Eastwood se ha especializado en contar la muerte de una forma magistralmente conmovedora, emocionante, reflexiva, madura y tan cruda como poéticamente realista. Gracias, Clint, por seguir pariendo obras maestras.

★★★★★ Excelente

Cartas desde Iwo Jima

Me pregunta mi hermano si, para ver y disfrutar “Cartas desde Iwo Jima”, es necesario haber visto previamente “Banderas de nuestros padres” dado que, como es notorio y sabido, Clint Eastwood ha rodado dos películas diferentes, ambas inspiradas en los mismos hechos.

Y la respuesta es que no. Que para disfrutar de ese pedazo de obra maestra incontestable, lúcida y emocionante (que no sensiblera) que es “Cartas desde Iwo Jima” no es necesario haber visto la anterior, pero que sí es muy recomendable ver las dos ya que ambas se retroalimentan la una a la otra, se complementan, se hablan entre sí, algo de lo que hablaremos en otro artículo.

En esta ocasión, para contar el punto de vista japonés sobre los acontecimientos de Iwo Jima, Eastwood sí ha filmado una película estricta y canónicamente bélica, con la particularidad de que, por una vez, los “buenos” son esos japoneses que tantas veces fueron los malos de la película. Entrecomillo lo de “buenos” porque, como en toda película bélica que se precie, la frontera entre el héroe y el villano debe ser lo suficientemente tenue como para que la cosa no termine derivando en un panfleto.

Y en ese sentido, la última película de Eastwood no deja de ser modélica. Protagonizada por un Ken Watanabe en estado de gracia, que consigue insuflar a su personaje toda la grandeza, melancolía, decisión y abatimiento que el mismo requiere, “Cartas desde Iwo Jima” nos muestra los miedos, las esperanzas, los temores, las flatulencias, las cagaleras, las risas y las lágrimas que atenazan a un puñado de jóvenes soldados a los que, sencillamente, les han hecho una putada llamándolos a filas.

Aunque se la está comparando con la ya referencial “Salvar al soldado Ryan”, si con una película guarda parentesco esta “Cartas desde Iwo Jima” es con la terrible “Senderos de gloria” de Stanley Kubrick, con la que tiene muchos puntos en común, sobre todo, a la hora de denunciar la sinrazón, la estulticia y la cerrazón mental de tanto militar con los galones subidos de la pechera a la cabezota.

Eastwood nos habla de una sociedad, rígida y jerarquizada, que desapareció al grito de ¡Banzai! para, posiblemente, no volver a reaparecer nunca más. Nos habla de los ideales del samurai, de la templanza, de la resignación ante el infortunio, de la heroicidad, la picardía, la cobardía… y, a través de los personajes del general Kuribayashi y del de su subalterno el jinete olímpico, nos habla de lo absurdo de una contienda que enfrenta a personas que antaño fueron amigos, colegas y simpatizantes. Dos secuencias resultan especialmente clarividentes en este sentido: la de la entrega a Kuribayashi de un colt por parte de unos militares americanos que le rinden homenaje antes de su regreso a Japón, narrada en flash back y, por supuesto, la de la carta del soldado americano que es leída en voz alta por uno de los japoneses.

Con estas Cartas, al igual que con M$B o Sin perdón, Eastwood se ha especializado en contar la muerte de una forma magistralmente conmovedora, emocionante, reflexiva, madura y tan cruda como poéticamente realista. Gracias, Clint, por seguir pariendo obras maestras.

Lo peor:

publicado por Jesus Lens el 27 febrero, 2007
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