Con la intención “limpérrima” inherente a estos productos, el humor inteligente que caracteriza a sus guionistas y los continuos guiños a los clásicos de animación, la Pixar vuelve a ganar la partida.

★★★☆☆ Buena

Ratatouille

Una efectiva carrera de fondo, de inicio irregular, cuidado desarrollo y apoteósico desenlace. Con la intención “limpérrima” inherente a estos productos, el humor inteligente que caracteriza a sus guionistas y los continuos guiños a los clásicos de animación, la Pixar vuelve a ganar la partida. Por momentos, el espectador se olvida de que, en París, son las ratas las que cocinan.

A estas alturas de la película, poco se fía esta servidora de las buenas intenciones que acompañan a los creadores americanos de la nueva escuela cuando centran sus historias lejos de sus fronteras. Una desconfianza que, en su día, quedó ampliamente justificada con títulos como Mi Gran Boda Griega (Joel Zwick, 2.002), Lost in Translation (la hija de, 2.003) o Bajo el Sol de la Toscana (Audrey Wells, 2.003). Y es que, tras una disparatada comedia, la rebelión reveladora de la señorita Coppola y un delicioso cuento romántico, no dejó de trascender, para avergonzar, la imagen tópica y distorsionada que los norteamericanos dieron de los distintos pueblos y culturas visitados. Todo ello, por supuesto, aderezado con un gran sentido del humor (Su humor), que nombra “tonto de capirote” a aquél que no lo entienda.

Me temo que la costumbre ha llegado hasta “Dibujilandia”. Sabemos que de una sobremesa, en la que se desconoce la trayectoria de las conversaciones, salieron títulos extraordinarios como Bichos, Monstruos S.A. y Buscando a Nemo; y es más que probable, por mucho que se empeñe en despistar la distribuidora, que de un paseo por los Campos de Marte surgiera la historia de la rata cocinera. Sólo que ya se encargan ellos de aliñar el plato para que, en nuestra próxima visita a París, nos abstengamos de llamar “rata” a un maestro hostelero que merodea por sus innumerables jardines.

Ra-ta-tuí, como nos obligan a pronunciar en castellano, debe sus torpes comienzos a dos modas cinematográficas, rescatadas de los mejores clásicos, para ser, en los últimos años, penosamente utilizadas. Se trata de las voces en off y de un larguísimo flashback que justifica la historia del protagonista roedor. También a un acercamiento peligroso a uno de los títulos de la competencia, Vecinos Invasores, de calidad, genialidad y profundidad notablemente inferiores a las producciones de la Pixar.

Superado el poco prometedor inicio, desaparecida la molesta voz de acento francés en off y olvidando que el relato obedece a unos hechos del pasado, la estructura narrativa adquiere una perfecta linealidad que propicia el despliegue de la magia. Los estudiados rostros, de ojos siempre humanos, capaces de emocionar a los que ya perdimos el último diente de leche, la creación de divertidas e inteligentes situaciones, los continuos guiños a los cinéfilos y las lecciones ejemplarizantes, harán el resto; para dar lugar a un apoteósico final, con una declaración de principios de obligada lectura para los criticones.

Por el camino, apreciamos una ligera variante de la célebre frase de Chaplin, “Si te centras en lo que dejas atrás, no podrás ver lo que tienes delante”. Asistimos a la rocambolesca huída de un restaurante, que nos recuerda la aventura del cangrejo Sebastián con el cocinero de palacio. Descubrimos los “bajos fondos” de la capital francesa, tras haberla conocido desde las alturas, gracias al Jorobado de Notre Dame.
Comprendemos la peligrosidad que entraña el adentrarse en otros mundos desconocidamente fascinantes, y la importancia de la familia, herencia de Ariel. Conocemos a una peculiar hada madrina, que, en todo momento, trata de hacernos entender el verdadero significado de la palabra “autoestima”. Nos preguntamos si “existe un lugar mejor para soñar que París”, mientras contemplamos la película en blanco y negro que sustituye la conocidísima pista de aterrizaje por una estación de ferrocarril, en la que, posiblemente, Ilsa y Rick se dieran un penúltimo adiós. Volvemos a las orillas del Sena, en las que Todos Dicen I Love You, al ritmo de una preciosa banda sonora que un americano dedicara a París. Y llegamos a adorar a una rata pulcra y redicha, con cara anodina de Coco de Barrio Sésamo, que deja testimonio de que “los grandes artistas pueden proceder de cualquier lugar”.

Todo lo cual, nos lleva al convencimiento de que, con o sin dobles intenciones y/o ánimo de mofa, los “guionistas de adultos” tienen mucho que aprender de los diseñadores de dibus. A fin de cuentas, “¡Cualquiera puede cocinar!”.
publicado por Bruji el 17 agosto, 2007

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