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La estanquera de Vallecas

Cine quinqui, estanquera, Eloy de la Iglesia, José Luis Manzano, Vallecas

En 1987 ya se hablaba de Transición en pasado, las elecciones eran el pan nuestro de cada día y hasta habíamos entrado en la Comunidad Económica Europea. Parecíamos uno de esos países ricos. Pero no. La miseria seguía en las calles y los chavales seguían cayendo en la heroína. El quinqui, por su parte, era ya un cine adulto y Eloy de la Iglesia -uno de los directores que mejor se sabía mover en el género- se permitió el lujo de hacer una película en la que por primera vez el humor lograba convivir con el drama de las vidas de sus personajes.

“La estanquera de Vallecas”, imposible borrarla de la memoria, tuvo muy buena fama entonces y ahora, pese a sus evidentes carencias, nos sigue encantando volver a ver. Es, cómo no, una crítica social en la que los protagonistas no resultan ser ni buenos ni malos, sino simplemente supervivientes; más Leandro y el Tocho (José Luis Gómez y José Luis Manzano), que se ven obligados a ser atracadores, pero también doña Justa y su sobrina (Emma Penella y Maribel Verdú) que se resisten con valor a perder el poco dinero del negocio. Con todos ellos es fácil empatizar gracias al humor y la torpeza que derrochan. Y es fácil centrar la aversión hacia los verdaderos malos de la película, el propio Estado y unos policías (herederos ambos del franquismo) incompetentes y más preocupados por no dar demasiada visibilidad al atraco que por el bienestar de atracadores y atracadas. A medida que avanza el metraje, Eloy de la Iglesia junto con Alonso de Santos, coguionista y autor de la obra teatral en la que se basó la película y que gozó de mucho éxito un par de años antes, consiguen que el espectador se identifique con lo que está ocurriendo en el encierro del estanco con pequeñas perlas que van comentando los propios personajes: la dura vida de Leandro, obrero venido a menos; la inestabilidad emocional del Tocho, huérfano de madre un mes atrás; la resistencia de doña Justa, viuda de un guardia civil y hasta la confesión de uno de los policías (Antonio Gamero) defendiendo el barrio frente a su superior, un Jesús Puente corrompido hasta la médula.

Salvo la de la gran Emma Panella y, quizás, las de José Luis Gómez y Jesús Puente, las interpretaciones son bastante flojas y la dirección atropellada y poco cuidada, pero la historia es muy buena y llega a remover. La película se estrenó en el momento exacto y llegó a convertirse en una cinta muy popular, comprometida y contemporánea. España y Madrid eran lo que aparece en la pantalla, sus plazas así de simbólicas y sus vecinos iguales a los que se asoman a estos balcones (ojo, que El Pirri es uno de ellos). Sus delincuentes, sus drogas, sus cotorras, sus chanchullos… Así era el Madrid de 1987 y así permanecerá para siempre en los registros visuales de nuestro país gracias a este maravilloso género de cine quinqui.

PD. Imprescindible “Vallecas”, la canción de Patxi Andión que abre la película.

Lo mejor: Las interpretaciones de Emma Panella y José Luis Gómez.
Lo peor: Una dirección muy atropellada.
publicado por Antonio Carralón el 28 agosto, 2019

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