Los locos son los otros; o, lo que es lo mismo, los palestinos son personas como todas las demás.

★★★☆☆ Buena

De repente, el paraíso

La segunda película de la sección oficial que hemos visto en el festival de cine europeo de Sevilla, ha resultado ser un experimento desigual, no del todo fallido, que por momentos arranca las risas del público.

El palestino Elia Suleiman escribe, dirige y protagoniza una comedia surrealista al estilo de las películas de Roy Andersson (del que, por cierto, esperamos ver aquí, en pocos días, su última propuesta). Sin apenas palabras, el realizador árabe asiste perplejo a escenas cotidianas en diversos países mientras espera conseguir financiación para una película; para esta misma cinta.

Suleiman no tiene mucho éxito. Las razones por las que le rechazan su obra tienen que ver con una trama que podría ocurrir en cualquier país (como si Palestina no fuera cualquier país), y no lo que se supone debe acontecer en un pueblo sometido, prácticamente en guerra. Los sucesivos productores esperan que la cinta de un director palestino haga referencia a la intifada, a los atentados, a la invasión hebrea, al bloqueo económico o a la reivindicación como nación.

El cineasta, a modo de sátira, se queda perplejo con esta situación, y con todo lo que presencia lejos de su patria; pero también en su propia ciudad, donde  deja algún títere con cabeza. Ahí reside lo irregular de su obra: la crítica es parcial. El ejemplo más claro es el del arranque. Quizás el episodio más gracioso, casi lo mejor de la película, una broma con la religión católica de fondo. Bien, pero ¿dónde está la denuncia de la otra parte?

Aunque la ejecución resulte algo intencionada, la idea de partida es buena: para los habitantes de París o Nueva York, un palestino puede sonar muy lejano, como de otro planeta. Es normal que se asocie con el conflicto árabe-israelí, y que su presencia pueda parecer hostil o, como poco, exótica y extraña. Sin embargo, con De repente, el paraíso, Suleiman le da la vuelta a dicha premisa cuando se interpreta a sí mismo, desconcertado (acierta la organización del festival al compararlo con Tati o con Buster Keaton), con la mirada impasible asegura que el mundo llamado occidental es aún más bizarro que el de su patria.


Organizado en sketches, el largometraje toma la apariencia de falso documental y, progresivamente, distorsiona la realidad para demostrar la tesis del director. Así, se suceden las persecuciones policiales, como si fueran coreografías de un musical; o la violencia, las restricciones a la libertad, la desigualdad social y racial son tan habituales como las armas que portan los ciudadanos, igual que si fueran complementos de moda. Hasta la irónica música del final va en ese mismo camino: los locos son los otros; o, lo que es lo mismo: los palestinos son personas como todas las demás.

Lo mejor: El sketch del comienzo.
Lo peor: La falta de imparcialidad
publicado por Ethan el 11 noviembre, 2019

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