Desaprovechada ocasión para traer a escena la intimidad de un genio, de uno particularmente atormentado.

★★☆☆☆ Mediocre

Hitchcock


Descreo de las biografías. Se me hacen menos creíbles que la ficción de la que parecen desviarse. No he leído ninguna que me haya satisfecho enteramente. Tampoco ninguna a la que le haya tomado cierto afecto. Entiendo que las mías son razones que en nada compartirán quienes disfrutan las vidas contadas de los demás, la constatación de un comportamiento que, en una u otra medida, explica con más hondura la obra del biografiado.
Hitchcock no es un biopic al uso. Prescinde del material previsible, de todo lo que podría esperarse. Maneja con sencilla desenvoltura la construcción de un personaje, pero no ahonda, quedándose solo en los tópicos, en el aplomo dramático de Anthony Hopkins y de Helen Mirren, los únicos verdaderamente involucrados en sus papeles, estando los demás planos y huecos, por no decir desinteresados. Gervasi, el director, y McLaughlin (no confundir con el genio de la guitarra), el guionista, se fijan en lo que rodea la filmación de Psicosis, dan unas pinceladitas sobre la tramoya del cine, dibujan al orondo Hitch como un bebedor, un voyeur y un tragaldabas y desaprovechan (ay) esos primorosos vicios, sin los cuales (presumimos) no habría hurgado como hizo en la tormentoso corazón humano, en toda esa delincuente inclinación que lo barniza, con toda esa mórbida fascinación hacia el mal puro. Lo que uno querría, puestos a ver una biografía del gordo, es que le retrataran de verdad. Que le abrieran en canal. Que viésemos la tortura del pornógrafo tímido. Que nos brindasen la oportunidad, largamente acariciada, de asistir a la intimidad del genio. Nada de eso hay en esta pequeña comedia de situación, malamente adornada con un par de apreciables gags, llevada sin esmero hacia la corrección. Porque es correcta hasta el cansancio esta rendición de un fragmento de la vida de Hitchcock. Pensé en El discurso del rey, del afamado Hopper. Me causé una zozobra parecida. Hecha con un desparpajo frío, montada sin entusiasmo, pensada para amenizar tardes en casa, cuando la programen en televisión, pudiendo hasta confundirla con un vulgar telefilm. 
Entonces: ¿es una mala película? No importa que lo sea o no. Aun confiando en que a alguien le haya gustado, no podrá evitar un ramalazo de indiferencia cuando piense en todas las cosas que podrían haber sido dichas (o insinuadas, ay qué hermosa la insinuación y qué poco frecuente hoy en día) y que le han escamoteado. Es que es Hitchcock, el rey del suspense, el emperador del corazón encogido, el gobernador de la isla de lo perverso. Con todo eso podríamos haber vivido una experiencia completa y no, como entenderán, una vivencia pequeña. El ególatra y majestuoso Hitchcock queda, en manos de estos mercaderes, en un personaje ligeramente agradable, al que se le perdona la mala leche (la que se ve de fondo, la que se intuye) por habernos regalado tantas horas de supremo placer. 
Insisto en mi poca querencia hacia las biografías, en mi voluntad de enmarañarme en la ficción antes que en la cuenta de un estado fiable de las cosas, pero si me dejo querer y me siento en la butaca pido, por lo menos, que me emocionen. No hay en Hitchcock emoción. Poco de lo que realmente atrae (la ira de Hitch en la escena de la piscina, su humor en las sesiones del censor) se explota con verdadero talento. La sensación generalizada es la del desaprovechamiento de un material prodigioso. Querría uno que la película se hubiese titulado Alma y que su glotón marido saliese de secundario. En algún momento del metraje, cae uno en la cuenta de que al guionista le ha gustado de repente el papel de la inteligente y sumisa esposa del director, pero que ese giro absoluto en la trama no hubiese hecho caja. Tampoco (a lo visto) lo habrá hecho ésta.
Lo mejor: Hopkins, Mirren
Lo peor: Casi todo lo demás. El guión, ah. Qué malo.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 7 febrero, 2013

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