Quizá su anticipada ausencia de solemnidad la haga más digna: tal vez. Rayana en lo hortera, Yo soy la Juani gustará ( y mucho ) a ese público adolescente que se identifica con el rosario de referentes kitsch.

★★★☆☆ Buena

Yo soy la juani

Hace tiempo que el cine español dejó la brocha gorda y la caspa, el destape brutal y los salidos de discoteca para ganarse un reconocimiento internacional. Era aquel cine de la posguerra un divertimento minúsculo que amenizaba el hambre y olvidaba los rigores del franquismo. Como generalizar siempre es contraproducente, no le robamos alguna pieza maestra ( Bardem, Berlanga, Neville ) ni le echamos en cara nada. Nuestra gloriosa transición trajo otros sainetes y produjo cintas donde campaban más alegremente las epidermis que nunca pudimos ver. Y poco más. En ese tramo de nuestra cinematografía nace Bigas Luna, que se encuadra en el verismo a la italiana de un Ferrari o en el cuadro de costumbres de las primeras cintas de Tinto Brass, aunque un poco menos aceleradas de provocación.

El cine de Luna contiene la semilla de la rancia herencia tardofranquista y, al tiempo, un contenido dramático más espeso, más profundo: sus personajes son siempre nítidamente identificables, poseen su sello de la casa. Desde el Javier Bardem chulesco de Huevos de Oro o Jamón, jamón a esta Juani decidida y meteórica hacia su estrellato particular, que Verónica Echegui recrea con pasmosa naturalidad.
Todo por un sueño, podríamos decir. La Juani deja su barrio, su marginalidad y se atraganta de Madrid. Ahí está la mejor parte del film: esa zambullida en los centros comerciales, en la vida fácil a lo Pretty woman, en los arquetipos del lumpen de la ciudad y la Juani se topa, de bruces, espectacularmente, con toda la calaña más ruín. Bigas Luna es hábil en fotografiar ese mundo de las afueras; siempre lo hizo y siempre lo hizo con pasión. No falta el bacalao ( excesivo, en mi opinión ) y los nuevos iconos de la modernidad: el tuning, los móviles.

A toda esta ensalada de peripecias de los clanes urbanos se le pone una estética de videoclip de MTV y garantizamos una taquilla más holgada porque Bigas Luna ha hecho, a su pesar, su mejor película impersonal: la que más se escora de su universo plástico. Y en el fondo uno ve a Bigas Luna como artista plástico, más que como contador de historias. Las imágenes moldean el texto: no al revés. La evidencia absoluta de esa conciencia artística hace que, en ocasiones, no se preocupe de que lo que narra agote las posibilidades ( enormes ) que se expanden a cada fotograma. Un director de recorrido largo, que suele quedarse en una distancia más corta, pero a distancia de otros que, menos alucinados con los colorines y con los iconos de la España mediterránea y castiza-total, ni dan la talla en una cosa ni la dan en la otra.

No podemos esperar de Bigas Luna la película total: nunca la ha dado, salvo Las edades de Lulú. Hace con esmero y con impecable estilo su oficio, que es hacernos ver sus sueños, sus rarezas, sus vicios. Antaño forjador de machos completos ( Bardem es su alter ego ), ahora ha consentido volcar su imaginario en el femenino doméstico, pintando una Juani perfecta, impagable. Fuera de ese retrato, que borda, la película es corta, fácilmente olvidable.

Quizá su anticipada ausencia de solemnidad la haga más digna: tal vez. Rayana en lo hortera, Yo soy la Juani gustará ( y mucho ) a ese público adolescente que se identifica con el rosario de referentes kitsch que adornan voluptuosamente el metraje. Como, a tenor de la productora, si la cosa va bien hay segunda parte ( Juani Hollywood ), habrá que ir haciéndonos a la idea de que para verano tendremos una Juani neoyorkina, hocicando su provincianismo en los escaparates de Tiffany’s o buscando curro en alguna pizzeria del Bronx. Todo por un sueño.

Lo mejor, sus títulos de crédito graffiteros y esa Juani completa, anónima, que se perfila nuevo hallazgo de este pulidor de promesas amateurs. Ah, y la idea subrepticia de que la creatividad nace en las afueras y luego es transportada al centro, que copia sus modelos y los vende como suyos. Esta idea no es nueva: sólo hay que ver la publicidad actual o cómo el propio lenguaje que usamos nace de la calle, de los extrarradios, y se van imponiendo hasta adquirir status de uso habitual, bendecido por la R.A.E, pero esa es otra historia y esto es una página de cine, y no de semiótica.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 6 noviembre, 2006

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