus papeles, recordando un servidor, con especial cariño, la pareja padre-hijo formada por Luis Ciges y Antonio Resines, sin olvidar al enorme Quique San Francisco.

 

Destacar aspectos técnicos del film no es importante, ya que lo que importa aquí es el dialogo, las situaciones cómicas llevadas hasta el paroxismo. Para muestra un botón: Tito Valverde se excita sexualmente y acto seguido el culo le pega un fogonazo. Si así, como suena. Ahí radica el encanto del film, en la extravagancia que recorre toda la cinta.

 

Lo que mas ganas tengo de comentar es la lista interminable de gags que alberga la cinta, pero hacerle eso a un film, que depende tanto de ello para que funcione, me parece un flaco favor. Aun así no puedo evitar comentar algunos momentos inolvidables.

 

Luis Cigues y su hijo, Resines, llegan a un pueblo en sidecar. El padre, al no ver a nadie por las calles, expresa: En este pueblo o hay fantasmas o son todos unos hijos de puta.

Otro momento impagable: es de madrugada, apenas hay luz en la calle, alguien llama a una puerta, la justificación para tal interrupción, a esas altas horas, es la siguiente: buenas noches, venía a hablar de Dostoievski.

 

Podría seguir contando cosas sobre los hombres que florecen del suelo, las colas en los bares por la mañana (pal vicio si madrugamos, ¿no?), el reparto de papeles dentro del pueblo, el hijo negro, el sol, el personaje que quiere cambiar el papel, el suicida, etc. Como veis no puede existir una relación coherente entre mi lista anterior, pero en la coctelera ideada por José Luis Cuerda en 1969 encajaban de un modo mágico.

 

Imposible recordarla sin nostalgia. Auténtico film de culto que quien ve recuerda. Fuente de inspiración del inolvidable P. Tinto. Ya existían marcianadas y frases para el recuerdo antes de las Muchachadas Nuis y los malditos Torrentes.

Lo mejor: Todo
Lo peor: Nada
publicado por Alberto Zamora López el 4 octubre, 2011

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