Impecable, aunque fría, inmersión en el submundo de un adicto al sexo. Descarnada y áspera, Shame es un ejercicio de estilo, más que una película. Un documento que se viste de ficción y que, incluso no gustando, no pasa desapercibida…

★★★☆☆ Buena

Shame


Hay algo hermoso en Shame y también algo que la desbarta, que la malogra en cierto modo. Lo que la separa de la cinta modélica que podría haber sido es la suspensión de su trama, la muy escasa voluntad narrativa que la cruza. McQueen esboza una ligera línea argumental (el hombre de éxito, solo, despeñado en una sobrecogedora adicción al sexo) sobre la que construye una magistral sucesión de imágenes perturbadores, que retratan no solo el vacío de una vida sin afecto sino el dolor de no encontrar sentido al propio deseo que la mece. Privada de palabras, despojada de un texto vigoroso que aliñe la poderosa maquinaria visual, la habilidad de McQueen (un videocreador pasado al cine) en despojar a las imágenes de toda elemento accesorio y mostrarlas crudamente, peligrosamente escoradas a un minimalismo extremo. A Brandon, el adicto del film, que interpreta colosalmente un cada vez más imprescindible Michael Fassbender, se le tiene lástima. Es un recluso de sí mismo, un hombre con una tara que lo carcome y le impide encontrar el amor que otros frecuentan. De diálogos parcos y lacerantes, Shame inspira también un cierto tipo de lástima. Se la aprecia por lo que muestra, por la veraz revisión pública de un mal desconsoladamente privado, pero se la rechaza (yo al menos no disfruté con ella ni considero que sea el gran film que algunas reseñas postulan) por la excesiva desnudez de su propuesta. Es cierto que McQueen no juzga, pudiendo. Es cierto que sus personajes (los dos principales, Brandon y su sensible y frágil hermana Sissy, que interpreta con maestría una desconocida Corey Mulligan) son enfermos terminales y que el director los registra con su cámara como si estuviesen dirigiendose (a pasos agigantados) a un previsible (y duro y catártico) fin, pero Shame sobrevive a toda esa reducción crítica y gana enteros en cuanto se la contempla como un ejercicio ensayístico. No es ninguna vida la vida que Brandon lleva: es un simulacro indecente, un pequeño suicidio diario, un negarse a los demás para satisfacer un vicio gigantesco, que lo absorbe y que le priva de toda posibilidad de equilibrio.

Shame es también un cuento de fantasmas. Uno tedioso, si se quiere. Pronosticable, también. Quienes cruzan la pantalla son seres irreales, que medran sin propósito en la empresa y flaquean estrepitosamente en su vida privada. Gente sin brújula que solo se ocupa de sí misma y gasta el encanto y el potencial afectivo en la creencia de que lo único verdaderamente importante es la carne, el cuerpo del otro ya poseído y sacrificado. Brandon es un enfermo terminal, ya lo he escrito, y también un espectro, un ser de imposible ingreso en la vigilia de las cosas. No cuadra en nada ni con nadie. Solo es feliz (en la hipótesis peregrina de que sea la felicidad lo que busca en sus masturbaciones convulsivas o en sus fornicios eventuales) cuando abre su portátil, se bebe una cerveza y contempla porno mientras traga sin entusiasmo comida china. La vergüenza de la que habla el título es la que hace que perciba el daño que se está infligiendo. La condición de fantasma permite que Brandon no rebaje su dosis diaria de sexo. Por eso la irrupción de su hermana (un ser maldito también, a su modo) abre el búnker en el que se ha hecho fuerte y lo empuja a admitir el dolor y a procurarse (sin éxito) una cura. No hay una mirada reprobatoria en McQueen: se limita a filmar el descenso a los infiernos como un Abel Ferrara en sus buenos tiempos o como David Lynch en la mayoría de los suyos. La redención no es una vía sencilla. A la redención se le presentan de continuo obstáculos de coste alto. El fantasma de Shame es el que cada uno lleva dentro a poco que se deje arrastrar por cualquiera de los vicios que circulan por ahí. El drogadicto es un fantasma. El ludópata es un fantasma. El putañero es un fantasma. Lo que Shame verbaliza (sin mucha palabra, curiosamente) es el texto de esos deseos, toda la gramática de las adicciones a las que nos postramos para que la vida no sea demasiado rigurosa y podamos escabullirnos por algunas de sus rendijas a la búsqueda (unos más, otros menos, todos inevitablemente) de la felicidad. Pero mira qué está jodida la empresa.

addenda:
Preste el amable lector atención a la canción que Sissy se despacha en el club en donde trabaja. New York, New York, la inmortal pieza de Sinatra, despiezada y limpia. Un cuchillo de canción en mitad del film. Unos cuantos minutos (cuatro) que todavía no sé si me fascinaron o me dejaro
Lo mejor: Los dos monumentales actores, la excelente banda sonora...
Lo peor: Que es fría y no engancha. Quizá no precise enganchar y haga falta que sea fría...
publicado por Emilio Calvo de Mora el 22 mayo, 2012

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