El recuerdo como un viaje a la posteridad.

★★★★★ Excelente

El Espejo (Zerkalo)

Ingmar Bergman sobre Andrei Tarkovsky: «»Mi primer descubrimiento de Tarkovski fue como un milagro. De repente me hallaba junto a la puerta de acceso a un recinto en el que yo siempre había querido entrar, pero cuya llave jamás me había sido dada, y en el que Tarkovski se movía libre y confiadamente. Me sentí animado, estimulado: alguien había expresado aquello que yo siempre quise decir, sin saber cómo. Tarkovski es para mí el más importante. Ha creado un lenguaje nuevo, que se corresponde con la esencia del cine, porque presenta la vida como reflexión, la vida como un sueño»».

En efecto, de lo citado versa “Zerkalo”. Sueño, reflexión poética, amada, evocada, de un pasado que pertenece al propio director, pero también es el nuestro.
El ayer que se funde con el coetáneo, para edificar el mañana, el futuro más universal.

Es “El Espejo” la obra con mayor carga autobiográfica de Tarkovsky, pero no por ello se puede considerar hermética, impermeable.
Muy personal, con elementos exclusivos de sus recuerdos, que se forman cual burbujas transportadas por el aire, fuego y agua consumidos en el devenir de su despertar, no deja de ser un retrato que nosotros mismos podremos reconocer.
“Zerkalo”, como su título indica, es el espejo en el que todos nos miramos. Se trata de la narración de un pasado que confluye con un presente futuro y pasará a ser la esencia de la naturaleza, de nuestra condición humana.
Es el recorrido necesario para autoreconocernos, transcribir nuestra entidad, alcanzar el punto en el que nos convertimos en agua cristalina y somos capaces de sincerarnos frente a nuestro reflejo. Tema recurrente en la totalidad de la obra de Tarkovsky.

En “Zerkalo” no existe la narración basada en un hilo clásico argumental. No existe orden cronológico ni, por ende, lógico. Tampoco importa (ni viene al caso) al explorar el verdadero valor y sentido del film.
La historia en sí misma se rompe para formar un ciclo cargado de elementos oníricos, recuerdos, disociaciones, retazos de una realidad vivida por uno y representada para todos.
Tarkovsky da el sentido más metafísico, enaltecido, grandilocuente de su filmografía a su recurrente frase de “Esculpir en el Tiempo”. Crea formas, figuras, a veces transparentes, a veces turbias (como el agua que fluye desde nuestra vida), para adornarlas en nuestro interior.

“El Espejo” no es una película compleja. Nosotros la convertimos en compleja.
Así se evidencia en una introducción para no pocos incoherente, difusa y cuya explicación no tiene nada que ver con el conjunto del film. Pero, como el propio director afirma, si buscamos en nuestro interior la respuesta es mucho más sencilla de lo que aparenta.
Dicha escena, sigue absolutamente la senda final de la obra, ese camino en busca de nuestra sinceridad, de nuestra verdad más profunda, la que nos hará encontrar la libertad perdida, escondida en nuestro dolor.
Persigue el reflejo, excavado y finalmente hallado en forma de hipnosis curativa de un joven tartamudo. La recuperación del habla espontánea como fiel analogía del encuentro de nosotros mismos, de nuestra condición cercenada por un régimen draconiano que no nos deja actuar como, en esencia y naturalmente, desde nuestro nacimiento, deberíamos actuar.

El cuarto largometraje del director ruso estuvo a punto de llevarle a la cárcel, por la inclusión de imágenes ambiguas que servían como forma y refugio a una dura crítica que terminó por enfrentarle con las autoridades. Todo ello en una dictadura comunista de la U.R.S.S. por aquel entonces imposible de rebatir, a no ser que quisieras que tu vida corriera serio peligro.

La película, obviamente censurada, tuvo un estreno inicial muy retrasado y complicado, y solamente fue proyectada en lugares minoritarios y muy reservados. Antes maldita, hoy obra de culto. Mucho más que eso: obra de arte, patrimonio cultural de una Rusia que se esboza en todo el mundo.

En esos tiempos difíciles, por ello, había que buscar formas, mediante metáforas, imágenes sutiles, inteligencia escapista, para huir de lo evidente, no mostrarlo, hacerlo inasequible para mentes obtusas.
Únicamente las mentes abiertas, en busca de continuo crecimiento, podían comprender su magnitud y adaptarla a sus vidas y su entorno cultural.
Eso daba al cine un sentido supremo, universal, que era precisamente la máxima de Tarkovsky.

La censura, como todos bien sabemos, acrecenta la imaginación. Sin ella, como muchos afirman con talante irónico y desairado, el cine nunca volverá a ser lo mismo. Y no falla la razón, analizando la tesis desde el punto de vista creativo.

Y, también siendo conocedores de la situación, en el caso que nos incumbe de la obra, la enfermedad es siempre punto de inflexión (o de inicio) para comenzar a replantearnos cuestiones trascendentales, vitales, que se nos escapan a lo largo de nuestra anterior existencia por diversos motivos. Al límite de nuestras vidas, al borde de la muerte (tema en común con Bergman, pero tratado en ambos de un modo muy desigual) empezamos a comprender, o, al menos, lo intentamos.
Así, Alexei (alter ego del propio Andrei), en el transcurso de su mal, se transforma en alguien muy tendente a la reflexión. No deja de mirar a su pasado, a sus errores, su camino recorrido, la forma de identificarse con él para, al mismo tiempo, identificarnos a nosotros. Formamos parte de esos recuerdos, para constituir los nuestros propios.

Es como si recorriera el tiempo cual fantasma, observando, aprendiendo, tomando para sí, insertándose en vidas ajenas para sentir el sufrimiento que se apodera de ellos, sus pensamientos y sentimientos (que también son, en muchas ocasiones, los suyos propios, los de su infancia) ante un devenir que se antoja doloroso, sea por causa de una guerra venidera, por la recuperación del amor perdido, o por la redención frente a la causa de un daño al que no se sabe cómo indultar. Alexei, el personaje, es todos. Todos somos él. Pertenece (mos) a su memoria. Es un conjunto inseparable si queremos encontrarnos y comprender.

Gran parte de los recuerdos (sueños) conciernen a su niñez, los vuelve a vivir de la forma que puede invocarlos, a veces es personaje activo de los mismos, a veces permanece escondido, aparece sólo su palabra ( de ahí el predominio de lo espiritual sobre lo físico para Tarkovsky), no su persona.
Puede que algunos sean recuerdos relativamente ajenos, visionados únicamente, otros difíciles, quebradizos, tenebrosos, pero muchos son su pasado, herida pendiente de cubrir, perdones a la espera de manifestarse.
Sin duda, reminiscencias unidas a su inocencia y, al mismo tiempo, a su seno materno (queda para el recuerdo cinematográfico histórico la impresionante secuencia onírica de levitación).

Por ende, en “Zerkalo”, los ciclos y espacios se funden de forma alocada para constatar que, simplemente, el tiempo «»no existe»». Hay sentimientos universales, las épocas de los mismos son innecesarias.
Ejemplo perfecto de ello sería el pájaro que Alexei alberga en su mano, traspasando su pasado cultural a un futuro que respira esperanza, anhela historia que narrar.

Seguramente haya momentos en los que sea imposible discernir pasado, presente o futuro, pues son exclusivos del director, únicamente él los asocia. Pero a nosotros no nos debe importar, el mensaje es global, universal. Podremos insertar una vivencia cualquiera, nuestra, de nuestro hábitat.

La película transita por paraderos que van desde lo lírico y lo hermoso, hasta lo oscuro y terrorífico (por pasado no completo o aprehendido, que es como un abismo que genera miedo, pero no terror al uso, facilón, sino miedo real), pasando por lo misterioso, excitante o subyugante.

No nos dejemos guiar por la superficie, que en apariencia es puramente críptica, incomprensible. De lo contrario, solamente veremos sucesiones inconexas en tiempo y espacio, no sabiendo distinguir sin estamos en presente, pasado o futuro, o si somos nosotros los que estamos ahí, si son los mismos personajes o si tienen o dejan de tener continuidad. Nada tendrá sentido. Pero de eso, nada importa.
Efectivamente, puede resultar complejo en tanto en cuanto la memoria, las imágenes vertidas, no son nuestras (son del propio Tarkovsky, son sus vivencias). Si no nos place tomarlas como propias, aplicarlas a nuestra vida, no habrá espejo en el que mirarse. No habrá camino por recorrer.

Aún así, aquí la memoria no actúa simplemente como generadora de recuerdos, como componente ajado (como se altera y maltrata en la mayoría de films), sino como método para recomponernos, para tomar de ella destrezas y aplicarlas a nuestro aprendizaje, a nuestro crecimiento espiritual.

Esa misma memoria, huella del camino a tomar, desaparecerá cuando podamos situarnos en la senda, la cual ya deberá ser recorrida únicamente por nosotros.
De ahí emana el histórico plano secuencia final, formando un travelling larguísimo (marca de la casa Tarkovsky) que recorre la naturaleza, la visión hacia la misma como unión con el ser humano, haciéndolo inmortal, logrando una infinidad plagada de belleza y esplendor.
La memoria citada como generadora de unión de todas las edades, los niños, la madre, la abuela (interpretada por la propia madre del director). Todos al unísono en la libertad que la naturaleza nos ha otorgado, libres de escisiones, contemplando su fulgor al ritmo de la elevadora, magistral, sublime, espiritual música de Bach. Un final antológico, inmediato a lo divino, al que nada de lo que se nombre hace verdadera justicia.
¿Esperanza ingenua? Eterna duda de si la felicidad yace en la memoria o en el olvido de la misma. Eso ya es cuestión de reflexión propia e intransferible.

La memoria conduce, pero entonces ocupará un segundo plano para vislumbrar la unión de generaciones que han sido unas el reflejo de las otras (un divorcio que se repite, un perdón que no se sabe cómo ofrecer: más sacrificio en la obra del genio). Ahora nos encontramos solos frente a nuestro camino.

Que la naturaleza es nuestra verdadera madre, según Tarkovsky, queda reflejado a la perfección con todo lo citado. Ella nos conduce, une la totalidad de los tiempos y, en parte, nosotros también hacemos que sea canalizada. Un tema imprescindible y recurrente en su filmografía: “Somos parte de aquella fuerza que va desde la piedra al agua”.
Sin duda, todo muere y llega a su fin, pero, mediante la madre y su esencia, gracias a ella, si se busca en el interior, permanecerá vivo por siempre para nuestros ojos.

Para cuando uno quiere percatarse de lo que está tratando, llega el colosal final de “El Espejo”, llega el cénit del trayecto para retomarlo de nuevo. Y, aún sin comprenderlo del todo, las lágrimas brotan por las mejillas. No urge secarlas. Tampoco urge adivinarlo íntegramente.

Lo verdaderamente enjundioso es que no ha llorado nuestra persona, nuestra porción física. El espíritu es el que ha derramado las lágrimas. Porque, por primera vez en su biografía, ha sido tocado con los dedos.

Porque, para brindar un lirismo inexplicable al metraje, Arseni Tarkovsky, padre poeta de Andrei, recita unos versos propios, unos poemas repletos de preciosismo, ritmo de ensoñación, pasión y esencia.

Porque el último escalón no es solamente uno de los mejores de la historia que el cine conoce. Se extiende más allá del celuloide, de la cultura, de todo lo que conocemos en vida. No nos queda más que agradecer a Andrei Tarkovsky el hacer una obra inabarcable, de una magnitud y estilo jamás alcanzados. Una obra para todos los tiempos.
Pues no estamos únicamente ante una Obra Maestra: nos encontramos ante una Obra de Arte imperecedera, soberbia, emocionante. Una oda a la existencia, un poema a la vida.

Como esos relatos en los que el mero voyeur, espectador aséptico, pasa a convertirse en parte imprescindible de los mismos: desde el nacimiento a la muerte, desde la génesis hasta la consumación.

Como una sonata que entona en otoño el ocaso de las hojas, y los árboles vigilantes salen a empujones del útero.
Como en un cristal se percibe el pulso de los ríos, sangrantes de savia y asombro ante el hueco diáfano de la tempestad.

Como el susurro que escapa por la escalera, vestido de éxtasis que se funde con las húmedas lilas, y nos lleva lejos, a sus dominios, al otro lado del espejo.
publicado por Iñigo el 14 febrero, 2007

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