La maravillosa virtud del director es hacer del exceso genialidad, del cine un juego de ajedrez, con las blancas que son la historia, con las negras, que son los personajes y con un tablero que es su reluciente y esplendorosa técnica como realizador.

★★★★★ Excelente

Sed de mal (touch of evil)

He vuelto a ver una vez más, la versión restaurada de “Touch of Evil”, esa que quizá llegue a parecerse al montaje que Welles hubiera deseado, según el informe que pasó a Universal en 1957, tras revisar la versión de la productora con escenas adicionales que modificaron y desvencijaron su idea del largometraje.

Sin entrar en más disyuntivas sobre los distintos montajes dejaré reseña de mi opinión sobre una de las obras maestras del cine negro, con la premisa y el recuerdo de que las mentes libres, en el arte como en cualquier otro aspecto de la vida, son siempre mutiladas en la mayor medida de lo posible, por el poder.

No comparto del todo la visión de Truffaut sobre el tema, pero su clasificación del cine de Welles me resulta del todo ocurrente y recurrente. “Sed de Mal” pertenecería según sus palabras, a las películas que realizó con “la mano izquierda”, junto a “El extranjero”, “Mr. Arkadin”, “Otelo”, “Macbeth” y el mediometraje “Una historia inmortal”, en contraposición a las “hechas con la mano derecha”, “Ciudadano Kane”, “El cuarto mandamiento” y “La dama de Shangai”. Aunque hubiera que matizar multitud de detalles, esta diferenciación distingue por un lado, el cine que se considera seminal de Welles, en contra de esas películas que dirigió buscando la auto-realización y el cumplimiento de su inabarcable ambición artística. Un cine marcado por sus devaneos con la industria en la meca del cine y su forzado pero placentero y productivo exilio artístico.

Podríamos decir que fue un capricho del destino que Welles dirigiera esta película. Tras su reciente regreso a U.S.A. y un par de fracasos en televisión, sería Alfred Zugsmith quien le ofreciera participar en el thriller “Badge of Evil”,adaptación de una novela policiaca de Whit Masterson, que iba a protagonizarCharlton Heston. El actor, una vez conocida la participación de Welles, hizo saber a los productores que haría cualquier película que dirigiera el de Kenosha, hecho que provocó que se le ofreciera la dirección a Welles, cuya única condición fue que se le permitiera, en dos semanas, reescribir un guión que no le terminaba de convencer.

Supongo que aunque sea reiterativo, es de justicia entrar en materia, hablando de uno de los mejores comienzos de la historia del cine. Dudo que quede algo nuevo por decir del mejorplano secuencia de la historia, pero es de ley hacerlo. La extrema habilidad como realizador, como creador de escenas y como camarógrafo quedan patentes con esos movimientos de cámara imposibles, con un complejísimo planning de grúa pero sobre todo con la maquiavélica idea de comenzar de esta manera una película. La escena bien podría servir cómo tesis de un posible movimiento cinematográfico que exigiría el apelativo de barroco, pero su aplastante belleza plástica no se detiene en la forma.  En tres minutos que dura el plano, se nos presenta esa ciudad fronteriza, entre Méjico y E.E.U.U. llamada “Los Robles”, donde se desarrollará toda la trama. Se nos expone el hecho que desencadena los acontecimientos, rompiendo con la estructura clásica del guión y colocando el catalizador de la historia como fin a esta primera secuencia. Pone en situación al espectador, ambienta la historia y nos da las claves estilísticas en cuanto a decorados, tipología de personajes e iluminación. Orson Welles era un tipo obsesionado por las formas, pero la brutal belleza de su cine radica en llegar a la magnificencia tanto en ese aspecto como en el contenido. Quizá lo que a mí más me interesa del tan alabado plano sea el amor que Orson Welles demuestra por el cine. Por el cine como arte complejo, en el que se unen multitud de oficios artísticos y técnicos para crear una única obra. Así lo corrobora una de sus célebres frases: “El escritor necesita una pluma, el pintor un pincel, el cineasta todo un ejército.”

Lo primero que distingue a“Sed de mal”, del cine negro más purista que bien podrían practicar Lang, en“Perversidad” (1945), Hawks en “El sueño eterno” (1946) o Huston en “El halcón Maltés”,  (1941), es situar la historia en esa ciudad fronteriza, otorgándole un marco espacial, que de entrada saca al espectador de ese concepto clásico de “Film Noir”, alejado de callejones y grandes avenidas de ciudades sintomáticas del género, como Nueva York o Chicago o de los clásicos Piano-Bar tan típicos del cine de esta naturaleza, donde se escuchaba Swing hasta altas horas de la madrugada. El viento y el polvo que corren por las calles de arena de “Los Robles”, esa mezcla cultural y económica de sus habitantes, hechos como que haya cabras paseando al cruzar una esquina y la caracterización extrema, bohemia y exagerada de los personajes son elementos que van creando los primeros distintivos de la narración.

Tras la presentación de la pareja protagonista y de un amplio grupo de los personajes secundarios, que nos guiarán por las distintas subtramas de la historia, todo quedará oscurecido y eclipsado por la aparición de uno de mis personajes favoritos de la gran pantalla. Un plano contrapicado introducirá en la historia a Hank Quinlan.

La complejidad de este personaje, cuyos rasgos físicos y psíquicos están analizados y estudiados hasta el límite, reafirman la misma idea que tiene Welles cuando trabaja con la cámara. Si  rueda planos secuencia de extrema complejidad, hecho que no se remite exclusivamente al comienzo, ya que a lo largo de la cinta, son multitud las escenas que sorprenden por su barroca complejidad; con la máquina de escribir, entiende al personaje como un ente complejo y recargado, al que siempre se le puede añadir una manía o un defecto físico con el que crear una nueva idea narrativa. Puro en boca, gabardina y sombrero trascendentalmente policiacos, ceño fruncido en un rostro orondo, desencajado, profusamente maquillado, que no esconde sus sucias, bastardas, inmorales, asqueadas y repugnantes intenciones, se come la gran pantalla en su primera escena y se convierte en adalid de la inmoralidad y en la primera y más importante paradoja moral que ofrece el guión. Mientras escupe al suelo y al sistema, quejumbrosamente alaba a su “pierna mala”, como consejera de desgracias, para que el propio Welles, en su papel de director cometa de nuevo el pecado de presentar a su personaje, casi con la misma destreza diabólica que ha presentado la película. Welles parece descargar todos sus sentimientos negativos sobre el personaje de Quinlan. No es sólo su adicción a la bebida, o la gula con la que alimenta su orondo cuerpo, como hacía el propio Welles por esos años, sino según llego a entender o razonar, sus propios miedos y frustraciones ante su propia rebeldía y el exilio no deseado, del circo de Hollywood. Esta película suponía la confirmación oficial de su regreso y utilizó a su personaje, para deleitar a su propio desprecio por un sistema que siempre le trató como un pirata o un forajido y forastero. Rompe los cánones del detective clásico de cine negro, como los arquetípicos Marlowe y Spade, que crearanRaymond Chandler y Dashiel Hammett, con un Quinlan, más corrupto y menos romántico. Llevando las características del personaje hacia los extremos como era propio siempre en el trabajo del director.

La patente de corso de Welles es la notable complejidad y la desbordante concepción visual de su relato, logrando que estas no priven a la película de convertirse en algo entretenido, divertido y lleno de ritmo, a pesar de las atrocidades realizadas por la productora en un gran trabajo de montaje. El guión sobre esa vulgar novela de Whit Masterson, crea una narración crítica sobre el poder y la corrupción, temas tan en boga especialmente en el cine negro clásico, pero también sobre el amor y la soledad de forma más soterrada, pero convirtiéndose en esencia de la cinta.

El reparto es sin duda espectacular. Dejando de lado al propio Welles, hablaríamos de un Charlton Heston que se aleja por completo de sus trabajos anteriores y posteriores, en el papel del policía de narcóticos Mike Vargas, cuya mayor virtud, junto a Janet Leigh es la de equilibrar la balanza de la excentricidad y lo bohemio propia del resto de personajes, contra el clasicismo y la empatía social de esta pareja de recién casados, que pretenden pasar su luna de miel. Vargas sirve de antagonista a Quinlan, en ese duelo moral que viene a representar la eterna lucha entre el bien y el mal. Las cinematográficamente maravillosas, sucias e inmorales propuestas del personaje de Welles se contraponen con el personaje de  Heston, en una idea tan antigua como el hombre, de la esperanza contra la muerte.

El personaje de Leigh, lo describe el guión como “una peculiar combinación de inteligencia y simplicidad” y servirá a la historia como nexo de batalla entre los antagonistas. Si Vargas daría su vida por ella, Quinlan la utilizará como mercancía para sus salvajes propósitos. Este personaje fue sin duda el referente que utilizaría Hitchcock, para darle el papel de Marion Crane en “Psycho”. Y no es la única referencia que toma el maestro inglés de “Sed de Mal”, para su archiconocida historia de terror.

El plantel de secundarios conforma las ramificaciones narrativas de este laberinto artístico tan complejo como atrayente. Debo hablar de tres personajes y sus tres actores correspondientes. El primero es mi admiradísimo Akim Tamiroff, en el papel de Tío Grandi, jefe de la familia de particulares gansteres rurales. Su caracterización de mafioso mexicano, hipócrita, cobarde y servil, aparte de excesiva, como siempre le pedía Welles, es deliciosamente honesta con los cánones interpretativos. Es tan bueno o mejor que su Sancho Panza, en “Don Quijote de Orson Welles” (“Don Quixote”, 1992) o que su surrealista personaje en “El proceso” (“The Trial” 1962). El segundo es Joseph Calleia, en un papel secundario, de ruin y corrupto policía, cuya batalla con la moral, es quizá la más interesante por su transformación definitiva. Adoro la interpretación de Calleia, por saber emocionarme, por causarme odio, lástima y admiración con habilidad pasmosa. El tercer personaje es el rostro más seductor de la historia del cine, mi admirada berlinesa de pro, Marlene Dietrich. Su personaje, de gitana con poderes adivinatorios que bien deja el dicho “Más sabe el diablo por viejo, que por diablo”, representa el amor perdido y aquello que seríamos en esencia, si pudiéramos alejarnos de nuestras circunstancias. Inmensa curiosidad cinéfila me producen los cameos de Joseph Cotten y Zsa Zsa Gabor.

Mención aparte la interpretación de Dennis Weaver, cuyo personaje es la base del Norman Bates de Hitchcock. Un tipo recepcionista y camarero de motel, sobreprotegido por su madre con serios problemas para relacionarse con sus semejantes. Es curioso y da un juego magnífico en el nudo de la trama.

Welles aseguró repetidas veces que nunca leyó la novela en la que se basaba el “primer y ridículo”, según sus palabras, guión de Monash, así como que no sabía porque le habían dado el título de “Badge of Evil”, según le comentaría a Bogdanovich, pero que resultaba apropiado. Tras la reescritura de este por parte de Orson, se convirtió en este retorcido “tour de forcé” que hoy podemos ver como una de las cumbres del cine negro.

Insistiendo con la idea de cine barroco que nos ofrece Welles en “Sed de mal”, es de vital importancia cómo recarga las escenas con multitud de personajes, donde intervienen todos en un solo plano. La famosa escena de los interrogatorios en el motel, deja pasar por ese plano medio a más de diez personajes en una pequeña habitación y crea una bella escultura en imagen desde todos los puntos de vista posibles ante una trama compleja, pero alejada de rompecabezas desquiciados aunque virtuosos y apasionantes de cintas como“El sueño eterno” (“The big sleep, 1946″). En estos momentos, se aprecia la concepción teatral que tenía Welles del cine. Sus orígenes en el Mercury Theater o su loca admiración por el genial Shakespeare, quedan patentes en estas escenas, donde el decorado se convierte en un escenario, con la cámara fija y multitud de personajes entrando y saliendo para aportar sus diálogos e interpretaciones personales.

La maravillosa virtud del director es hacer del exceso genialidad, del cine un juego de ajedrez, con las blancas que son la historia, con las negras, que son los personajes y con un tablero que es su reluciente y esplendorosa técnica como realizador. Esa complejidad de su cine, cuidando hasta el último detalle en cada fase de creación de la película me maravillará siempre. El guión de “Sed de Mal” es casi perfecto, pero el orondo amante de los puros y el fino andaluz, tiene tiempo para desbocar sus ideales técnicos en cada escena. La riqueza del “método” de “Sed de mal” es simplemente brutal. Hecho que no extraña en un tipo que debutó en Hollywood, con una película enciclopédica de todo el cine realizado hasta la época, a la edad de 25 años. Esos asesinatos a ritmo de un swing absolutamente diabólico, hablan de un guión de lo más macabro. Su habilidad para la ironía y el sarcasmo ante la corrupción y la hipocresía social de la época, que es exactamente un reflejo de la actual, toma forma desde una seriedad dramática completamente opuesta a la humorística y desinhibida ironía de Billy Wilder, pero ambas conforman dos caras de una misma moneda, la del cine como arte mayor.

El tempo narrativo de la cinta es tan brumoso como sus personajes, su guión o la historia que trata. Lejos de pretender el más puro entretenimiento, se deleita con la técnica y la profundidad de los personajes. La sensación que produce el montaje, es la de entrar en un lugar inhóspito, frío y lleno de sombras y no me parece una cinta para dejarse llevar, si no para adentrarse en ella como espectador activo. Puede parecer que en determinados momentos pierde ritmo, pero entiendo que es absolutamente necesario para el director, tomarse tiempo para desarrollar sus inquietudes cinematográficas y abandonar todo aquello que pretende mostrar sencillez.

La profundidad de campo era algo que obsesionaba a Welles, como creador de cine. Cualquier momento es bueno para colocar una cámara suficientemente baja, para rodar un ligero contrapicado, realzando la presencia de los actores en primer plano y dejar un largo recorrido de fondo para que el ojo escribiente de la cámara ponga en escena un hermoso cuadro fílmico. Escenas como la ocurrida en el archivo, vuelven a poner de manifiesto, la idea que tenía Welles del cine, como un arte complejo, aprovechando al mismo tiempo, la oportunidad para saltarse a la torera (y nunca mejor dicho), la concepción comercial del cine que tenían los productores de Hollywood.

La fotografía en blanco y negro deRussell Metty, se deleita en la influencia expresionista del mejor cine negro. Sus trabajos como director de fotografía en 163 películas, entre 1934 y 1977, le avalan como gran profesional y como compositor de imágenes. En 1961 obtuvo el Oscar a la mejor dirección de fotografía por el“Espartaco” (Spartacus, 1960) de Stanley Kubrick. La potencia visual de Metty se entrelaza a la perfección con el barroquismo de Welles. Con fulgurantes claro-oscuros, sombras que bien podrían haber pertenecido a cualquier clásico de terror de la Universal y una iluminación elocuente, ennegrecida y ácida sirve de marco ambiental para esos personajes colmados precisamente de luz y oscuridad.

En ese virtuosismo técnico que cuida en detalle cada ámbito de la película, debo destacar un especial trato del sonido. Sobre todo, llama la atención el sonido ambiente, donde el director recrea a la perfección la ciudad. El viento, los coches o el sonido de fondo de gente murmurando vuelven a dejar en gran lugar la artesanía cinematográfica de esta gran obra, alejada por completo de artificios. La ambientación sonora aparte de estar muy cuidada, consigue el efecto más importante que debe producir, enfatizar las circunstanciales espaciales de las escenas. El maestro con un simple efecto de viento nos hace sentir el seco calor del desierto mexicano.

En este sentido, la partitura de Mancini es una obra maestra que mezcla jazz, honky tonk o incluso rhythm and blues, con una percusión Afro-cubana que bien recuerda a lo que hizo Heinz Roemheld en otra obra maestra del director, titulada “The lady from Shanghai” (La dama de Shanghai, 1947).

“Sed de Mal” es la quinta y última película que Welles rodó en Hollywood. Obtuvo un fracaso comercial rotundo en su país, donde fue calificada como cine de Serie B, además de “pretenciosa”, “amanerada”, “sórdida”, “basura” y “folletín”. En Europa tuvo mejor acogida, donde fue elogiada y ganó el premio de mejor película en el Festival de Cine de Bruselas, con un jurado en el que estaban, Jean Luc Godard y Francois Truffaut. Paul Schrader, director de cine y guionista de “Taxi Driver” (1976), la calificó como “el último gran vestigio del cine negro”.

Lo mejor: Uno de los mejores personajes de la historia del cine.
Lo peor: Los montajes de la productora.
publicado por Juan José Iglesias Abad el 21 marzo, 2012

Enviar comentario

Leer más opiniones sobre

muchocine 2005-2019 es una comunidad cinéfila perpetrada por Victor Trujillo y una larga lista de colaboradores y amantes del cine.