Sunshine es un híbrido entre 2001: Una Odisea del Espacio, Titanic (de antemano ya se sabe que no va a quedar ni el apuntador) y en su parte final, El Resplandor.

★☆☆☆☆ Pésima

Sunshine

Cuando por fin parecían erradicadas para siempre las películas de catástrofes, se acercó el cambio de milenio, y un par de años antes en Hollywood aprovecharon para resucitar este tipo de cintas. Que si asteroides primero, epidemias, alienígenas, cambio climático, y las recurrentes historias en aviones o barcos. Y cuando ya parecía que no quedaba ningún tipo de catástrofe que se pudiera llevar al cine y que la humanidad se había librado para siempre de esa plaga bíblica, llega Danny Boyle y nos trae Sunshine.

Hablando de catástrofes, Sunshine nos ofrece un planteamiento realmente terrible, que nuestro Sol se enfría y la Tierra se enfrenta a un Invierno Solar. Vamos, que ni los del mismo centro de Bilbao en camiseta iban a poder soportar el fresquito si no se ponía remedio a la muerte del Sol. Una expedición compuesta por ocho astronautas viaja en una nave, la Icarus II (el que escogió el nombre se lució, porque por si sólo ya hace presagiar la tragedia), la primera, cómo no, fracasó, más que nada por darle más sensación de trascendencia a esta segunda misión. Aunque más que una nave es una bomba gigante, para reactivar el núcleo de nuestra estrella. La película se inicia con un pequeño discursito apocalíptico, aunque en la mente del espectador se forma la imagen de un astronauta a lomos de la bomba volante agitando su sombreo vaquero a través de las estrellas y gritando alegremente aquello de ¡yeeha!. Pequeño referente a Stanley Kubrick, aunque los guiños no acaban ahí, ya que Sunshine es un híbrido entre 2001: Una Odisea del Espacio, Titanic (de antemano ya se sabe que no va a quedar ni el apuntador) y en su parte final, El Resplandor. Porque el film se transforma en su último acto, de una historia de ciencia-ficción se convierte en una especie de psico-thriller espacial. La cinta tiene algunos detalles calamitosos, como el error humano que desencadena las fatalidades, que teniendo en la nave un ordenador tan eficaz (¿no recuerda a algo?), éste es incapaz de corregir o siquiera advertir de ello.

En su esfuerzo por cambiar constantemente de género y buscar la originalidad, Danny Boyle ofrece un mal refrito de algunos de los más grandes clásicos de la ciencia-ficción. Y por si fuera poco, saca de la UCI a un género que estaba en las últimas, y que justamente merecía desaparecer. Porque una película de catástrofes es una catástrofe en sí misma.
Lo mejor: La visión (imaginaria) de Cillian Murphy con el traje de astronauta a lomos de su bomba gigante, agitando un sombrero vaquero y gritando ¡yeeeha!
Lo peor: La falta de originalidad del conjunto y su evidente predecibilidad.
publicado por Francisco Bellón el 1 mayo, 2007

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