Durante unos gloriosos cinco minutos, Rocky Balboa tiene las mejores escenas de boxeo vistas en años. No es decir mucho, dado que el género no abunda.

★★★☆☆ Buena

Rocky Balboa

Hay momentos en los que Rocky Balboa me recuerda a ese viejo que se pone a mirar las obras y le explican al capataz que el edificio se va a caer porque el cemento no cuaja y como se derrumbe el muy bastardo con trece familias dentro el que se va a cargar el mochuelo es él. Se le mira al pobre señor con afecto y simpatía pero por lo general, nos solemos pasar sus opiniones por el forro de los cojones. Rocky Balboa no es la resurrección de Stallone (nacido en 1946), y menos aún cuando regresa a una saga que inició personalmente hace más de treinta años (30, thirty, SIETE OLIMPIADAS). Pero sí es una película que no ofende a nadie, correctísimamente interpretada, con un buen guión y, por encima de todo, una espléndida fotografía y que supone un regreso al tono realista del primer film y buena parte del segundo (hasta que Adrian se despierta del coma, en Rocky II, y lo primero que le dice a su marido es que aniquile a Apollo Creed, a partir de ahí, la saga Rocky se convierte en Portaventura).

Adrian no ha podido engañar a la muerte otra vez. Se nos ha muerto de cáncer y Rocky Balboa sigue en su pequeño mundo y viviendo del pasado, como Walter Sobchak. La clientela acude a su restaurante para escuchar sus batallitas, su cuñado Paulie sigue trabajando en la misma fábrica de carne, su hijo se ha pasado al lado oscuro y se ha hecho broker de bolsa (podría haber sido periodista, casi peor) e intenta reconstruir su vida con la chica que le mandó a la mierda en la primera entrega, Marie, ahora divorciada y con otro chaval a cuestas. En esto que llega el salto de fe: un programa de ordenador determina que, en sus viejos tiempos, hubiera sido capaz de acabar con el invicto campeón del mundo de los pesos pesados, Mason ‘The Line’ Dixon. El pifostio mediático que se genera fuerza al Potro italiano a volver al ring y ahí le tenemos de nuevo. Gonna Fly Now, escaleras, sudadera y pantalón gris incluidos.

«Tengo 60, pero a ver quién saca la vena como yo.»

Los primeros tres cuartos de hora del film son un coñazo en el buen sentido. Rocky habla con Marie. Rocky habla con Paulie. Rocky habla con su hijo. Su hijo habla con su padre. Rocky habla con el hijo de Marie. Se compra un perro nuevo. Y venga a recordar a Mickey (el viejo sordo que le entrenaba hasta que le empujó Mr. T y se murió en la tercera -Port Aventura, recordemos-), y la pista de hielo, y el gimnasio, y el bar antiguo, y que coñazo monumental. Sin embargo, como todas estas escenas están muy bien rodadas, y parece que destilan emociones genuinas, el público que de verdad sepa que Rocky siempre fue una saga sobre un pobre saco de hostias que se negó a caerse cuando se lo decían, con sus dos cojones, sentirá una lagrimita de nostalgia. Hay momentos realmente buenos, como todo lo relacionado con Adrian y Paulie, así como las conversaciones con Marie (muy buena, Geraldine Hughes) y otros completamente innecesarios y que se podrían haber cortado, con el peligro de convertir el film en un mediometraje (todo el rollo del hijo, interpretado por el funesto Milo Ventimiglia, que no se entera de la realidad que le rodea y si no ahí está la ultrasobrevalorada Heroes para demostrarlo).

Lo que funciona en esta parte es el sentido clásico de Stallone y la magnífica fotografía de J. Clark Mathis, que recuerda mucho a lo que hacía Robert Richardson en Casino, con colores por todas partes y fuentes de luz de no se sabe dónde, que amenazan con provocar ceguera a los actores. Sly lleva en este negocio del cine más de lo que yo llevo en este mundo y joder que si se nota, porque incluso el diálogo más aburrido está tratado con el mimo y cuidado suficiente para que nos llame la atención. Además de vez en cuando siempre están los chistecitos de Rocky (“Me siento como un canguro, con todas estas cosas en el bolsillo”), hilarantes de puro malos que son. Todo está tratado con mucho mimo y eso no es malo, pero si lo alargas demasiado, será insoportable. Y es justo en ese momento en el que Stallone decide poner en marcha el tren con la estructura que todos los devotos conocen: entrenamiento, montaje musical, previa y a darse de hostias. Destacar sobre todo la presencia de Tony Burton, en el papel de Duke, entrenador del fallecido Apollo Creed que se casca el mejor monólogo de la película (“…le vas a dar el viejo trauma por golpe contundente de toda la vida”) y ver a Stallone, como Donkey Kong, lanzando barriles para ganar fuerza, que es lo único que le queda ya que el tal Dixon es un milagro de la genética y te pega cuatro hostias antes de que tu cuerpo perciba la primera.

Y durante unos gloriosos cinco minutos, Rocky Balboa tiene las mejores escenas de boxeo vistas en años. No es decir mucho, dado que el género no abunda, pero esos cinco primeros minutos, con una planificación televisiva (logo del pay per view incluido) valen por todos los de Ali. Stallone sigue pareciendo boxeador como yo jugador de curling, pero Antonio Tarver es una mala bestia y aunque canta cuando se esconde el puño para no dejar a Stallone incapacitado el resto de su vida, ‘Magic Man’ sabe moverse (principalmente, porque ha sido campeón del mundo de peso ligero). Entonces Stallone director la caga por completo, comienza a hacer cosas raras con la cámara (blanco y negro, cámara superlenta, degradados, montaje a lo Michael Bay). Para alguien que ha intentado mantener un tono sosegado y con los pies en la tierra a lo largo del film, es una contradicción.

«¡Potoma!»

¿Y sabéis qué? Al peo. Mejor quedarse con el final donde gane o pierda, todo el mundo aplaude a Rocky y la saga llega a una feliz conclusión, sin “nada en el sótano”, como dice Stallone, y con la sensación de que nos hemos librado de un verdadero desastre, por el corazón y el empeño que se ha puesto en el rodaje. Rocky Balboa es de lo mejorcito que ha hecho en años y provoca las ganas de retroceder en el tiempo al espectador de ventitantos, que se crió con lo mejor del cine de acción de los ochenta, y ahora no puede sino llorar al ver el espectáculo que dan esa panda de capullos que se hacen pasar por héroes de acción. A esos les subía yo al ring, para que les fostiara Tito Rocky (y si falla, siempre me queda la opción de saltar yo… y mi amiga Fergie, la motosierra).
Lo mejor: Es muy bonita. Ni siquiera Dixon es malo, ni un robot comunista como Ivan Drago, ni nada. Simplemente es un capullo al que Rocky le baja los humos al viejo estilo, del que es elogio esta película, un canto a tiempos pasados y que gracias a la MTV, los contratos de prácticas, EP3, Gran Hermano, la XBox y su puta madre, no volverán jamás. Extraordinaria fotografía y ojo a los cameos.
Lo peor: Lenta, lenta, lenta. Y para qué nos vamos a engañar, es más una curiosidad y un punto y final. Disfrutadla como tal.
publicado por Rafa Martín el 10 enero, 2007

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