Es sin duda, la peor película del director, que no ha llegado a mejorar su obra maestra Amores perros, 2000.

★★★☆☆ Buena

Babel

El viernes, cuando fui al cine para ver el esperado estreno de la última obra del admirado director Alejandro González Iñárritu, Babel, me estrañó ver a un grupo de chicas adolescentes que no rebasaban los quince años de edad. O son muy maduras o han venido aquí por dos de los protagonistas, Brad Pitt y Gael García Bernal -dije para mis adentros. La cuestión es que, al final de la película, las pobres acabaron llorando como unas magdalenas, demasiado dolor para unas adolescentes- pensé yo. Pero, la verdad, es que a lo largo de la película, se escuchó el estridente sonido de algún que otro kleenex jugueteando con el interior de alguna naricilla inquieta. Y no es para menos porque, si tuviéramos que buscar un denominador común al desarrollo de las tres historias que conforman la narración global, éste sería el dolor.

Precisamente el sufrimiento será el motor que moverá a nuestros protagonistas, bien en busca de la salvación, bien como antesala a la autodestrucción. Dicho dolor no entenderá de razas, sexo, edad o condición social y conseguirá sacar de nosotros lo mejor o lo peor.

Es sin duda, la peor película del director (que no ha llegado a mejorar su obra maestra Amores perros, 2000). La sensación que me llevé es que la obra podría haber dado mucho más de sí, pero para ello el argumento tendría que haberse trabajado más y no alargarlo hasta la extenuación (la historia de la joven japonesa es tediosa hasta provocar indiferencia). Algunas escenas no tienen ningún sentido y directamente se han introducido a fuerza de cuña, posiblemente por un capricho del director (que alguien me explique el sentido de la imagen del joven musulmán masturbándose, sobre todo, cuando un minuto antes estaba discutiendo con su hermano).

Por el contrario, la película también cuenta con elementos a su favor: un gran trabajo de actores totalmente desconocidos en la gran pantalla (Adriana Barraza, Boubker Ait El Caid y Said Tarchani (los chicos nunca habían trabajado como actores); la dificultad de entrelazar en el guión escenarios tan distintos como los rascacielos de Japón, la frontera entre Méjico y Estados Unidos y el desierto de Marruecos y; sobre todo, la intención con la que nace la película al hablar de la incomunicación en la que vivimos (rememorando el caos que originó Jehová en la torre de Babel). Sólo un consejo más: si eres de los que tienes la lágrima fácil, no olvides llevarte el pañuelo.
publicado por Elena Suárez el 31 diciembre, 2006
también incluída en el especial Cine de autor

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