Su visionado es salvaje y evocador. Me incita al consumo de Dry Martinis, mientras saboreo un cine mágico y triste a partes iguales.

★★★★☆ Muy Buena

El buscavidas

Nunca me he sentido identificado con Eddie Felson. Quizá el orgullo que le caracteriza, su falta de inteligencia o su poca habilidad para tomar las decisiones que más probablemente le harían feliz, siempre me han repateado. Puede que sean su arrogancia o su inmoralidad, las que me hagan odiarle. Pero puede que sea su infinita capacidad para ser uno de los grandes “perdedores natos” de la historia del cine, lo que tanto me seduce. Si tuviera que pensar en mis cinco personajes favoritos del celuloide, siempre aparecería él, con su funda de cuero, su taco en dos piezas de madera noble, su whisky J.T.S. Brown y su cara de voy a “comerme el mundo”. Sin duda me atraen los perdedores  y sin duda Felson está muy cercano al gran mito de los cobardes, esa infame obra de arte llamada C.C. Buxter.

Mi afición juvenil por el billar hizo de “El color del dinero” (The color of money, 1986) una de mis películas favoritas de juventud, una de esas para ver una y mil veces y quedar siempre satisfecho. Mi afición por el cine me hizo descubrir“El buscavidas” (The Hustler, 1961)  de Rossen, hecho que convirtió a la de Scorsese en producto de sobremesa dominical.

Decir que Robert Rossen es uno de esos directores de una sola película sería mucho decir. Obras como “Cuerpo y alma” (Body and Soul, 1947), o “Lilith” (1964), sobrevuelan terrenos tan dispares como el boxeo o el romance, con desoladora y soberbia habilidad para el cinematógrafo, pero sin esta, su obra maestra, quizá hubiera quedado en un segundo plano como director de cine, en esa época  áurea en la que se narraban historias en irrebatible y fulgurante blanco y negro.

Una película de tránsito entre el cine negro de los cincuenta y esa liberación cultural de los 60. El aspecto técnico de los cincuenta se empieza a abrir a nuevas narrativas. Es sin duda el mayor poema visual escrito sobre el orgullo humano y las metas absurdas de honor absurdo, que caracterizan la filosofía del éxito, no sólo en Estados Unidos, sino en toda la sociedad occidental.  Retrato de la impotencia, del miedo, de la cobardía y del orgullo. Su protagonista es portador de los pecados capitales cuya única bandera depende de la opinión de los demás. Está repleta de detalles, de metáforas y de giros inesperados de guión, que hacen de Rossen un genio, al menos durante su escritura y rodaje. Evoca al cine negro en gran medida, en cuanto a su composición fotográfica y a la deliciosa música que la acompaña. Fue por otra parte el comienzo del mito Paul Newman.

El guión lo firman el propio Rossen y Sidney Carroll, escritor de guiones habitual de la televisión estadounidense de la época y creador de historias como la de“Ladrona por amor” (Gambit, 1966), o la versión de Charberlain de “El Conde de Montecristo”. Se basa en la novela homónima de Walter Tevis, cuyas novelas fueron llevadas a la gran pantalla en otras dos  ocasiones con “The color of Money”, de nuevo basada en este mítico Eddie Felson y “The man who fell to earth”, que protagonizaría un tal David Bowie.

A grandes rasgos la historia narra como el amoral e infame Eddie Felson se pasea por las salas de billar con notable éxito. Su meta, derrotar al Gordo de Minnesota, un legendario jugador de billar considerado el mejor. Cuando por fin logra batirse con él, su orgullo y poca seguridad en sí mismo, le juegan una mala pasada. El amor de una solitaria mujer quizás pueda sacarle de ese tipo de vida miserable.

Paul Newman realiza su trabajo más brillante en la gran pantalla, quizá menos reconocido por el gran público que “El golpe” (The Sting, 1973), o “Dos hombres y un destino”, (Butch  Cassidy and the Sundance Kid, 1969) dos películas por otro lado inmensas, pero bastante más por la crítica, y ya de paso por mi mismo que suscribo estas líneas, un papel absolutamente magistral y como digo, paradigma del gran perdedor. Una interpretación que como su personaje, rompe con cualquier tipo de barreras y se lleva todo por delante.  Su habilidad para plasmar la ambición, esa detestable dama que necesita de adulaciones y la debilidad, la bella y dulce musa que siempre pide el aplauso fácil, para reafirmar su orgullo, son auténticas metáforas sociales y existenciales de la repugnante conciencia social en la que habitamos. Su afición por el alcohol, su vileza, su prepotencia y su eterna y débil cobardía hacen de su personaje un auténtico arquetipo de lo que debe ser un buen personaje. Tan deplorable que es imposible no amarlo, cuando uno se siente espectador de cine. Un auténtico buscavidas.

Recuerdo que la primera vez que la vi, no conocía a un actor, que por derecho propio se ha convertido en uno mis favoritos. Su nombre fue George C. Scott.  En mi opinión uno de los actores más desaprovechados de la historia del cine, a pesar de haber interpretado míticos personajes en esta obra maestra y en otras como “¿Teléfono Rojo?, Volamos hacia Moscú” (“Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb”, (1964) amén de ese clásico de terror, titulado “Al final de la escalera” (The Changeling, 1980). Su diabólica interpretación deja patente la infinita multitud de registros a los que logra llegar su capacidad expresiva, creando con el silencio y la mirada un esplendido universo personal. Aparte de que los diálogos le permiten explayarse con el sarcasmo más explícito. Su personaje, de nombre Bert, es ese diablo hermoso y tentador, provocador y capaz de llevar a Felson hasta el mismo infierno por puro orgullo. Se aprovecha de la debilidad de Relámpago para hacer negocio, es inteligente y sabe cómo hacerlo. Los diálogos entre los dos son espectaculares, seducen al espectador en un sentido puramente artístico de forma brillante. La cruenta batalla entre el joven ambicioso y el viejo templado y calculador, es uno de los más brillantes duelos interpretativos de la historia del cine. Su personaje es comparado con el Fauno, por su profética maldad.

Al lado de todo perdedor siempre hay una perdedora y en este caso hablamos dePiper Lourie, que no me parece una gran actriz, pero en este caso tiene un gran personaje, sin duda el mejor de su carrera.  Es la perfecta acompañante de Felson. Su nombre es Sarah, es alcohólica y ha vivido su vida, desde la infancia, como una mentira. Está hecho el uno para el otro. Con Felson y Sarah en pantalla se producen los momentos más dramáticos de la cinta, como la mítica escena del parque que es realmente brillante, inolvidable, quizá la primera que me viene a la mente cuando pienso en esta película, con un Felson poniéndole excusas al amor, de la forma más vil y estúpida posible. Ambos representan la no oportunidad de lograr la felicidad. El director escribe un doloroso y lamentable retrato del alcoholismo en la figura de Sarah. Se trata el amor como último recurso de esperanza, pero nunca como destino. Pero su personaje se induce en un viaje que podría haber salvado a los dos, un viaje intrépido de libertad e inteligencia.

Jackie Gleason, es el “Gordo de Minnesotta”, el tipo a batir, la auténtica razón de la sin-razón de Eddie Felson. Con una excelsa elegancia y una notable capacidad interpretativa, Gleason destruye la moral de nuestro protagonista a base de carambolas y exquisitez con el taco en la mano. Realiza un papel sencillo pero encumbrado por la inmortal interpretación de Newman y su“Relámpago”. Su personaje deja para el recuerdo frases maravillosas por su significado como: “Personas que desean perder, que siempre buscan una excusa para perder”.

Y la cámara ensimismada, persiguiendo las imposibles parábolas de las bolas, sobre el tapete mientras los jugadores marcan jugada y empolvan sus tacos, mezclando esos planos con las miradas de personajes que sueñan con el poder, el dinero y el cumplimiento de sueños decadentes y sin esperanza. La fotografía de cine negro que realiza Eugene Shuftan, lleva la marca del cine que le precede y enmarca a la perfección esos sórdidos billares, donde el humo de tabaco y el olor a whisky y humedad lo inunda todo. Pero los tiempos estaban cambiando y una nueva luz, que supondría las numerosas agitaciones sociales que caminaban por el mundo occidental se abría paso, así que el cine tenía que reflejarlo y lo hizo con tratamientos de la luz más amables, con menos contraposición de sombras y luces, con más homogeneidad, pero siempre creando ambientes sórdidos como los propios personajes.

El juego se siente como un baile a ritmo de bellas melodías de jazz y swing. La melodramática Banda Sonora de Kenyon Hopkins, induce al espectador a dejarse cautivar por la tristeza, la melancolía, la derrota y una absurda batalla por una libertad inútil y poco plausible. Es elegante, heterogénea, repleta de carácter, compleja y a la vez capaz de transportar los sentimientos de los personajes como si de una góndola veneciana se tratase.

El doblaje al castellano es agradecido con los personajes, en especial con Newman otorgándole una adecuada, viril y chulesca voz que corrobora el buen trabajo de Simón Ramírez. Se puede disfrutar perfectamente la versión doblada.

Su visionado es salvaje y evocador. Me incita al consumo de Dry Martinis, mientras saboreo un cine mágico y triste a partes iguales, con uno de esos finales imborrables, en el que dos genios como Newman y Scott dibujan un duelo épico como en el mejor Spaguetti Western, cambiando los revólveres por palabras ensangrentadas.

Lo mejor: El guión y los personajes.
publicado por Juan José Iglesias Abad el 6 abril, 2012

Enviar comentario

Leer más opiniones sobre

muchocine 2005-2019 es una comunidad cinéfila perpetrada por Victor Trujillo y una larga lista de colaboradores y amantes del cine.