Guns akimbo

Desde que dejara el personaje Harry Potter allá por el 2011, Daniel Radcliffe se ha labrado una trayectoria por el cine fantástico y de terror más underground, para intentar desprenderse del sambenito proporcionado por el personaje de corte infantil que le lanzó al estrellato. A cada cual más raruno y extravagante si cabe. Por ejemplo, en 2012 —un año después de la última película de la saga Potter— Radcliffe apareció en el filme de casas encantadas dirigido por James Watkins, «La mujer de negro» (The Woman in Black); más tarde se enroló en «Cuernos» (Horns, 2013), la aventura estadounidense del cineasta francés Alexandre Aja que adaptaba un relato de Joe Hill —hijo del célebre novelista Stephen King—; luego fue compañero de fatigas de James McAvoy en la enésima adaptación del monstruo clásico creado por Mary Shelley, en «Víctor Frankenstein» (2015), de Paul McGuigan; y para colmo de todos los males, encarnó en 2016 a un zombi flatulento en la multipremiada en Sitges, «Swiss Army Man» (Dan Kwan y Daniel Scheinert), una película que fue bastante aplaudida por muchos, la cual me recomendaron hace tiempo y nunca le he podido ver la gracia. Además, también se ha prodigado bastante en el teatro, interpretando personajes curiosos y controvertidos, como aquel en el que salia desnudo junto a un caballo. Ahora en 2020, en pleno confinamiento casero obligatorio debido a la crisis sanitaria del Covid-19 que ha azotado al planeta, llega otro de sus peculiares personajes en «Guns akimbo». Dirigida por Jason Lei Howden, se trata de un cineasta neozelandés que se prodigó en el campo de los efectos visuales en películas como «Los vengadores» (The Avengers, 2012), de Joss Whedon, o «Prometheus» (2012), de Ridley Scott, debutando posteriormente en 2014 con el corto, «The Light Harvester», y realizando su primer largometraje un año después, titulado «Deathgasm» y que fue presentado en Sitges.

¿Qué pasaría si un día te despiertas con dos pistolas atornilladas en tus manos?

Esto mismo es lo que le pasa a Miles, nuestro personaje interpretado por Radcliffe, un joven que se siente atascado en la vida: su trabajo no tiene futuro y sigue enamorado de su exnovia Nova. Un día descubre que un grupo de mafiosos llamado «Skizm» planea celebrar una peligrosa competición que reúne a extraños de distintos puntos de la ciudad con el propósito de comprobar cuál de ellos logra una mayor cantidad de espectadores online. Aunque al principio tiene dudas, pronto descubre que Nora ha sido secuestrada por Nix, un grupo armado que participa en el concurso, por lo que Miles decide dejar atrás sus miedos para participar en el torneo.

La película es un locurón —permitidme que utilice esta pseudo-palabra para definirla—, ya que nos ofrece un despiporre total repleto de frenética acción y violencia que puede recordar a títulos como «Crank: veneno en la sangre» (Mark Neveldine y Brian Taylor, 2006), «Hardcore Henry» (Ilya Naishuller, 2015) o «La villana» (Ak-Nyeo, 2017), de Jung Byung-gil, la cual se puede disfrutar plenamente con un buen cubo de palomitas y una cerveza Pilsen helada —como bien nos relataba el bueno de Morgan Freeman en la notable «Cadena Perpetua» (The Shawshank Redemption, 1994), de Frank Darabont, cuando el grupo de convictos acababa de alquitranar uno de los tejados de la prisión. Para los más nostálgicos, quizá su premisa les recuerde a la genial «Perseguido» (The Running Man, 1986), Paul Michael Glaser, protagonizada por un Arnold Schwarzenegger que se vería obligado a participar en un sangriento reality show, una deliciosa distopía clásica en las estanterías de los videoclubs de la época que adaptaba un relato del prolífico Stephen King.

La química entre Daniel Radcliffe y Samara Weaving —nuestra molona niñera psychokiller en «The Babysitter» (McG, 2017)— funciona a las mil maravillas, que se encargarán de eliminar esbirros, enviados por el tatuado maleante Skizm, a medida que vayan avanzando en su aventura, de la misma forma que como si estuvieran superando niveles en un videojuego de disparos. La película bebe muchísimo del campo de los videojuegos, y en gran medida, se nota muchísimo la experiencia de su director en el campo de los efectos visuales, ya que en el filme abundan los planos-secuencia imposibles y retocados digitalmente que dan mucho juego en pantalla. Su tono jocoso y gamberro también ayuda muchísimo y suma en su favor para ofrecernos, en definitiva, una película de evasión y espectáculo sin pretensiones de ningún tipo. Ideal para desconectar el cerebro y olvidarse por un rato de los tiempos que por desgracia nos ha tocado vivir últimamente.

Lo mejor: Una Samara Weaving gamberra y alocada que se convierte en el alma del filme, y las espectaculares escenas de acción con esos planos-secuencia imposibles.
Lo peor: El guion no profundiza demasiado en los personajes. De haberlo hecho hubiera sido mejor, pero al menos entretiene.
publicado por Oscar Vela Peris el 1 mayo, 2020

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