Perros callejeros

El cine quinqui fue un fenómeno singular cuyo impacto sacudió a una España traumatizada por el cambio político y social que le tocó vivir. Perros callejeros fue la inolvidable película con la que todo comenzó y José Antonio de la Loma, su director, tuvo una responsabilidad vital para que la popularidad del género llegara tan alto  rodando una trilogía que abrió y cerró el círculo de la vida del Torete: Perros callejeros en 1977, Perros callejeros II en 1979 y Los últimos golpes del Torete (Perros callejeros III) en 1980.

El estreno de esta primera parte fue un bombazo en taquilla debido al morbo que suponía una historia tan explícita y cargada de delincuentes, abusos y verdad, mucha verdad para un público aborregado por la censura en el peor de los casos y la corrección política en el mejor de ellos. Así mismo abrió las puertas para que surgieran infinidad de películas con argumentos más o menos similares y popularidades más o menos merecidas.

Pero Perros callejeros es especial por la valentía con la que de la Loma se atrevió a contar una historia con actores sacados de los mismos barrios en los que se mueven los protagonistas que encarnan y con unas vidas de un paralelismo asombroso que contribuyó a dar a esta película la fuerza necesaria para ser algo más de lo que pudiera parecer en un principio. El mismo Torete, Ángel Fernández Franco, era un delincuente en sus inicios y su aventura terminó como la de tantos y tantos jóvenes delincuentes sin oficio ni beneficio, que decían sus mayores cuando veían sus fotos en los telediarios.

La intensidad narrativa que derrocha esta historia hace olvidar diferentes aspectos técnicos muy mejorables con los que está rodada. Es potente y dura, y el Torete -personaje carismático donde los haya- logró que el quinqui, el marginado, despertara por primera vez ternura en una sociedad más propensa a culpar y castigar que a perdonar y educar. Ésto se ve en los sentimientos que le mueven a meterse en la vida en la que se mete y en la relación que tiene con el religioso que le acoge (que le encierra): “Usted no parece un cura” o con el policía con el que entabla una intensa e interesante relación: “Es un madero tierno”

A los jóvenes Toretes y Fitipaldis les acompañan grandes secundarios como Xabier Elorriaga o Frank Braña que equilibran la balanza de la profesionalidad en las interpretaciones así como una banda sonora magnífica que hace que esta película, pese a ser de una factura bastante mejorable, quede grabada en la memoria y se deje perdonar todos los peros que se le pudieran reprochar. Bienvenidos a la esencia del cine quinqui y al inicio de una larga y próspera producción de este género tan nuestro.

Lo mejor: El Torete.
Lo peor: Los aspectos técnicos.
publicado por Antonio Carralón el 30 septiembre, 2019

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