Cuatro pasos sean tal vez la distancia que nos separa de la fecilidad soñada a la real, de nuestro mundo interior al exterior, de la genialidad al autismo y la incompresión.

★★★★★ Excelente

La ciencia del sueño

Este es del tipo de películas que me hacen feliz. Por lo que tienen de personal, y por lo que pueden llegar a sorprenderme. El tándem de Michel Gondry con el venerado guionista Charlie Kaufman había dado un producto tan extraordinario como “Olvídate de mí”. Pero ahora el francés ha dado un paso necesario, el de prescindir de Kaufman (esperemos que no defintivamente), para zambullirse dentro de su propio universo.

Realizar una obra, solo ante el peligro, con todos sus defectos y virtudes, en la que diera rienda suelta a su condición de artista, de autor único, sin la sombra de Kaufman, y a ver de que era capaz.

Y he aquí que Gondry escenifica la representación de dos mundos, casi paralelos. No del todo porque a menudo se cruzan o tocan. En ocasiones para aprender a cohabitar, en otras para seguir condenados a estar separados. Uno se encuentra en el plano físico, imperfecto pero más reconocible y fácil de compartir; el otro es más abstracto, intangible, perfecto pero sólo en la imaginación de uno mismo. Realidad y fantasía.

Tan lejos, tan cerca.

En el supuesto de “La ciencia del sueño”, ambos mundos podrían unirse sólo dando cuatro pasos, exactamente los que distan de una puerta a otra entre vecinos del mismo rellano.
Tal vez sea la distancia que nos separa de la fecilidad soñada a la real, de nuestro mundo interior al exterior, de la genialidad al autismo y la incompresión. Pero son cuatro pasos de recorrido que también pueden ser infranqueables. Uno de los peligros de recluirse demasiado en nuestras utópicas y maravillosas fantasías.

Sería formidable tener la elegancia y socanerría de un Cary Grant o un Sean Connery. O asemejarse al rebelde sin causa nacido para vivir deprisa e intensamente, y morir joven pero libre, como el Laszlo Kovaks de Jean Paul Belmondo en “Al final de la escapada”; convertirse en el cínico y duro, y sensible, Philip Marlowe que interpretó Humphrey Bogart en, por ejemplo, “El sueño eterno”; el honesto, entrañable y popular Ransom Stoddard del James Stewart de “El hombre que mató a Liberty Vallance”; incluso en el salvador Neo de Keanu Reeves en “Matrix”.

Adictividad Gondry.

Pero no. Luego llega un individuo de la calaña de Stéphane (un Gael García Bernal espléndido), que se inventa su mundo; el de un programa de televisión ficticio, el de caballos de cartón, máquinas del tiempo imposibles, nubes de algodón y edificios construídos con el ‘stop motion” de la animación más tradicional. Y un tipo con las dosis justas de estupidez, creatividad y romanticismo, que aparece, se instala por allí, sea en París, o en la gran o pequeña pantalla, y nos roba el corazón, al tiempo que alimenta nuestra ilusión.

Un Stéphane que se topa con la realidad de un trabajo gris y del montón con el que debe apañarse, con un compañero de trabajo en estado de celo permanente que revitaliza sus hormonas, Guy (Alain Chabet); y con una vecinita, Stéphanie (Charlotte Gainsbourg), que podría ser ese nexo de unión a ese mundo “normal”. Con ella, ¡hay tanto que ganar!, o ¡tanto que perder!.

Vi “La ciencia del sueño” hará ya más de cuatro meses en el pasado festival de cine de Sitges. Entre los espectadores que abarrotaban el añejo cine El Retiro, y un público, tal vez demasiado entregado, que no cesaba de reir y festejar este invento de Gondry. No era, entonces, un seguidor especial de su obra. Pero, en una de esas raras y mágicas veces, me sentí también en comunión con todos ellos.

Como de Kaufman, o ese punto de locura a lo Spike Jonze, voy a necesitar más dosis de Gondry.
publicado por Carles el 6 marzo, 2007
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