Consigue esa plasmación de sensaciones de la novela que la precede, pero queda la noción que es una película de momentos y detalles.

★★★☆☆ Buena

El perfume

Les mentiría si les dijera que bastantes pasajes de “El perfume”, la película, no se me hicieron un tanto lentos y pretenciosos. Pero es más cierto que la fragancia de muchas de las imágenes destiladas por Tom Tykwer todavía me acompañan, por su belleza, y por su perturbación.

¡Qué suerte que él fuera el elegido en lugar de cualquier otro cineasta más aplicado y correcto! El director de “Corre Lola, corre” se atreve a incluir toques o decisiones muy personales. Arriesga en una de la superproducciones europeas con más euros invertidos de los últimos años. Y lo hace consciente que será vista, y olfateada, por millones de lectores, admiradores o no, de la originalísima novela del también alemán Patrick Süskind.

Pero el mayor interés para los que habíamos leído el libro, y los que no, era comprobar como la película resolvería la complicadísima tarea de adaptar el universo de sensaciones olfativas que evoca Süskind.

El desafío requería de un director imaginativo, enemigo de las meras ilustraciones para la pantalla grande de una novela. Evidentemente los resultados no son siempre los mejores. Difícil era, por ejemplo, evitar la ‘voz en off’ (la de John Hurt en el original), sobre todo en sus primeras secuencias y para permitirnos acceder mejor en lo que se cuece en la mente y ese sentido tan desarrollado de Jean-Baptiste Grenouille (Ben Wishaw).

Pero en tan sólo veinte minutos Tykwer logra ya encadenar 4 o 5 escenas de impacto.


El artista y su mundo.

Hiperbólicos e hiperrealistas, ahí están los colores fuertemente contrastados, los avances rápidos de la cámara, cambios de escenario repentinos, virtuosos ‘travellings circulares’, rostros extasiados o los insertos de todo tipo de objetos, alimentos o caras humanas, destinados a producirnos unos golpes de efecto inmediatos.

Tal vez otro director se hubiera limitado a abusar de los primeros planos de narices y fosas nasales, o a encuadrar simples bodegones. Sin embargo, Tykwer consigue imágenes de una hermosura, y horror, plásticamente impresionantes, sobre todo en lo concerniente a la morbidez de su erotismo o en como mostrar los cuerpos, en púdica y grotesca pose, de las víctimas de este artista loco e incomprendido que es el perfumista Grenouille. Un genio a la búsqueda de su Gran Obra, y unos medios que lo convierten en un asesino.

Lo suyo es intentar extraer y preservar el bien más preciado que ha conocido, y éste sólo emana de la piel y los cabellos de jóvenes y virginales mozas que, negándose la primera a cooperar, acabarán ella y las demás sin vida.

Ben Whishaw está excelente como ese hombrecillo insignificante a los ojos de los demás, pero con un don sobrehumano. No creo que Gaspar Ulliel cuando se estrene, probablemente el año que viene “Hannibal rising”, esté a su altura recreando la adolescencia de otro popular, y ficticio, asesino en serie: el caníbal Lecter.

Wishaw se mete de lleno en ese ser casi imperceptible que no se identifica en absoluto con las personas y el mundo que le rodea. Un mundo que podría ser el nuestro actual, pero que es el de la Francia pre-revolucionaria del siglo XVIII, indecentemente poco escrupulosa con la higiene y el buen olor. Donde el aroma parece asociarse únicamente a las personas nobles, sea de naturaleza o por condición social. Y donde Grenouille parece uno de los pocos elegidos para separar lo esencial de lo mundano; para captar la belleza entre tanta miseria; para reinterpretar el mundo de acuerdo con sus códigos. ¡Pero, ni se les ocurra imitarle!

Una nariz, un bebé y una pelirroja.

Aunque las dos horas y veinte minutos del metraje no siempre rayan a la misma altura. Hay irregularidad, morosidad y artificio e incluso una de las escenas más complejas, culminantes y esperadas, como es la de la orgía, coreografiada por el grupo teatral La Fura dels Baus, se asemeja a eso, a demasiado teatral.

Dustin Hoffman evita los amaneramientos y ‘tics’ de muchas de sus más recientes películas, tal vez porqué el peso de los ropajes, el maquillaje y la peluca se lo impiden. Y Alan Rickman, a veces estupendo actor, tiene la osadía de no cambiar el registro de su semblante en ninguna, absolutamente ninguna de las escenas en las que interviene.

“El perfume” como película consigue esa plasmación de sensaciones de la novela que la precede, pero queda la noción que es una película de momentos y detalles.

Y estos abundan. Mis preferidos: esa cámara acercándose a la nariz para trasladarnos al pasado de Grenouille. El nacimiento del bebé en medio de la putrefacción del mercado del pescado de París. O ese soberbio plano aéreo que enlaza a Grenouille rastreando, husmeando, a su objeto más codiciado, la hermosa Laura (Rachel Hurd-Wood); y mientras ésta huye a caballo, guarecida por su padre (Alan Rickman), el vuelo de su sombrero deja al descubierto su agraciada melena pelirroja.
publicado por Carles el 28 noviembre, 2006

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