Romántica al modo en que Woody Allen sabe enganchar en lo romántico, sin caer en lo cursi, sin dejar de atender a sus vicios capitales. Ciencia-ficción culta, por lo menos. Un viaje al pasado glorioso sin dejar de amar el presente inevitable…

★★★★☆ Muy Buena

Midnight in paris

Soy de Woody Allen al modo en que algunos son del Betis y otros son católicos o activistas de Greenpeace. Probablemente el mundo sería otro mundo el día en que este hombre deje de hacer cine por causas voluntarias o por otras más dramáticas. Ir al cine a ver una de Woody Allen es un rito formidable con independencia del placer que produzca la asistencia a la sala. No soy capaz de enfadarme con nada que haga este hombre porque es como uno más de la familia y uno, estando yo al cabo de cómo funcionan los afectos y las devociones, al que los años compartidos y los placeres regalados le relevan del fracaso y lo aúpan a un olimpo de mitos absolutos. Soy de Allen torrencialmente. Importa muy escasamente que la pifie (Vicky Cristina Barcelona) o que no aporte nada nuevo (hay montones de películas menores, rendiciones anuales innecesarias) porque lo que los degustadores de estos artefactos no siempre humorísticos disfrutamos es el hecho mismo de participar en una especie de liturgia en la que, al final, sabido el mensaje, interiorizados de antemano los códigos, solo apreciamos la liturgia misma.
Midnight in Paris es una delicada vuelta de tuerca sobre los temas que obsesionan al maestro, una fantasía fuera de alcance de una mente racionalista (quién desea cordura y sentido común sentado en una butaca de cine) que indaga sobre la perplejidad intelectual o estética de un novelista inseguro (un soberbio Owen Wilson que hace las veces de un clásico Woody Allen en tics, tartamudeos, fobias y filias) que visita París, se enamora de París y encuentra en sus calles, en su idealizada cartografía de mitos de la cultura universal, un punto de acceso al París de los años 20. De lo que se ríe Woody Allen y a lo que nos obliga a contemplar cara a cara es la estulticia de cierto tipo de turista norteamericano, embebecido de Europa, convencido de que el origen de la belleza y de la inteligencia está en las calles del viejo continente. Expone con un desparpajo dulce, sin el vértigo fonético de otras ocasiones, la francofilia de su corazón de Manhattan, pero no se limita a regalarnos un viaje maravilloso por la ciudad de la luz sino que opta (entre postales idílicas y frases ocurrentes sobre los clichés de siempre) por desmontar ese punto de vista turístico, hueco en el fondo, hecho a medida del visitante accidental, intoxicado de esas estampas bohemias con las que la literatura y el cine nos han vendido a la capital de Francia.
Lo único que les preocupa a los personajes sacrificables de la historia (los amigos del novelista o más bien de su adinerada novia) es si una nota ahumada en el vino achispa más que una afrutada, pero al personaje principal le importan cosas de más trascendencia, aunque la forma de acceder a ellas sea, en manos del hacedor de esta inverosímil trama, de trazas cómicas. En lo cómico, en la rica oferta de escritores, pintores y toreros que Woody Allen saca a escena, está el genio de esta cinta menor, sí, pero delirante, dulce y tierna, que pasa como un suspiro y hace que uno, insisto, ame a Woody Allen casi por encima de todas las cosas y desee que no ceje en su empeño de regalarnos una historia al año, aunque sea mala de solemnidad o al salir del cine no nos explote el entusiasmo en el pecho sino una traca meliflua de petardillos de feria de pueblo. Es Allen, amigos, el único director que es capaz de hacer hablar a Salvador Dalí (maravillosos sus rinocerontes), a Ernst Hemingway (obstinado en la veracidad, en la virilidad de las historias, en la supremacia del escritor puro), a Luis Buñuel, al que le regalan de cuajo la idea de El ángel exterminador o al mismísimo Scott Fitzgerald, achispado como de costumbre, al gusto de la época, buscando inspiración en los tugurios de esa época grandiosa de la cultura y del buen vivir que sólo podemos conocer, ay, si el genio de Manhattan nos empuja al túnel del tiempo y nos deja allí, a ver qué pasa. Él deja claro que le interesa el presente. Una cosa es que su novelista en apuros recorra los felices años 20 y se convierta en un espectador privilegiado de esos bulliciosos días de amor al arte y a la cultura y otra bien distinta, y que Woody Allen no acepta, es que se reniegue del presente, un presente ramplón y gris, vacío en gran parte de su ornamentado y tecnificado chasis, pero propiedad de quien lo vive.
Lo mejor: La ambientación y los diálogos que Allen pone en la boca de todos los grandes personajes de la Historia que cruzan la trama...
Lo peor: Su previsibilidad, el hecho de que sepamos que es algo visto, explicado de otra manera, contado de otra forma, pero ya hemos comprendido, después de tantos años, que eso no importa. O sea, lo peor es nada.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 23 octubre, 2011

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