Ari Folman toma nota del pasado “animado” de la protagonista de «»Beowulf»» y le da la vuelta para hacer deambular a Robin Wright por un entorno que discurre entre el de «»Yellow Submarine»» y los cartoons de Tex Avery.

★★☆☆☆ Mediocre

The congress

Sin abandonar la sección EFA, en el día de ayer asistimos a la proyección de una cinta que también compite en el apartado de los filmes europeos cofinanciados con el fondo EURIMAGES, aquí en el festival de cine de Sevilla. Una película que prometía por la originalidad de la propuesta, pero que, en esta ocasión, se quedó sólo en una buena idea, a nuestro entender mal desarrollada. 
 Ari Folman, el director judío de la estupenda Vals con Bashir (2008), vuelve al cine de animación con la adaptación de “The Futurological Congress”, novela del escritor polaco Stanislaw Lem (el autor de “Solaris”, entre muchos otros libros). Sí en Vals con Bashir, el realizador se apoyaba en los dibujos para narrar un excelente y muy premiado documental sobre el conflicto arabe-israelí, aquí parece que hace todo lo contrario: parte de una trama bastante interesante para no-narrar un absurdo desfile de imágenes animadas.
Y eso que la película arranca también como un documental: La actriz Robin Wright, que se interpreta a sí misma —¿la recuerdan como Buttercup en La Princesa Prometida (The Princess Bride de Rob Reiner, 1987)? Si no es así, no se preocupen, ya se encargan en la cinta de que hagan memoria—, pasa por un momento delicado en su carrera tras varios títulos para olvidar, con 44 años, con una hija adolescente rebelde y un niño a punto de quedarse sordo y ciego. Entre su agente (Harvey Keitel) y el productor de la Miramount Pictures —la Paramount, claro— le proponen un contrato a perpetuidad: se someterá a una sesión de escaneado para diseñar una actriz por ordenador, idéntica a ella, que haga las películas que la compañía quiera para la eternidad. La actriz acepta y su vida cambia totalmente… Su vida y la película, por desgracia.



Una pena porque el comienzo es prometedor, dada la ácida crítica a la estructura de Hollywood en un guión que parecía especular y muy interesante. De hecho, las mejores secuencias se deben a este arranque con un buen registro dramático de Robin Wright y un siempre acertado Keitel. Pero desde la firma del contrato y tras la sesión de escaneado, lo que viene a continuación (las dos terceras partes de la cinta) es una sinfonía animada, onírica, delirante y sin sentido. El filme pasa al género animado de ciencia-ficción con una especie de mundo al estilo de Matrix (The Matrix de Andy y Lana Wachowski, 1999), donde todo es ilusión, donde las personas se drogan para vivir una vida que no es suya. Si bien todo vale en este género, hay que tener algo de cuidado con la trama: a diferencia de Matrix, aquí no se explica cómo sobrevive la gente, qué come o a qué se dedica, tal es la paranoia del largometraje.


Ari Folman toma nota del pasado “animado” de la protagonista de Beowulf (Robert Zemeckis, 2007) y le da la vuelta para hacer deambular a Robin Wright por un entorno que discurre entre el de Yellow Submarine (George Dunning, 1968) y los cartoons de Tex Avery. Convertida en una caricatura de ella misma —nunca mejor dicho—, la nueva heroína decadente, la Buttercup madura caída en desgracia, ya sólo se dedica a la búsqueda de su hijo; algo que termina de rematar la cinta hasta volver la trama no sólo absurda sino también aburrida.
The Congress, por tanto, nos ha parecido un filme irregular, con un arranque prometedor y un desarrollo que bien pudiera proyectarse en los museos de arte moderno como una sinfonía que encadena imágenes oníricas sueltas, muy del gusto de los amantes de la animación, pero desde luego poco adecuado para incluirlo en esto que llamamos cine.
publicado por Ethan el 12 noviembre, 2013
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