Una gran obra poética, tan divertida como dramática, tan directa en sus intenciones estéticas como ambigua y poliédrica en su significado último. Cine que es sueño y parte de una realidad escondida.

★★★★☆ Muy Buena

El perfume

El perfume es la esencia de todo, pues no existe nada que sea tan primigenio como el olor, ubicado en la fragancia del ser que trasciende la belleza de lo meramente físico y la eleva al altar de lo poético y sensual. El perfume trastorna porque es un misterio sutil, de una carnalidad tan evidente que la simboliza en su mesmerizante humo etéreo. Hubo un muchacho nacido de la porquería de todos los días, el cual se elevó por encima de la mugrienta plebe que nunca pudo acunarlo con el debido aroma maternal. El mismo hedor social se convierte en motivo y arma para devolver maldad por bondad, o bondad a pesar de tanta maldad. Si hallas tu perfume, te hallarás a ti mismo. Cuando el círculo se cierra, vuelves al origen, el mugriento origen que te cobra la deuda final. Gran historia de un salvador que deriva en víctima de su propia humanidad.

Producción europea dirigida por el alemán Tom Tykwer, inspirada en un conocido best-seller, nos encontramos ante un filme puramente simbólico. Su belleza radica -igual que en un poema lírico o épico- en la historia representada bajo la fértil mirada de lo metafórico. Es una insólita fábula que gravita y se sostiene en un variado surtido de recursos estéticos que la visten con el debido ropaje de la llamada “función poética“. Una vez más, fondo y forma conviven en armonía con las pretensiones de sus autores.Fijémonos: la historia empieza con un parto tan terrible que no parece real; no hay crudeza, la forma de dar a luz se asemeja a una deposición de heces encima de un basurero de pescado podrido (situado en un entorno físico y social de suciedad y violencia); es más bien una pesadilla onírica. La criatura, siempre en el centro de la mirada, sobrevive a un primer infierno sensorial, lo cual la encamina hacia un futuro de búsqueda de la fragancia sensual. Su aislamiento y rechazo social orienta sus pasos hacia el amor que nadie nunca podrá darle. Desde ese punto de partida , definido con milimétrica precisión y con un enorme sentido de lo visual, el personaje central se define en su tragedia y sus gestos en conflicto y necesidad con un entorno de aromas.

Los recursos cromáticos son tan importantes como el desarrollo y los cambios escenográficos: color plata, oscuro, ocres y marrones en consonancia con el estado vivencial del protagonista, y el olfato siempre simbolizando su conexión emocional con el entorno en los primeros pasos de su viaje iniciático. El esquema cromático se transforma cuando conoce a su primer amor, la primera fragancia, la primera víctima de su necesidad de encontrar identidad y sentido a su deprivación. La fragancia se convierte en obsesión, hay que retenerla, pues es lo que perdura tras la muerte del objeto amado. Son las esencias, sin aroma no hay vida, no hay identidad. A partir de ese punto del relato, predominan colores más vivos, en consonancia con un nuevo estado del ser. Ha encontrado un sentido a su vida y viaja en busca de la esencia. Solitario en los altos de un monte, descubre su interior cuando desaparecen las interferencias del obsesivo mundo sensorial que lo esclaviza desde el exterior. Parábola, en todo caso, del inconmensurable camino interior que trasciende el ruido externo. Solo queda encontrar la fragancia magistral que le permita controlar la inconsciencia y la banalidad de le olorosa plebe, hambrienta de crueldad.

Palabras, solo palabras. Su poder metafórico abre una ventana de significados, no porque sea tan honda como pretende, pero sí por ser tan endiabladamente juguetona; bajo su tono dramático y perturbador, aletea una loable risa sarcástica (véase la muerte del vendedor de perfumes interpretado por Dustin Hoffman o el discurso del cardenal frente a la temerosa plebe) que a menudo se transforma en una feroz sátira con tintes Kafkianos. En un primer tramo, creemos estar asistiendo a una parábola surrealista sobre un marginado social, luego entramos en una fase digna de película de suspense en torno a un psicokiller. La mezcla de géneros y de texturas confieren las reglas del juego metafórico. Estamos, pues, ante una turbulenta alegoría que nos mira con muy mala leche pero, al tiempo, parece no querer tomarse muy en serio a sí misma.Un juguete poético y rico en sabores físicos y espirituales.

A todo ello hay que añadir la notable ambientación y recreación histórica, la soberbia puesta en escena, la dirección sobria pero elegante y precisa en momentos que requieren de significado lírico, y un montaje que enfatiza -de forma muy adecuada- la acción obsesiva de su personaje central en torno al elenco restante. En cuanto a la narración, se agradece la sutileza que emerge de una omisión crucial: nunca llegamos a saber si la última víctima (la que proporcionará las gotas definitivas para la composición del hechizante perfume) ha sido forzada o ha cedido de forma voluntaria a un sacrificio necesario; el retroceso en el gesto de violencia y el posterior intercambio de miradas entre la bella muchacha y el joven coleccionista de fragancias acentúan la ambigüedad al abrir un cauce de posibles significados e interpretaciones, en perfecta conjunción con la vena poética que refuerza el juego propuesto.

Con todo, se resiente a veces a la hora de conjugar todos los elementos temáticos y no tiene la hondura que pretende: puede que exista cierta confusión en su mixtura entre lo explícito y lo implícito metafórico. ¿Qué es, en última instancia, “El perfume”? ¿Parábola de un marginado? ¿Metáfora de una sociedad hipócrita? ¿Oda a un inocente que nace y muere devorado en un mundo de fieras?. La utilización de planos ralentizados en la escena del multitudinario hechizo también es discutible, aunque en este caso parece justificarse por la referencia a lo onírico. O puede que, simplemente, la obra supera la comprensión que ahora mismo puede un servidor concederle. Esta tiene visos de futura obra maestra, aplicando una mirada más sosegada.

Hoy, independientemente de gustos, lo que no se puede negar es que “El perfume” es una gran obra poética, tan divertida como dramática, tan directa en sus intenciones estéticas como ambigua y poliédrica en su significado último. Cine que es sueño y parte de una realidad escondida.
publicado por José A. Peig el 25 noviembre, 2006

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