Thriller psicológico atípico: una obra maestra convertida en una cinta de culto o viceversa. Exabrupto metalingüístico, un revolcón de ideas sin excesivo asiento racional y un desfile surrealista de personajes tronados.

★★★★★ Excelente

Blowup, deseo de una mañana de verano

Julio Cortázar maneja una Remington o una Contax. La máquina de escribir y la máquina de fotos. Blowup, deseo de una mañana de verano es la película de un cuento que no consigue, en modo alguno, informar sobre ninguna historia y sencillamente discurre, impasible, por los vericuetos siempre falibles del lenguaje y los mecanismos ortodoxos sobre la forma de contar un cuento.

La conclusión es que el cuento no puede ser contado porque la realidad no es aprehensible o porque Cortázar admite que su asentamiento en el mundo es accidental y sujeto al impreciso concurso del azar. Lo que se cuestiona es la fidelidad de lo narrado, la veracidad de la literatura, que es tanto como resolver la sustancia del tiempo o la idoneidad del lenguaje. En todo este embrollo de naturaleza enteramente filosófica o semiótica o críptica, Antonioni hace un thriller y un documento perdurable sobre el Londres de los 60 que, a día de hoy, se deja manejar sin pérdida alguna de contemporaneidad, convertido en un conjunto modélico de imágenes más que un film. Antonioni filma una ciudad delirante: un Londres conmovedor, intrigante, extraño. Todos los personajes que lo transitan parecen irreales o están a punto de ingresar en alguna irrealidad más en consonancia con los sueños que con la vida. Y resulta que lo único verdaderamente real es una fotografía o una serie de fotografías que han registrado un asesinato.

El propósito de Cortázar/Antonioni es indagar en lo real para rebajarlo de verismo. Todo el film es una continua manipulación. Los colores de los edificios están sometidos a los volubles estados de ánimo de Thomas, el despreocupado, frívolo y cínico fotógrafo de moda que, en sus ratos libres, cámara al hombro, sustrae a la realidad sus flecos, sus hilos, traducibles en fotografías. ¿ Qué es una fotografía, al fin y al cabo, sino un robo a la realidad ?

El crimen invisible es un mcguffin perfecto: una excusa para sostener durante hora y media una reflexión sobre los automatismos de los sentidos y cómo confiamos en ello al punto de no someter lo que nos ofrecen a filtros más exigentes que pueden desvelar el verdadero sentido de lo visto o de lo figurado. La cámara de fotos, la Contax de Cortázar, deviene en objeto divinizado que es capaz de inventariar fiablemente el caótico mundo ofrecido a nuestros ojos y que aceptamos sin cuestionar su esencia, su vértigo.

Blowup ha sido justificadamente convertida en cinta de culto para cierto sector de la crítica cinematográfica y tal vez también justificadamente convertida en cinta incomprendida para un cierto sector de la audiencia que ve en ella un exabrupto metalingüístico, un revolcón de ideas sin excesivo asiento racional y un desfile surrealista de personajes tronados que, en esa época, en el boom cultural cerniente, encontraron en el rock, en el sexo y en el rock un acicate para encontrar la felicidad. No dudo que así lo hicieron.El propio Cortázar la vio en Amsterdam y reconoció haber disfrutado de la plasmación en imágenes de su cuento ( Las babas del diablo ). Refirió que el cine es una máquina estajanovista de hacer dinero: él recibió unos miles de dólares por consentir el uso de su relato y Ponti, el productor, recaudó varios millones.

Como detalle añadido siempre es curioso ver a unos jóvenes Yardbirds ( Eric Clapton hecho un muchachote ) amenizar la estatuaria asistencia que no pestañea ante el desgarro sonoro al que están siendo objetos. Jeff Beck rompe una guitarra al más puro estilo Who y Jane Birkin aparece por primera en un film.
Lo mejor: La ciudad de Londres, el happy swinging London que retrata y su desprejuiciada vida de rock, sexo, drogas y cultura underground.
Lo peor: Que es premiosa, que se atraganta si uno no va bien pertrechado de voluntad para superar la lentidud y la (aparente) estructura absurda que ofrece.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 4 agosto, 2007

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