Una película que tiene la inocencia y la libertad suficiente como para hacer de una historia de amor, una humilde y honesta obra de arte.

★★★☆☆ Buena

El diario de noa

“El Diario de Noa” se rodó entre finales de 2002 y principios de 2003 en Carolina del Sur. Se trata de la cuarta película dirigida por Nick Cassavetes, que ha sabido continuar con el legado y la herencia cinematográfica que le regalaron sus padres, John Cassavetes y Gena Rowlands. No por realizar con un estilo parecido al de John, que no lo hace, sino por haber sabido crear una pequeña joya, en este caso, con una historia vista una y mil veces.

Amores de verano, apasionados, calientes y sinceros que como estrellas fugaces nos han iluminado a todos en algún momento de nuestra juventud. Amores que han suscitado guiones y más guiones, novelas y más novelas, pero este diario de Noa rodado por Cassavetes, tiene algo diferente. Consigue apartar de sus planos, los típicos amantes de cartón piedra, a los que estamos acostumbrados, para regalarnos una historia que va creciendo en intensidad y emoción según suceden los hechos y sobre todo que cree en lo que cuenta, sin pretender adaptarse a las circunstancias, como hace el cine de este género en los últimos años. La historia como digo no es nueva, pero los personajes y el amor verdadero que sienten y que consiguen transmitir al espectador y convencerlo de su veracidad, es algo realmente agradable, esperanzador y sensible sin caer jamás en cursilerías o deplorables y mezquinas falsas dulzuras.

La frescura de esos personajes y la valentía para contar algo en lo que todos creemos, pero muy pocos disfrutan, es encomiable. No creo que haya más de dos, de cada mil parejas, que puedan presumir de amarse mutuamente con la intensidad de estos personajes y ahí está la diferencia, su auténtico valor como narración y como película. Algo, que para muchos, como yo mismo, es lo más importante en la vida y que muy pocos pueden conseguir. Es cierto que hace trampas, como situar a la protagonista en el rol de jovencita rica y a él como un pobre trabajador en la serrería de un pequeño pueblo norteño, tomando los personajes de Nicholas Sparks, pero aún así resulta completamente creíble. A veces se echa de menos ver tipos feos en este tipo de dramas, pero tenemos el problema de que hoy por hoy no hay Bogarts, así que, es bueno ver a grandes actrices o actores como McAdams o Gosling.

Es fácil decir en 2012 que Ryan Gosling es un gran actor, después de su innombrable y sugestivo protagonista de “Drive”, pero en 2003 ya destilaba la artesanía de los grandes intérpretes. Su habilidad para transmitir las interioridades de sus personajes con gestos simples me resulta abrumadoramente convincente, creativa y bellamente emotiva. Siempre con ese aire introvertido y excéntrico que hace de sus personajes un lugar común para la inteligencia y la sensibilidad.

La réplica se la da de forma encantadora, soñadora, creíble y bella, Rachel McAdams, que con esa sonrisa desinhibida, esas lágrimas sinceras y esa aptitud para las emociones, han hecho de ella en unos años, una musa de Woody Allen y en breve de Terence Malick.La empatía emocional entre los dos, eleva la credibilidad y nos guía en este adorable y absorbente viaje por el buen cine; que nos lleva por senderos por los que nos gustaría pisar o nos recuerda senderos por los que ya hemos caminado.

Sam Shepard tiene un papel a su altura, de tipo inteligente, simpático y sensible, que realiza sobradamente. El vínculo creado por su personaje, con respecto a los dos protagonistas hace de su interpretación una clase magistral de lo que debe ser un secundario, un apoyo y reafirmación de las ideas de la historia principal, desde un punto de vista externo.

Gena Rowlands está perfecta en ese papel, emocional y hermoso, en contraposición a los papeles histriónicos y excéntricos que realizaba con su marido. Aún siendo la madre del director, no es que su presencia esté justificada, es que se entiende como necesaria. James Garner me convence hasta las últimas consecuencias y me creo todo lo que me cuenta, en su relación con el personaje de Rowlands.

El guión escrito por Jeremy Leven y Jan Sardi, basándose en la novela de Nicholas Sparks tiene un par de trampas importantes, pero las resuelve con soltura y las necesita para crear situaciones indispensables para la historia. Además sus personajes hacen algo que todos debemos hacer al menos una vez en la vida. Volvernos locos de amor. De un amor sincero y desinteresado en el que tengamos la noble esperanza de la eternidad. La habilidad del guionista para sorprender al espectador está cerca de producirme infartos emocionales cada diez minutos y eso me satisface como consumidor de historias, enormemente. Es bello saber que hay gente que aún no pierde la esperanza en el mundo obscenamente materialista en el que vivimos. Odio las películas serias de amor en general, porque suelen presentarse de forma cobarde y presuntamente intelectual, por esta razón es un auténtico placer disfrutar de aventuras destinadas a la perpetuidad como esta.

Cuando se convierte en un drama bélico también lo hace bien, porque Cassavettes tiene la capacidad de representar las relaciones humanas tal y como son. Si representa honestamente el romance, hace lo propio con la amistad.

Los juegos temporales del guión son absolutamente necesarios tal y como se plantea la historia y dan un resultado magnífico, además provocan una situación curiosa: Cuando a la media hora de película sabes cómo va a acabar, sueles desilusionarte. En este caso ocurre la primera parte, pero contrariamente ensalza de forma abrumadora la historia, generando intriga y logrando que te desesperes porque llegue el momento. Lejos de ser cursi, afrancesada, o falsa, se plantea honesta, creíble y me humedece los ojos, por derecho propio. El uso de la figura del narrador, recurso de utilización compleja, da unos resultados óptimos, que siguen acrecentando la capacidad emocional de la historia.

Me encantan esos temas de Swing que rompen el esquema de las sensibilidades del espectador con golpes de pura energía y optimismo. La música de Aaron Zigman, hace lo que se espera de una banda sonora, ambientar y enfatizar las escenas y las reacciones de los personajes. Además se mezclan bien con las sonatas y preludios de Mozart y Chopin y con ese elegante y salvaje Swing de Duke Ellington.

Una película que tiene la inocencia y la libertad suficiente como para hacer de una historia de amor, una humilde y honesta obra de arte. No es fácil hacer una película de amor que convenza, y más a alguien que ha perdido toda esperanza en el cine de género romance como yo mismo, pero de vez en cuando la vida o el cine… sorprenden
Lo mejor: El guión y las interpretaciones.
Lo peor: Sus trampas en cuanto a lo narrativo.
publicado por Juan José Iglesias Abad el 22 febrero, 2012

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