Una película bonita y discreta, con hallazgos visuales y simbólicos que, si bien no pasará a la historia del cine, deja un buen poso en el espectador. Como uno de esos vinos de confianza. De los de toda la vida.

★★★☆☆ Buena

El velo pintado

Qué raro. Porque no hablamos de un blockbuster o una saga tipo Misión Imposible III. Hablamos de una película de época, basada en una novela del muy clásico y antiguo W. Somerset Maughan… y nada más. Una historia de amor en paisajes exóticos y circunstancias difíciles. Y ya está.

“El velo pintado” es una película para adultos, paradójicamente, sin sexo. Una película sin niñerías, monadas, efectos especiales ni toda esa parafernalia que parece arrastrar últimamente a la gente a las salas de cine. Y, aún así, con todos los predicamentos para darse una sonora bofetada en taquilla, la película es producida por los actores, que tampoco son Tom Cruise y Julia Roberts, precisamente.

¿A qué responde una actitud tan valiente y comprometida? No lo sé. Pero tiene mérito. Y a la vista del gentío que había en la sala el pasado domingo, la apuesta quizá no les salga mal del todo.

“El velo pintado”, intimista y preciosista a la vez, se ve con agrado. Cuenta algunas cosas interesantes, está bien dirigida, los protagonistas son creíbles, la fotografía es de fábula, la música acompaña… pero se hace larga. Para mi gusto, quince minutos larga. O veinte. Y, aún así, sales contento del cine. Bueno, contento quizá no. Satisfecho. Sin sensación de pérdida de tiempo.

Personalmente, me gustaron algunos detalles. Por ejemplo, el juego con los pies y los zapatos. De esos zapatos de la Watts, chapoteando en el barro al principio, a esos zapatitos blancos y pulcros que luce después. De los zapatos cartesianamente dejados junto a la cama por el sesudo científico a los zapatos tirados en la pasión del momento por el adúltero vivales, terminando con los pies desnudos que… bueno. Callemos prudentemente.

Y otro momento muy definitorio. Marido y mujer charlan sobre ellos mismos. Ella le reprocha cariñosamente que, durante su viaje de novios a Venecia, él se empeñase en explicarle cómo funcionaba todo el tinglado de los canales, la conducción del agua, etc. Ella, frívolamente, le dice que hubiera preferido quedarse en Sandwich, jugando al golf. Y es precisamente la frivolidad de ella, que mata el tiempo fabricando un molinillo de papel, la que proporciona a su marido la solución a los males que asolan el pueblo chino en que se han radicado: transportar el agua con una noria… a través de un sistema de canalización. Por fin, marido y mujer, trabajan juntos, haciendo lo que mejor saben.

Y un excelente secundario, de esos que sirven para explicar cómo las diminutas Islas Británicas pudieron dominar medio mundo: cuando el cólera ha hecho estragos y todo el mundo ha muerto o ha huido, ahí está el agente colonial, impávido, viendo pasar el tiempo: “me mandaron que viniera y aquí estoy.” Sin más dudas, quimeras o cuestionamientos.

Una película bonita y discreta, con hallazgos visuales y simbólicos que, si bien no pasará a la historia del cine, deja un buen poso en el espectador. Como uno de esos vinos de confianza. De los de toda la vida.

Lo peor:

publicado por Jesus Lens el 12 marzo, 2007

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