Aquellos que creyeron que después de La casa de las dagas voladoras no íbamos a disfrutar de una orgía plástica y una explosión de los sentidos similares estaban equivocados.

★★★☆☆ Buena

La maldición de la flor dorada

Si bien la historia puede resultar menos atrayente que las narradas en sus títulos anteriores, Zhang Yimou otorga un halo de distinción supremo a su, perdónenme el termino, folletín ambientado en la china de la Dinastía Tang, que es como nuestra Edad Media pero con mucho más glamour y brillo, al menos visto por los historiadores que adecentan y maquillan el relato verídico en su adaptación al cine.

Si le ha resultado peyorativa la referencia novelesca siga leyendo, pues he aquí un firme defensor de un cineasta que lleva más de dos décadas en la brecha. Saca el máximo rendimiento a películas que son algo más que experimentos y un simple despliegue de medios bien gestionados, y prueba de ello es el deleite que supone ver La maldición… en pantalla grande a pesar de sus puntos débiles, más acuciados que en otras ocasiones.

Lejos queda ya el tono íntimo de sus primeras producciones o de la última, El camino a casa, antes de su etapa ‘wuxia’, iniciada por Hero. Aunque esto no es del todo cierto, ya que si le quitamos el envoltorio, es decir, las grandes coreografías, las luchas ralentizadas, el desenfreno plástico, queda eso, la historia. Detrás de toda épica, de la manifestación de poderío y ostentación, hay sentimientos que se encargan de encarnar los intérpretes que dan vida al poco indulgente emperador y al extraño personaje que vincula este relato con las grandes tragedias del teatro de Shakespeare, del mismo modo que el telón de fondo de La casa… recordaba al mundo de ladrones que roban a los ricos para ayudar a los pobres.

Dignísimo es el reencuentro de la excepcional Gong Li con el cine de su país de manos de su descubridor. La madurez y la impronta le hacen merecedora de este personaje de relumbrón del que no habría podido sacar partido, por la edad y su físico, la también musa de Yimou, Zhang Ziyi. Li se mueve con soltura por palacio pero, y esto es más inherente a la trama que a los personajes, ve como su alma y su corazón se pierden entre tanta suntuosidad, que también afecta al ritmo de la cinta.

A pesar de este último apunte, Zhang Yimou ya ha demostrado que es un maestro del cine, capaz de satisfacer su ego creativo y dejar boquiabiertos a los demás. Ahora bien, después de este soberbio y elegante paréntesis épico, debería replantearse volver a la encrucijada y tomar el otro camino abandonado, que si no la maleza que lo oculta le impedirá seguirlo.
publicado por Daniel Galindo el 6 mayo, 2007

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