Película de humo, prestidigitación impostada, fabulación fría, todo lo que no debería ser el buen cine de magos.

★★☆☆☆ Mediocre

El truco final (The Prestige)

Al hilo de El ilusionista, compleméntandola sin pisarla, ocupando ambas diferentes zonas de un mismo ángulo narrativo, El truco final ( El prestigio ) se afianza en la cartelera como un título interesante, digno, de una manufactura sobria y un plantel absolutamente esplendoroso ( Christian Bale, Hugh Jackman, Michael Caine, Scarlett Johansson ). Dirige Christopher Nolan, que entregó la fastuosa y alambicada Memento, el thriller Insomnio ( con unos muy comedidos y sorprendentes Al Pacino y Robin Williams, en papeles de una contención proverbial siendo quiénes son ) y esta última entrega de Batman, alejada del cliché de la política de Hollywood y escorada, con fortuna, al estudio más sagaz de los personajes y un alejamiento consciente de las formas clásica de los superhéroes para reinventar ( lo hizo, no me cabe duda ) el género. Pues habida cuenta de todo esto, El truco final ( El prestigio ) debería haber sido un peliculón o, al menos, una pelìcula con mimbres de calidad, entretenida, con las suficientes referencias para el cinéfilo exigente y con toda la metralla comercial para el consumidor de cine más pasivo, menos entregado a buscar debajo de las piedras los alacranes del genio.

Esa esperanza se difumina al poco de avanzar el metraje que a mí se me antojó confuso, embarrullado, carente de gancho, frío quizá. Viene a pasar con esto de los trucos de magia que una vez que se ha visto el «prestigio», como dicen en la cinta, nada es ya relevante. Y Nolan hace trucos fastuosos, gesta una vigorosa puesta en escena que no carece de elementos brillantes ( hay un tono gótico, un regusto casi malsano por bucear en las raíces más perversas de la venganza ), pero que cae ( con estrépito, diría yo ) en el tramo final: cuando las cartas ocultas se ponen boca arriba y asistimos a la racionalización de la fantasía.

Bale y Jackman están muy por debajo de lo que esperamos. Caine cumple. Scarlett Johannson no acaba de encontrar el papel definitivo y languidece como ayudante-amante de los dos magos en un papel extraño, que no acaba de producir empatía en el espectador.

La magia y la ciencia no matrimonian nunca: se repelen. Todo cuanto fascina y deslumbra por mágico trae después decepción y desencanto en lo racional. Entrar en más detalle sería desvelar los vericuetos argumentales que hacen llevadero ( digamos que simplemente llevadero ) el (excesivo ) metraje.

O lo que pasa ( no lo tengo claro ) es que mis entenderas hayan estado hoy a un nivel por debajo de lo habitual, que tampoco digamos que es mucho, y todo lo que Nolan cuenta y cómo lo cuenta se me haya quedado a medias. Sin hacer efervescencia en mi cerebro. Sin despertar mi inteligencia. ¿ Y hace falta ser muy inteligente para ver una película como ésta ? Creo que no, la verdad. Inteligencia, la justa. Sólo un estar despierto, un querer pillar los detalles, un no abandonar la trama porque hay, en exceso, trampas, trucos, cómo no, que luego devienen simplezas de poco ingenio, argucias de un guionista que le ha venido el asunto grande en exceso y que luego, al final, el truco no ha sabido cerrarlo como mandan los cánones de la magia, sin que veamos la raíz, la semilla, el secreto.

Que Bowie aparezca hace que todo tenga un plus de morbo: uno no puede evitar ( yo, al menos, no pude, fascinado por ver al Gran Duque Blanco, al genio absoluto de la música, al camaleón mítico de la vanguardia del rock de las tres últimas décadas ) sentir un cosquilleo en la boca del estómago de modo que al terminar el film agarré mi estantería de cd’s y oí ( del tirón ) Ziggy Stardust and the Spiders of Mars…. y oh my god, ahí agradecí a Nolan, a la magia, al cine que exista la música y que detrás de todo quizá la película únicamente haya servido para recordarme que hay discos perfectos, durmiendo el sueño de la espera hasta que la mano cómplice los saca de su funda y los introduce, golosa, deleitosa, pecaminosamente en la bandeja del reproductor, agarra el potenciómetro del amplificador, vigila que la familia no está excesivamente cerca y deja que los decibelios ( diré ahora que durante un rato apabullantes ) inunde el aire, perfumen la noche, abandonen en mi memoria júbilo y alegría, amor y también reconciliación con el mundo y sus barbaries. ¿ He escrito de cine o he escrito de Bowie ? Pues yo lo tengo muy claro.
Lo mejor: La ambientación, la fotografía, cierto delicado tenebrismo en la forma de mirar de Nolan.
Lo peor: La verdad que viene después de la mentira, el descubrir los secretos y ver que son demasiados obvios.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 28 enero, 2007

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