Nos encontramos ante un desarrollo prácticamente perfecto, que parte de uno de los planteamientos más inteligentes de las últimas décadas para desembocar en una impecable dirección de actores.

★★★★☆ Muy Buena

La vida de los otros

Minuto quince. Escasez de producción, dirección artística deficiente, fotografía de dudosa calidad, exceso de planos desenfocados, ausencia en la sincronización del montaje, diálogos iniciales previsibles. Con estos componentes, el ochenta por ciento de las películas americanas están sentenciadas. El cine alemán todavía no ha pronunciado su última palabra.

El “torpe discurrir” nos lleva hacia una conclusión tan estremecedora como desesperada, un amigo que carece de respuestas y una situación que comienza a resultar cercana. A fin de cuentas, “¿Qué tiene un autor si no puede escribir?. Igual que un proyeccionista sin película, que un molinero sin trigo. No tiene nada”. ¿En cuántas ocasiones se formularían esta misma pregunta muchos escritores españoles en 1.936?. Por otra parte, ¿cómo se sintió Luis Rosales?.

Un punto de inflexión, y la obra, siguiendo el procedimiento compositivo de la pieza musical que elogia, acentuando el contraste existente entre la exposición de los factores técnicos y la elaboración del guión, encara una trayectoria de evolución ascendente que culmina en la joya cinematográfica que conocemos.

Es probable que Lenin tuviera que dejar de escuchar La Apasionata, la número 23 de Beethoven para poder terminar la Revolución. Es seguro que la sonata que dedica Gabriel Yared a un hombre bueno consigue derribar los muros de la incomprensión, los más sólidos que somos capaces de construir los seres humanos, los del pensamiento.

A partir de este momento, la ópera prima de Florian Henckel Von Donnersmarck irradia un magnetismo sobrenatural que envuelve al espectador, desbanca los prejuicios que pudieran subsistir contra el cine europeo, el menos comercial, y satisface el sentido crítico. La escasez de producción queda justificada. La pálida fotografía en la que el cielo nunca es azul y la penosa dirección artística –en muchas ocasiones, caótica- que procede del ala este de la Historia no se ven compensadas con un excelente guión, sino que son relegadas a un segundo plano de manera intencionada, desposeídas de cualquier elemento atractivo que pretenda restar protagonismo al relato, que pueda distraer de la trama. Es entonces cuando el montaje demuestra su consistencia y se aprecia con claridad el notable ritmo narrativo impreso en la base argumental, en la que la más certera de las predicciones se diluye.

Nos encontramos, por lo tanto, ante un desarrollo prácticamente perfecto, que parte de uno de los planteamientos más inteligentes de las últimas décadas para desembocar en una impecable dirección de actores.

La imponente apuesta de casting se fundamenta en un curioso y efectivo triángulo. El carácter inseguro y fácilmente impresionable de la Martha más Deliciosa, Martina Gedeck. La flema casi británica del conformista alemán impasible, que tan bien retrata Sebastian Koch en el personaje que tanto recuerda al que interpretara Ralph Fiennes en El Jardinero Fiel. La mirada penetrante e indescifrable del capitán de la Stasi al que da vida Ulrich Mühe, actor fetiche de Michael Haneke, digno sucesor de los mejores registros dramáticos de Anthony Hopkins.


Esta película se posiciona dentro del emergente cine germano de los últimos años, ubicando a su debutante cineasta en esa cantera de directores que con exquisita precisión ha sabido afrontar su Historia. No conviene olvidar la osadía de El Hundimiento de Oliver Hirschbiegel que, en el año 2.004, se atrevió a tratar la figura del Führer desde una perspectiva humana. Tampoco la mirada nostálgica que arroja Wolfgang Becker en Good Bye, Lenin!. Ni ahora las noticias que nos llegan de la Alemania “democrática”, fechadas hace tan sólo veinte años y que nos parecen de ciencia ficción, tan alejadas de las peripecias repletas de simpatizantes occidentales que conocimos en 1.966 gracias a la Cortina Rasgada de Hitchcock.

Tres títulos imprescindibles que obedecen a un denominador común, la habilidad de sus realizadores para incorporar al público en el reparto, haciéndonos partícipes, testigos directos de los hechos que se narran. Una importante lección sobre cómo se ha de contar una historia.

Evidentemente, Hollywood la premia. Su peculiar y siempre tendencioso criterio no reparara en el impresionante trabajo del actor principal, en la majestuosa dirección, ni en la calidad de su guión original, pero la reconoce en conjunto, quizás por motivos no sólo cinematográficos. Es posible que también por la añoranza de los viejos tiempos, aquéllos en los que aún contaban con un enemigo tangible de fácil localización.

En cualquier caso, la confección de listas negras, la búsqueda de confidentes delatores, el espionaje y la marginación de los posibles focos subversivos, no les son desconocidos.
publicado por Bruji el 28 junio, 2007

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