¡Qué le corten la cabeza! -pensaba yo ayer mientras salía del cine tras ver la última obra de Sofia Coppola- y no me refería precisamente a la ya decapitada María Antonieta sino a la autora de tal disparate.

★★☆☆☆ Mediocre

María Antonieta

¡Qué le corten la cabeza! -pensaba yo ayer mientras salía del cine tras ver la última obra de Sofia Coppola- y no me refería precisamente a la ya decapitada María Antonieta sino a la autora de tal disparate.

La película comienza con un interesante rigor histórico (que nos muestra que en ese sentido, sí se han hecho los deberes) pero el desarrollo narrativo se centra demasiado en algunos aspectos que pueden resultar aburridos para el espectador (la mitad de la narración se dedica a explicarnos el hecho constatado de que no consumaron el acto sexual hasta pasados varios años de matrimonio). Por otro lado, la directora ha indicado en más de una entrevista que la intención era mostrarnos que la soberana no era una idiota sino una mujer inteligente que conservaba su lado humano, pero en la película lo único que vemos es una niñata que se dedica exclusivamente a tomar pasteles a todas horas y a beber champagne junto a sus amigas de la Corte. (Obviaré el comentario de la faceta humana de Maria Antonieta y su esposo ya que no creo que la Coppola sepa lo que es pasar hambre).

El problema principal de la película es que se ha valorado el diseño y la imagen en detrimento del argumento, es por ello que tenía la sensación de estar viendo un videoclip en vez de un largometraje: la escenas de Maria Antonieta y sus amigas en un palacete de retiro me traían reminiscencias de una famosa campaña de publicidad en la que nos preguntaban a qué olían las nubes.

En cuanto a la banda sonora, la gran polémica, tengo que decir que no me pareció ni estridente ni de mal gusto. Son pocas las canciones pop que aparecen y sinceramente, no desentonaban en el ambiente, de hecho, no me hubiera extrañado que la parejita de moda, Almodovar y “Pe”, apareciesen en medio de tanta movida, eso sí, movida parisina.

Como remate final, en un mundo tan guay crecer no es sinónimo de envejecer, de hecho tanto Maria Antonieta como Luis tienen exactamente el mismo aspecto cuando se casan (ella quince años y él dieciséis) que cuando huyen de Versalles (treinta y cinco y treinta y seis, respectivamente).
publicado por Elena Suárez el 11 enero, 2007

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