Robert Guédiguian y su troupe de nuevo en marcha por Marsella.

★★★☆☆ Buena

Gloria Mundi

Cuando un director nos atrae especialmente, solemos avisar al comienzo de la correspondiente reseña porque quizás la crítica no sea muy imparcial que digamos. Es el caso del siguiente comentario:

Robert Guédiguian es un director adictivo, al menos para nosotros: cuantas más películas vemos de él, más nos gustan (ver otras reseñas aquí). Y eso que las cintas son parecidas, con la misma estructura, como si fueran remakes unas de otras o secuelas, precuelas, o cualesquiera de los palabros que deseen. Casi todas se desarrollan en Marsella, ciudad donde nació; tratan de dramas sociales en barrios marginales: problemática obrera, discriminación racial o de sexo, o de cualquier tipo; y siempre con el mismo trío de actores desde los años ochenta (Arian Ascaride, que es la pareja de Guédiguian, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan).

Todo esto se cumple en Gloria Mundi, aunque con matices. El nuevo guion que propone Guédiguian se centra en la humilde familia Benar y arranca cuando nace la nieta del matrimonio formado por Sylvie (Ariane Ascaride, excelente, ganadora con todo merecimiento de la copa Volpi a la mejor actriz en Venecia) y Richard (Jean-Pierre Darroussin), ella limpiadora y él conductor de autobús. La llegada del nuevo miembro familiar coincide con la salida de la cárcel de Daniel (Gérard Meylan), el primer marido de Sylvie. La vida de los Benar es difícil, pero más lo es la de su hija mayor, la madre del bebé, que apenas llega a fin de mes; todo lo contrario que la pequeña de los Benar, empresaria y dueña de varias tiendas.

A Guédiguian le sucede algo parecido a lo que le ocurre a los hermanos Dardenne (lo comentamos en una reseña reciente de los directores belgas): parece que la edad le afecta en sus convicciones, por las que siempre luchó, y en la intensidad de la narrativa, tanto a la hora de describir a los personajes como a la acción. Todo más explícito y exagerado, menos sutil. Así, los problemas crecen con las nuevas generaciones. Los jóvenes son más intolerantes, amorales y egoístas que sus mayores. Se suceden las infidelidades, las adicciones, la falta de solidaridad y hasta los crímenes. Por otro lado, los mayores se muestran cansados y adolecen de contradicciones (quién le ha visto a Gédiguian y quién lo ve): las huelgas solo sirven para morirse de hambre; los delegados sindicales son unos aprovechados; o los taxistas son unos terroristas frente al respetable capitalismo de los VTC.

Como en otras cintas ––la mayoría––, el trío de actores fetiches de Guédiguian acuden al rescate para salvar a la familia; y a la película. Igual que siempre, las mejores escenas son las que se desarrollan con ellos en pantalla. Las que demuestran la complicidad que existe entre personajes-actores, y el buen hacer del responsable, de Robert Guédiguian, que sabe sacar lo mejor de cada uno de ellos. Son diálogos o silencios estructurados por parejas, o con los tres en el plano, donde predomina el tono crepuscular, ahora cargado de pesimismo, que nos dice lo cansados que se encuentran de luchar por lo mismo de siempre, sin que nada cambie; o si cambia es para ir a peor.

Lo mejor: El reconocible estilo del director.
Lo peor: Cierto cansancio y pesimismo en su discurso habitual
publicado por Ethan el 16 noviembre, 2019

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