muchocine opiniones de cinedesde 2005

Quizá no sea suficiente la buenista intención del realizador, que sin disimulo subraya el sello moral en su autoría, pero nunca está de más invitarnos a repensar nuestra historia a la luz de estos tiempos sin guerra, pero no menos convulsos…

★★★★☆ Muy Buena

Mientras dure la guerra

Recién vista “Mientras dure la guerra”, de Amenábar, comparto algunas sensaciones.

Primera. Escasean en España las películas donde un intelectual, menos aún un filósofo, es el protagonista. Ese verde entre tanto secano se agradece, más aún para subrayar las contradicciones que por lógica contiene todo pensamiento en gerundio, lento, resignado a llegar tarde, como la lechuza de Minerva, pero que cuando es honesto nunca es en vano andar el camino. Esa es la hybris, ese es el precio de un pensamiento libre.

Segunda. Unos verán en la elección del trasunto cierto oportunismo, otros valentía, necesidad. Elijan ustedes. Es inevitable bascular la exégesis. Quizá solo por esa razón debamos aplaudir en arrojo de esta película por abrir nuevo párrafo para el debate. Esperemos que no suponga la acostumbrada, atávica tendencia nacional a abroncar el diálogo.

Quizá no sea suficiente la buenista intención del realizador, que sin disimulo subraya el sello moral en su autoría, pero nunca está de más invitarnos a repensar nuestra historia a la luz de estos tiempos sin guerra, pero no menos convulsos, donde el maniqueísmo y la manipulación histórica calzan zapatos de diverso pelaje ideológico, a mayor gloria del aprecio en las urnas.

Tercera. El Unamuno de Amenábar. No conviene olvidarlo. El autor aporta su mirada, no un documento histórico, pese a sostenerse sobre personajes reales. Y cada cual, después del visionado, prolonga el relato a su albedrío, hilado con la madeja que su mochila de experiencias y su entender le aportan. Sucede así con cualquier cine, más aún con aquel que toma su sustrato de hechos que según quien así se reescriben. Asumamos la diversidad. Sin ira, eso sí, sin ira, por favor.

Cuarta. Quien haya visto y oído algo sobre esta película antes de verla, quizá crea que (solo) estamos ante un biopic de Unamuno. Sin embargo, Amenábar traza un relato más poligonal, donde como el título sugiere, se hace hincapié (también) en la figura taimada de Franco, del que se sugiere haber podido acortar la guerra, pero en su lugar, para erigirse en caudillo, decide prolongarla, aumentando el dolor y alimentando la división durante décadas, hasta su muerte en el 75… y coleando durante una larga transición cuyos estertores aún podemos sufrir.

En esto Amenábar no abre posibilidad a interpretaciones, como tampoco se despeina retratando la ceguera complacida de la izquierda ante un mecenazgo bolchevique cuanto menos inquietante. A esto hay que añadir la tesis -Amenábar, hasta en su obra fundacional, fue siempre un autor de tesis- de que Franco busca aprecio de la monarquía y los sectores más conservadores de la sociedad como mera estrategia más que una ética de la convicción. Amenábar no es equidistante, ni lo disimula. Franco y su régimen es fascista y la izquierda, buenista, ciega y tendente al exceso y la fragmentación.

Quinta. El guión. Se centra en lo que Amenábar interpreta como el proceso del reconocimiento de un error, sin dejar por ello de defender la honestidad intelectual del protagonista, objeto de irresolubles y diversas lecturas. El tópico del intelectual gruñón, terco y no por ello menos íntegro ocupa casi todo el lienzo del retrato con el objeto de re-presentarlo como conciencia del eterno frentismo cainita de una España aún en vías de conciliación. Una intención que según qué espectador torna en cansina, aleccionadora o mentirosa. Cada cual decida.

No esperemos un relato complejo, de múltiples engranajes emocionales y contradicciones irresueltas. Amenábar es -no puede evitarlo- un realizador didáctico, con voluntad de masas. Unamuno se dibuja sin aristas que afeen su biografía, porque el objetivo es pedagógico, desea enseñar, mostrar su enfoque moral, apoyarse en Unamuno como alter ego del propio espectador, ciudadano a la vez verdugo y víctima de su Historia. Franco es de hecho el personaje menos humano, una figura en nebulosa, omnisciente, maquiavélica. El perro pequeño y silencioso es el más peligroso. El resto de personajes tienen vida propia, emociones, aunque sean extremas. José Millán-Astray es simpático, accesible, incluso benévolo, entendible. Carmen Polo, beata de una ingenuidad que otorga, pese a saber donde se mete. La hija del filósofo, pepito grillo, alter ego de su progenitor.

No por esto y algo más desmerece verla. Vayan. Y cuenten.

Lo mejor: El solo hecho de existir. Una película necesaria, hilada sin ira y sin la acostumbrada brocha gorda de deudas ideológicas, aunque nadie puede hacer una película con esta temática sin salir escaldado desde diferentes frentes. Un pulso dramático eficaz, un texto limpio, accesible. Karra Elejalde crea un personaje con matices, entre la ternura y el desconcierto. Secundarios de lujo. Eduard Fernández, el malo-bufón, contrapunto de Unamuno, acaba revelando su humanidad entre tanta capa de dogmatismo suicida.
Lo peor: Su tendencia al didactismo. Se echa de menos un mayor arrojo en el dibujo del personaje de Unamuno, mucho más poliédrico de lo que sugiere Amenábar.
publicado por Ramón Besonías el 28 septiembre, 2019

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