Es como si la cineasta, con su peculiar técnica de rodaje, se pusiera del lado de Petrunya: enfrentándose a las normas, saltándoselas.

★★★☆☆ Buena

Dios existe, su nombre es Petrunya

Continuamos con el realismo más descarnado en las propuestas cinematográficas que nos llegan del Este, aquí en el festival de cine europeo de Sevilla. En esta ocasión son dos películas con un nexo en común: la religión. La primera viene de Letonia para narrar las desventuras de Oleg (así se titula la cinta), un carnicero que busca mejores oportunidades en Bélgica, como miles de inmigrantes. Las cosas no le pueden ir peor al protagonista cuando, después de quedarse en paro en el país extranjero, va a parar al seno de una mafia polaca, que explota a gente como él para utilizarlos como esclavos en diversos actos delictivos. Lo original de la producción no viene de la denuncia de actividades que son el pan nuestro de cada día, sino de cómo se lo toma Oleg, que cree que es el Cordero de Dios revivido, que su existencia es un Vía Crucis y su destino el sacrificio.

El otro filme es el que más nos interesaba por competir en la Sección Oficial. Una cinta dirigida por Teona Strugar Mitevska, nacida en Macedonia, de donde también procede Dios existe, su nombre es Petrunya.

Petrunya es una joven licenciada en historia, de familia humilde, que ya ha cumplido la treintena, pero sigue desempleada. En la última entrevista de trabajo la han rechazado porque “no sirves ni para que me acueste contigo”. Desesperada, se cruza con una popular ceremonia religiosa donde un pope ortodoxo lanza un crucifijo sagrado al río. La tradición dice que el primer hombre que lo rescate de las aguas tendrá un año de buena suerte. La sorpresa es que ha sido una mujer ––Petrunya–– la que ha realizado la gesta.

Si piensan que la película es una reivindicación feminista, aciertan, pero se quedan cortos porque el filme se basa en hechos reales. Va más allá cuando el fuerte personaje principal se niega a devolver la cruz. «Ha robado la cruz, la ceremonia no es para ellas», dicen los curas, los policías y los que se lanzaron al río. Sin saber a qué atenerse, lo primero que hacen los hombres en un país de hombres, es detener a Petrunya, luego ya veremos.

La misma directora nos presentó la película en una sala abarrotada: “Mi madre decía que si no tienes nada que contar, no nos hagas perder el tiempo”. Pero Teona sí tiene algo que contar tres lustros después de que se distribuyera en España el último largometraje macedonio (Antes de la lluvia de Milko Manchevski, 1994). Una mujer se lanza a un río lleno de hombres es la metáfora con la que arranca el filme de Teona, que transcurre en su mayor parte entre las cuatro paredes de una comisaria. Dependencias policiales que se ven amenazadas por una muchedumbre de machistas ofendidos, que esperan poder linchar a Petrunya.

El puñetazo en la mesa de Petrunya ––y el de Teona–– por la igualdad de sexo se narra desde dos puntos de vista: desde el de la directora, claro, pero también desde la cámara de la periodista que asiste al drama, es decir, desde la audiencia, desde el espectador. La realizadora se escuda en el ojo público para saltarse las normas de encuadre, foco y luz y hacer más tensa e intensa la acción, que muchas veces se desarrolla fuera de cámara. Es como si la cineasta, con dicha técnica, se pusiera del lado de Petrunya: enfrentándose a las normas, saltándoselas.

Lo mejor: La trama basada en hechos reales. La valentía del personaje y de la directora.
Lo peor: El abuso del objetivo desenfocado
publicado por Ethan el 15 noviembre, 2019

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