El principal defecto del filme radica en su esquema, demasiado discursivo y reiterativo, planteado como una brillante representación del drama nipón en las playas de Iwo Jima, pero superfluo al fin y al cabo, vuelve siempre sobre los mismos “tics” si

★★★☆☆ Buena

Cartas desde Iwo Jima

"La necesidad de identificarse con una bandera, con un ejército representante y defensor de unos ideales y/o sistema de vida, de reafirmarse con un uniforme y con hechos falseados protagonizados por un grupo de muchachos a los que, muy a su pesar, se les hace prisioneros de esa red de mitos y símbolos. Víctimas, nada menos, del berrido, la desesperación, la manipulación y la hipocresía de la sociedad por la cual perdieron a sus amigos en el campo de batalla, lo que de verdad les importaba."

Estas palabras definen parte del espíritu de “Banderas de nuestros padres” -y que ya publicamos en su día -, primera entrega del díptico sobre la guerra y sus significados, y que se complementa con Cartas desde Iwo Jima, un proyecto libre y personal de ese portentoso cineasta llamado Clint Eastwood, pudiera decirse excesivamente ambicioso por la pretensión de ser algo así como el “testamento” definitivo sobre la segunda guerra mundial, y sobre la tragedia de la guerra en sí misma, desplegando dos posiciones y perspectivas: la cultura norteamericana en contraposición con la cultura nipona. Hablamos de dos culturas bélicas, con las características peculiares de cada una de ellas, los valores patrióticos y el deber del soldado.

El contraste entre las dos culturas encuentra su mejor expresión en diferentes actitudes y valores: para los norteamericanos -repasemos el texto que abre el comentario -, aún siendo víctimas de los mitos de la guerra, prima ante todo el individualismo, la amistad y la familia. La patria es el monstruo al que rinden pleitesía. Una pleitesía de sabor amargo, visto a través de la mirada de Eastwood. En cambio, para los soldados nipones, la colectividad y la patria están por encima de cualquier otra consideración. Mis convicciones personales son las convicciones de mi país, dice en un momento dado el personaje más representativo del filme, en una escena que enfrenta al militar japonés con la aristocracia norteamericana. Venimos a decir con esto que el díptico sobre la batalla en Iwo Jima encierra -entre otras cosas de igual o mayor calibre – un discurso sobre dos culturas, dos colectividades que se organizan y enfrentan la contienda sosteniéndose sobre unos valores y motivos divergentes.

No obstante, el factor común predomina en última instancia: unos y otros sufren el mismo miedo a no volver a encontrarse con los seres queridos, a la muerte, a la soledad, a la cruda violencia. Eastwood disecciona y “desnuda” a los militares de ambas facciones para dejar que la humanidad común a todos ellos se convierta en auténtica protagonista del relato bélico. Más allá de las culturas divergentes, la humanidad converge en un mismo dolor y unas mismas esperanzas. Así creemos que serán valoradas en el futuro estas dos películas que tan poco entusiasmo han despertado a día de hoy, sin dejar de ser un valioso documento sobre varios temas de enorme trascendencia para nuestra época.

Poco más habría que decir: Eastwood se limita a exponer -sin profundizar ni desarrollar con demasía, todo hay que decirlo – los valores de la jerarquía en el código militar japonés, el sacrificio y la fría disciplina de los kamikazes. La aproximación a los personajes principales esta libre de todo maniqueísmo, y aunque no se pueda hablar de ausencia de tópicos -porque los hay, y además se nos antojan bastante inevitables -, es una aproximación intimista sin excesos sensibleros. Todo es cruda realidad y muestra contundente de la ineludible tensión psicológica y física inherentes a la guerra, sustentada en magníficas interpretaciones, realmente los actores están esplendidos en sus respectivos papeles.

Aparte de los posibles tópicos, el principal defecto del filme radica en su esquema, demasiado discursivo y reiterativo, planteado como una brillante representación del drama nipón en las playas de Iwo Jima, pero superfluo al fin y al cabo, vuelve siempre sobre los mismos “tics” sin desarrollar una historia que pueda desplegar sus complejidades. O sea, es una narración demasiado esquemática, una mera exposición sin dinamismo alguno, y esto es lo que la hace ligeramente inferior a “Banderas de nuestros padres”, ya que ésta introduce el análisis hacia una revelación de amarga autocrítica en una progresión circular que desemboca en el motivo que justifica todo el metraje.

Aquí tenemos un producto más “estirado”, hasta desembocar en las cartas enterradas para ocultar los sentimientos, la vulnerabilidad incompatible con la férrea disciplina que solo persigue un objetivo colectivo, en detrimento del amor al amigo, a la familia, a la esposa amada. Esa humanidad soterrada en forma de cartas ocultas bajo la tierra, contrasta -pero converge – con los uniformes militares tendidos sobre la arena, según vemos en los últimos planos de “Banderas de nuestros padres”. En un caso y en otro, lo que emerge y se revela es la vulnerabilidad y el sentimiento humanos en medio de la batalla.
publicado por José A. Peig el 1 julio, 2007

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