El Pico 2

El éxito en taquilla de El Pico (1983), la primera parte de esta terrible historia sobre cómo la heroína arrasa con todo a su paso, hizo que Eloy de la Iglesia escribiera, de nuevo junto a Gonzalo Goikoetxea, una segunda parte. La narración podría haber terminado en ese acantilado vasco del final de aquella película, pero hay contadores de historias valientes que se atreven con segundas partes consiguiendo, en ocasiones, cerrar un pequeño ciclo o fracasando, en otras, con finales prescindibles y vergonzosos. El Pico 2 es un ejemplo de lo primero, un cierre contado con destreza tanto conceptual como técnica para lo que el cine quinqui solía ofrecer, que acierta en su empeño de estar a la altura de su antecesora. Las carencias interpretativas presentes en aquella quedan subsanadas. José Luis Manzano crecía como actor en cada película que hacía aunque éste fuese el inicio del final de una carrera profesional que le llevaría a participar en tan sólo dos largometrajes más antes de morir en febrero de 1992. El aspecto técnico también saldría reforzado con mejores banda sonora y sonido ambiente, aunque el doblaje tenga sus agujeros. Pero en términos generales la narración hace que el rato frente al televisor sea agradable y no invite al abandono.

Paco se traslada junto con su padre a Madrid para combatir su adicción a la heroína, pero los errores cometidos en Bilbao en los duros días de mono le persiguen y acaban con él en la cárcel de Carabanchel donde conoce a “El Pirri”, el carismático “Pirri” y a “El Lendakari” entre otros personajes tan perversos como desgraciados. Su padre, encarnado en esta ocasión por Fernando Guillén, se sumerge de nuevo en las cloacas de la justicia para sacarlo, exponiéndose al escarnio tanto de compañeros del cuerpo como de la propia sociedad, pero cuando lo consigue, la frágil alianza que les unía se quiebra convirtiéndose, ahora sí, en claros antagonistas el uno del otro. Paco es cada vez más delincuente, adicto y peligroso y su padre, el comandante Torrecuadrada, cada vez más comandante de la Guardia Civil y menos padre.

La acción de la historia se desarrolla a caballo -nunca mejor dicho- entre Madrid y Bilbao dejando ver en acertadas perlas cómo era la sociedad de aquellos mediados de los años ochenta y cómo el miserable, el corrupto y el aprovechado no podían dejar de serlo, por mucho que lo intentaran unos y otros. La evolución del personaje de Paco junto a la heroína, son los dos puntos fuertes de la narración convirtiéndose éste en alguien cada vez más atormentado y entregado a una adicción a aquella cada vez más autodestructiva y mostrada, si cabe, de una forma más explícita aún de lo que ya se hizo en la primera entrega. Se cierra, así de forma notable un dramático ciclo que empezó y terminó como tantas historias reales del drama de la droga en España en los años ochenta, con dos jóvenes insensatos comprando caballo en casa de un desalmado camello.

Lo mejor: Cómo está la historia contada.
Lo peor: Pequeños aspectos técnicos.
publicado por Antonio Carralón el 1 noviembre, 2019

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