El entorno que rodea a la protagonista se desintegra, igual que la familia modélica donde trabaja también sucumbe como si fuera un microcosmos representativo de aquella sociedad.

★★★★☆ Muy Buena

Roma

La última película del realizador mexicano Alfonso Cuarón que, como si fuera un Kubrick redivivo, vuelve después de cinco largos años para acaparar nominaciones y premios (recordemos que su filme anterior, Gravity (2013), se llevó la friolera de siete galardones de la Academia). Y lo hace con una cinta radicalmente diferente, en la temática, en la estética y, en fin, en la intención.

En efecto, la historia de Cleo, una empleada de hogar que trabaja para una familia de clase media en el México de primeros de los setenta, es un fiel reflejo de una desigualdad social sin vías de solución. De una diferencia de clases explicada desde el cariño, eso sí, y de la nostalgia del propio director que asegura haber rodado una película autobiográfica.

Un filme del mejor Cuarón, como el de aquella excelente película Y tu mamá también (2001). En Roma “también” hay viajes en automóvil para ir de falsas vacaciones mientras el país estalla. Lo novedoso de la nueva propuesta de Cuarón es la fotografía expresionista en blanco y negro; y las secuencias realistas de un suceso tan trágico como poco conocido en Europa, que se llamó El Halconazo, pero del que no es ajeno el cine mexicano ––otros cineastas se hicieron eco de los acontecimientos que sacudieron ese país a finales de los sesenta y primeros de los setenta (Felipe Cazals, por ejemplo, en Canoa y El apando).

Roma es, por tanto, muchas cosas, también un tour de force técnico con incontables y larguísimos travellings; con dominio de la profundidad de campo; sin música, pero con sonidos fuera de cuadro; con eficaces planos detalles y con una estética que parece traspasar el charco para viajar a la Europa central y oriental a visitar a Tarkovsky o a Béla Tarr.

Así, el entorno que rodea a la protagonista se desintegra, igual que la familia modélica donde trabaja también sucumbe como si fuera un microcosmos representativo de aquella sociedad. Varias metáforas tan atractivas como esa salpican de acierto un metraje que discurre a una velocidad adecuada: el nacimiento de un niño, viciado por una relación perversa; el turismo desproporcionado que no cabe en la cochera llena de excrementos del perro, apariencia frente a realidad; y el avión que todo lo ve, pero no puede intervenir: como el propio Cuarón, testigo de la incapacidad del ser humano para resolver sus problemas, entre ellos el de la desigualdad.

En la catarsis que es la secuencia de la playa, sin duda de lo mejor de la cinta, y, en concreto, en el plano emotivo que sirve de cartel promocional, parece que se haya superado esa barrera social. No es más que un espejismo. Otro encuadre, el del final, coloca las cosas en su sitio.

Lo mejor: La fotografía expresionista, las metáforas, los larguísimos travellings. La secuencia de la playa.
Lo peor: Nada que destacar en el aspecto negativo.

publicado por Ethan el 22 julio, 2019
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