Una película irregular, concebida para ser un puente hacia el siguiente episodio, y eso es una rémora que condena al proyecto a ser una mera transición sin mayor fuelle.

★★★☆☆ Buena

Piratas del Caribe 2

Es algo que sucede en la mayoría de las grandes producciones del cine de evasión, y aquí nos gusta subrayarlo a menudo: crear un universo a modo de pantalla o espejo en el cual el espectador puede verse reflejado, que esos mundos de fantasía sean una proyección idealizada de nuestra propia experiencia de la realidad. O sea, que los héroes que habitan en esos mundos fantásticos sean un reflejo de lo mejor que podríamos llegar a ser, o de lo que ya somos, pero materializados en la esfera de lo idílico, aprovechando el juego lúdico de la aventura. El mal puede estar representado de muchas maneras y puede señalar hacia diversos aspectos oscuros de la condición humana o de la sociedad en la que vivimos. Ya se trate de Sauron (El señor de los anillos) o de Darth Vader (Star Wars), son igualmente representaciones arquetípicas que nos remiten a nuestra psique y a nuestro mundo real…un mundo en el que las cosas nunca son tan simples.

Decíamos que “La maldición de la perla negra” constituye uno de esos espacios vivos para la fantasía, tanto por la brillante plasmación visual como por la acertada configuración de personajes e historia, creando una atmósfera de mito, de leyenda bucanera que se justificaba a sí misma por las propias reglas implícitas en su textura. En El cofre del hombre muerto tenemos un claro intento de ampliar ese universo con piruetas argumentales y nuevos personajes, aunque en esta ocasión prevalecen la exuberante imaginería en el diseño , la dirección artística y el intencionado barroquismo que envuelve a la historia y a la iconografía del mal. Desgraciadamente, en este caso no alcanza el adecuado equilibrio entre recursos plásticos y contundencia narrativa, entre los tonos dramáticos y el espíritu bufonesco que la anima desde su propósito original. O, en pocas palabras, no encuentra un punto que reconcilie la pura evasión trazada con mano firme y verosímil con el -siempre loable- esfuerzo por ser original.

No es fácil afrontar la crítica de esta segunda entrega de la trilogía (¿trilogía o saga?) de los piratas del caribe. Por sus aciertos en el diseño y creación de atmósferas y por el esfuerzo en crear una historia que vaya más allá del previsible “corta-pega” robado a los clásicos del género (sobretodo Indiana Jones y la trilogía clásica de Star Wars), se trata de una película tan extraña y fascinante como fallida y deslavazada.

La historia: el argumento sigue subrayando unos hechos pretéritos que marcan el desarrollo del presente, y en esa línea, la historia cava más profundo en la ampliación del universo pirata y nos presenta al rey de los mares, el capitán David Jones, una suerte de demonio que administra y controla el flujo de los objetos y las almas de los piratas. En realidad, Jones hace el papel del Dios de dicho universo configurado en las dos películas filmadas y estrenadas hasta la fecha. El diseño y caracterización de los tripulantes del holandés errante tiene un poder de fascinación que entronca con viejos mitos de la literatura y el cine, como el capitán Nemo, Drácula, John Silver o el mismísimo Darth Vader.

Ése David Jones a medio camino entre la crueldad y la melancolía (la escena en la cual se le ve tocando el órgano con furia desesperada, inolvidable), ese buque fantasmal que habita en lo profundo del mar y que resurge a la superficie como si de un monstruo marino se tratara…una atmósfera evocadora y siniestra que envuelve a un personaje enigmático: de él solo sabemos que controla todo el fluir de la vida pirata en los mares, pero no podemos decir que sea el malo de la película. Sus enamorados ojos azules, en contraposición con la crueldad exhibida en otros momentos, configuran la mejor representación romántica de lo que es y siempre ha sido el fascinante perfil del pirata: libre, solitario y, en este caso, preso de su propia historia de amor, anclada en el pasado…y un corazón palpitante oculto en un cofre. Aquel que posea el cofre, tendrá el control del mar ( será dueño, por tanto, del mundo creado en la representación fílmica). Amor y poder forman parte de un continuo de relaciones, causas y efectos. El lirismo y la poética en torno a la personalidad de David Jones y su cofre son una de las mejores bazas de la cinta, original, jugando con los iconos y la temática del género con una clara intención de buscar algo de lo que ya casi nadie se acuerda y que hasta nos parece una cursilada: BELLEZA. Sí, belleza. El noble intento de dotar al circo de despropósitos y efectos visuales de una épica romántica-onírica. Lo logra solo a medias, pero ahí está.

David Jones no es el malo de la película, en el contexto e intencionalidad de la obra. No olvidemos que “Piratas del caribe” es una exaltación en clave de humor a la figura idealizada del pirata, ya el cierre de la anterior entrega era todo un homenaje a ese perfil desarraigado e inmoral. Así pues, si en esta saga los piratas -todos sin excepción- son los “buenos“, el malo hay que buscarlo en un perfil antagónico, y ése perfil lo tenemos en Lord Beckett, vocero representante de la ley y el nuevo orden ilustrado del siglo XVIII (siguiéndole el juego al panfleto pseudo histórico), el cual, en un momento dado, dice algo importantísimo: que alguien como Jack Sparrow no tiene cabida en ese nuevo orden en el que ninguna región del mundo quedará libre del control y la influencia del poder moderno. Y atención al enorme reloj que adorna el fondo del plano, el cual contrapone las leyes mecanicistas frente a la vida desorganizada del pirata. Se avecinan nuevos tiempos, y no hay lugar para los piratas. Beckett persigue la extinción de los piratas, para ello necesita el corazón de David Jones “rey de los mares”. Jack Sparrow necesita el cofre para salvar el pellejo a causa de las viejas deudas , Will Turner para liberar a su padre y el comodoro para recuperar el prestigio perdido.

En suma, David Jones, como Dios-Demonio de los mares, es el centro de una trama sencilla pero demasiado ensimismada en querer dar vueltas a lo mismo y en crear interrogantes que sirvan de puente hacia la tercera entrega, con lo que la narración, demasiado a menudo, se hace espesa, se alarga innecesariamente y el resultado es un producto bastante inferior a “La maldición de la perla negra”. La poética en torno a la personalidad, atributos, caracteres y la historia de David Jones como perfil aglutinador del amor, la crueldad, el dolor y el poder, perfil de múltiples evocaciones perfectamente vertebrado con el conjunto, pues él es el centro de gravedad (el motivo) en torno al cual giran las hazañas de los protagonistas, ésa poética es el aspecto, -tal y como hemos señalado con anterioridad- más profundo del filme, el que le otorga belleza y fuerza épica, y también es el aspecto más desapercibido para la mayor parte del público, pero ganará comprensión con las futuras revisiones, pues David Jones tiene el sabor de un clásico, sumándose a la lista encabezada por Sparrow en ésta saga pródiga en personajes carismáticos.

Johny Deep repite la misma interpretación ambigua, extravagante y bufonesca que tan buen resultado dio en la anterior entrega. Pero, si en algo decepciona la cinta, es en la nula progresión a partir de un esquema que ya viene dado. O sea, que si haces una secuela o continuación en la que vuelves sobre los mismos personajes, has de añadirles una dimensión nueva, para legitimar, artísticamente hablando, la existencia de la secuela y así darle un carácter progresivo a la saga (Ojo al canon de los maestros: “El imperio contraataca“, perfecto ejemplo de secuela innovadora, con personajes que se mueven hacia ámbitos psicológicos apenas esbozados en su predecesora). Sparrow hace lo mismo que en la anterior, los mismos gestos, las mismas payasadas, mismas situaciones, misma resolución en situación extrema. No hay progresión: la nobleza surge en el último momento, cuando decide regresar a la Perla Negra para ayudar a sus amigos. Aquí parece que los guionistas quieren destacar su moral por encima de la anarquía, pero, a esas alturas, como decimos, ni sorprende ni aporta nada nuevo. Elizabeth Swann, ídem; la doncella de sangre azul que, en el último momento, se convierte en una auténtica pirata. Orlando Bloom, en plan clásico, emulando a Errol Flyn, pero el pobre tiene menos expresividad que una mesa. Él es el mayor lastre que viene arrastrando la saga de los piratas.


Y ya, desde un prisma más general, cabe resaltar la irregularidad en su conjunto de una película que ante todo quiere ser cine espectáculo. El problema viene cuando a una producción de este tipo se le quiere añadir un carácter más oscuro, como en esta secuela de Piratas del caribe. Lo cierto es que no es fácil conjugar y combinar el espíritu lúdico de aventura disneyana que tan bien funcionó en “La maldición de la Perla Negra” -a pesar de sus tintes siniestros – con un barroquismo que enmarca una historia que, a partir de ahora, ya quiere tomarse demasiado en serio a sí misma. Lo que en la primera entrega era una divertida leyenda de fantasmas que fluía en equilibrio consigo misma, aquí es un circo a menudo desmesurado que intenta convivir con pretensiones poéticas y trascendentales. Ya no es solo un cuento de fantasmas, es una epopeya sobre la lucha por el control del mar, el amor y el odio, la anarquía del universo pirata contra el orden ilustrado que Beckett pretende imponer. Esa mezcla entre espectáculo circense y epopeya dramática no termina de cuajar el efecto deseado: entretenimiento de principio a fin con espíritu de epopeya en torno al eterno tema de la lucha por alcanzar el poder. Los guionistas se complican la vida al querer introducir y explicar demasiadas cosas, plantear demasiados enigmas, presentar a demasiados personajes. ¿Resultado?. Ya lo hemos dicho: la narración no se hace fluida, sino espesa, y lo que en “La maldición de la perla negra” era un entretenimiento casi continuo, aquí la fluidez y la frescura marchan a trompicones. Cuando Sparrow o David Jones desaparecen de la escena, la película pierde muchos puntos.

Pero sobretodo es un problema de estructura; gran parte de la información esencial para poder comprender las motivaciones de los personajes y el rol que estan desempeñando en la función, aparece en pequeños momentos que, por el mal planteamiento en la puesta en escena, el montaje o los diálogos puestos en boca de los personajes menos adecuados, hacen que dicha información pase desapercibida, y al final resulta difícil atar todos los cabos de una trama en la cual, sin ser complicada, sí hay que tener el oído puesto en unas cuantas frases clave que explican el significado de lo narrado. Así que, no puede haber un gran entretenimiento sin una estructura adecuada que exponga la historia de forma clara. El argumento y la historia de “El cofre del hombre muerto” son más que interesantes, incluso tiene implícita una poética genuina (atención al corazón de metal que Jones guarda junto al órgano de sus pesares, o a esa brújula que señala el camino de los deseos, o la silueta fantasmal de un vestido femenino que alimenta la superstición de los bucaneros) pero puede llegar a ser bastante confusa y desequilibrada en su exposición.

En ocasiones un espectáculo poético, divertido y siniestro, en otras un circo grotesco y desmesurado, “El cofre del hombre muerto” es una película irregular, concebida para ser un puente hacia el siguiente episodio, y eso es una rémora que condena al proyecto a ser una mera transición sin mayor fuelle. Lo cual no quita que la cinta posee los suficientes elementos -evocadores por lo acertado de su caracterización – para que, volviendo al hilo del inicio, el universo pirata de Bruckheimer y Verbinski cobre vida propia una vez más, con estilo y capacidad de sugestión.
publicado por José A. Peig el 16 mayo, 2007

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