muchocine opiniones de cinedesde 2005

Cuando se estrenó Cartas desde Iwo Jima no defraudó. A unos les gustó la película y a otros les gustó porque no era la segunda parte de Banderas de nuestros padres sino que era diferente y claramente superior. Un diptico a gusto del espectador.

★★★☆☆ Buena

Cartas desde Iwo Jima

Para completar su díptico sobre la Batalla de Iwo Jima (febrero-marzo 1945) el director norteamericano Clint Eastwood (San Francisco, 1930) decidió adaptar la novela Picture letters from commander in chief, basada en las cartas escritas por el teniente general japonés Tadamichi Kuribayashi, durante la propia batalla, como queda reflejado en la película. Para ello contó, como últimamente está siendo habitual, con la colaboración de Paul Haggis, que ya firmó el guión de Million Dollar Baby o Banderas de nuestros padres.

Eastwood (Sin Perdón, Mystic River) afronta con este proyecto uno de los más importantes de su carrera al intentar contar desde dos puntos de vista enfrentados la historia de una de las batallas más importantes en el pacífico, en plena II Guerra Mundial. Mientras que Banderas de nuestros padres representaba la visión americana, la de unos soldados que vuelven victoriosos a su país tras ganar la batalla en la isla, y que son utilizados para representar a todos aquellos jóvenes que están arriesgando sus vidas por su país. En esta segunda película se muestra el bando japonés, como es la vida también de los jóvenes soldados pero del otro lado y como lucharon por intentar mantener la pequeña isla de Iwo Jima fuera del alcance enemigo.

No es desdeñable señalar que el director ha tomado riesgos para realizar esta especie de película-dual como si de las dos caras de una moneda se tratase. El realizar y dirigir dos historias, que pudieran parecer muy similares por el contexto de la batalla, pero que en realidad cada una brilla por separado y con luz propia debido a sus grandes diferencias, es un reto que no lleva a cabo todos los días un director. Y esto tiene como resultado que las dos películas no brillan con la misma luz, ni con la misma intensidad, ni siquiera con el mismo color.

Tras el estreno de Banderas de nuestros padres, la cual no sería mentira decir que pasó sin pena ni gloria por delante de las carteleras y los ojos de los espectadores, el comentario generalizado tanto de crítica como de público era esperar para ver la siguiente, pare ver que más tenía que decir el director. Las esperanzas frustradas en la primera película pasaron rápidamente a acumularse delante del cartel que anunciaba para dentro de unos meses Cartas desde Iwo Jima. La cercanía del estreno de ambas historias fue una de las claves de que la primera pasase más o menos desapercibida sin que crítica o público se cebasen demasiado en ella. De alguna manera la estrategia les funcionó a la productora y a la distribuidora, pero esto también despertó más interés si cabe por la segunda película.

Cuando se estrenó Cartas desde Iwo Jima no defraudó. A unos les gustó la película y a otros les gustó porque no era la segunda parte de Banderas de nuestros padres sino que era diferente y claramente superior. Al tratarse la historia desde el lado japonés, obviamente la película carecía de todos esos símbolos americanos y americanistas que tanto inundan cualquier producción norteamericana donde esté presente el aspecto militar. Y se agradece. Así también podemos tener un acercamiento al modo y vida del ejército japonés y sus soldados, y ver lo que ya sabíamos, que éstos no eran tan diferentes a los soldados americanos.

Aún así, Eastwood no abandona durante toda la película un clasicismo que de alguna manera lastra a la producción no dejando mostrar todo lo que podía haber sido. Se echa de menos una manera más valiente y fresca de afrontar la historia. Da la impresión de que el director tras la realización de la primera película se sumergió en el espíritu de la misma, y allí se quedó. Con una historia mucho más interesante y con un actor protagonista como Ken Watanabe (El último samurai, Memorias de una Geisha), que apenas muestra una parte de lo mucho que es capaz de hacer, Cartas desde Iwo Jima debería haber sido muy superior a su antecesora, y cuando se sale del cine se sale con un gusto extraño. Por una parte que gusta más y que es superior que Banderas de nuestros padres, y por otra que algo le falta, ese no sé qué, que se presupone a los buenos directores y que éstos plasman en sus proyectos.

Clint Eastwood ha tenido a lo largo de su vida una carrera bastante irregular. Tanto actuando como dirigiendo. Desde hace unos años se le viene considerando uno de los mejores directores norteamericanos por encadenar proyectos tan bien recibidos por crítica y público como Mystic River o Million Dollar Baby. Sin embargo habría que replantearse esta afirmación tan categórica. Tener 77 años y hacer películas no son dos argumentos suficientes como para decir que se es uno de los grandes. Y menos tras la realización de sus dos últimas películas, las cuales no tienes errores en la dirección (lo cual habría sido intolerable) sino que ambas pecan de un claro “estilo eastwood”, y no van más allá del clasicismo y el efectismo.

Lo que salva a Cartas desde Iwo Jima, a parte de una historia mucho más atrayente y sugestiva, es que parece al menos una producción mucho más cuidada. La posibilidad de rodar en la propia isla donde sucedió la batalla, dota al proyecto de unos decorados naturales imposibles de recrear en cualquier otro sitio. Además la película cuenta también con un tratamiento del color muy cercano al blanco y negro, quizás para dotar al proyecto de un ambiente más histórico, que solo se desmarca un poco cuando se muestran los flashbacks, en los que el color está mucho más presente en las imágenes que recrean el pasado, que en la isla.

Otro factor que ayuda a crear un ambiente muy personal en la película es su sonido. Aunque la historia transcurre únicamente en una pequeña isla (flashbacks al margen, por supuesto), el sonido y las diferentes mezclas de éste con la música o simplemente el sonido desnudo provocan que el espectador se sienta rodeado de la isla por todas partes, siempre y cuando la proyección cuente con un equipamiento digno para poder ofrecer todos los matices que se nos ofrecen a través del oído. No es extraño por tanto, que la película saliese galardonada de la gala de los premios de la academia con el Oscar a la mejor edición de sonido (Best Sound Editing).

En la película hay también una secuencia (la de los suicidios con granadas) que podría ser eliminada o al menos acortada. No es necesaria una secuencia donde se muestra tanta sangre y miembros amputados para mostrar los horrores que produce la batalla. Este es uno de los ejemplos en que se ve cuando un buen director sabe cortar estas imágenes en la sala de montaje o directamente prescinde de rodarlas. Sin embargo Eastwood las mantiene, no sabría muy bien decir para qué. Quizás para ofrecer algo de sangre a las personas que hayan pagado una entrada para ver una película bélica. Aún así, la visión kamikaze de los soldados japoneses durante la II Guerra Mundial está ya muy vista por el público en general, y esas escenas apenas ayudan a reforzar lo ya sabido.

Con todo, la película se deja ver bien, sobretodo por sus actores y la banda sonora, con una melodía sencilla con reminiscencias orientales que se introduce en tu cabeza como una delicia para los oídos. Una reducción del metraje, eliminando ciertas escenas de la segunda parte de la película que parecen muy similares y redundantes en cuanto a lo que se quiere transmitir, hubieran dotado de un ritmo más armónico a la última parte de la misma. La fotografía, la dirección artística y la música brillan a lo largo de todo el film, sin embargo se echa de menos la mano de un director con talento propio que hubiera sabido darle a la película la magia que tiene… pero que no se muestra. Una lástima.
Lo mejor: Lo que salva a Cartas desde Iwo Jima, a parte de una historia mucho más atrayente y sugestiva, es que parece al menos una producción mucho más cuidada.
Lo peor: Se echa de menos una manera más valiente y fresca de afrontar la historia. Da la impresión de que el director tras la realización de la primera película se sumergió en el espíritu de la misma, y allí se quedó.
publicado por Luis Zueco el 16 marzo, 2007

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