Es una pena. Quizá esperaba que con el referente del 1956 y la excelente filmografía de Hirschbiegel The invasion fuera un producto superior al encontrado.

★★☆☆☆ Mediocre

The invasion

Hasta el siglo XIX la cultura occidental atribuía a las emociones un papel negativo y peligroso a la hora de configurar la naturaleza del hombre adulto. Y digo hombre porque se atribuía sólo y exclusivamente al género masculino la noble empresa de llevar a la Humanidad a través de su capacidad racional hacia el Progreso y la perfección moral. Por su parte, la mujer era paradigma de debilidad moral y discapacidad intelectual; es por ello que se viera con naturalidad la exclusión del género femenino de la vida pública, y se le asignara -casi con benevolencia paternal- los roles de madre amorosa y esposa solícita, más ajustados a su naturaleza inestable, superficial y enfermiza.

Será ya bajo las cenizas de la Ilustración donde surgirá de la mano del movimiento romántico una añoranza de los orígenes de la Humanidad (la cultura griega) y con ello también una reafirmación de las pasiones humanas como sustrato necesario para la vida. No es la Razón la que hace mejores a los seres humanos, sino los sentimientos naturales y nobles que nacen de su interior. Es más, la exaltación de la Razón, tan característica del llamado mundo moderno, tan sólo ha logrado envilecer y alejar a los seres humanos de su naturaleza, alterando su capacidad para obrar con sabiduría y bondad.

Oliver Hirschbiegel nunca ha estado a lo largo de su corta filmografía tan alejado de esta tesis romántica acerca de las causas de la violencia humana. De hecho, las excelentes El experimento y El hundimiento son ejemplos perfectos del interés de este alemán de Hamburgo por hacernos reflexionar acerca de los resortes que mueven a los seres humanos a ser atrapados por la inercia subyugante del poder. En El experimento será una mujer (Maren Eggert) quien sirva de contrapunto al universo perverso recreado en esa cárcel experimental movida bajo el binomio carcelero-preso (o si se quiere el hegeliano amo-esclavo), y la única encargada de devolver al personaje interpretado por el siempre estupendo Moritz Bleibtreu (Las partículas elementales) a la realidad. Igualmente en El hundimiento es una mujer quien relata –y sirve así de conciencia- los hechos que ella misma vivió en el bunker del Führer, horas antes de acabar con su vida.

En The invasion (pendiente de estreno en España allá por octubre) la psiquiatra Carol (su profesión la hace conocedora de las emociones humanas) interpretada con no poco histrionismo por Nicole Kidman será la encargada de luchar por mantener a su hijo despierto contra el sueño masculino de la Razón. No en vano la relación del personaje con su ex marido debía ser igual de plana antes de ser éste infectado contra las emociones, subrayando así al rechazo del modelo patriarcal que representan los infectados. Por eso Carol sólo aceptará al doctor Ben (Daniel Craig), por el que siente algo que reprime aunque desee, cuando reconozca en éste las emociones básicas de cariño y respeto que añora después de su fracaso matrimonial.

Los roles sexuales que la cultura occidental delimitara antaño con férreo determinismo reaparecen en The invasión de forma peregrina y superficial, no alcanzando la intensidad y profundidad que nos aporta El experimento. Ben es médico, científico, racional, protector de Carol; Carol, psiquiatra, experta en leer emociones, madre loba que proteje a su retoño. Incluso el final deviene en un juego posmoderno con ese guiño cinéfilo de la frase final que pronuncia el doctor Ben al leer la prensa. Y, por supuesto, la ciencia norteamericana alivia al compungido espectador ante la aciaga sospecha de que el virus acabe convirtiendo a los seres humanos en una especia mejorada de dispensador de tabaco. Cómo no, el happy end acaba por cercenar la capacidad poliédrica que sí poseía la propuesta de Siegel de generar lecturas infinitas. The invasión es ligera, sólo dispara con balas de fogueo, sin desosegarnos.

La metáfora sociopolítica de su mítico antecedente y referente, Invasion of the Body Snatchers (Don Diegel, 1956), que es aplicable con decencia incluso al remake que realizó Kaufman en 1978, se decanta desde el principio por no aportar más que un relato sofocante (no confundir con inquietante) de la desesperación de una madre por encontrar a su hijo, digno de un telefilm de las tres y media (como la serie Rex, un policía diferente que dirigía Hirschbiegel en Alemania cuando aún no era conocido internacionalmente). Ni siquiera encontramos en The invasion una lectura antropológica que apunte tan alto como lo hacían los anteriores trabajos de Hirschbiegel. Y si lo que se deseara es una de miedo, sin pretensiones intelectuales ni dobles lecturas, tampoco The invasion aporta mucho al panorama de películas de sustos y persecuciones. Su potencial, centrado en el drama familiar de la pérdida del hijo a manos de un marido desaconsejable, se muestra insulso y sin agarre, pese a que las escenas de acción intenten disimular los defectos de fondo. Recordemos que una historia similar en manos de Kubrick (El resplandor) nos aportó una obra visualmente poderosa e inquietante.

Es una pena. Quizá esperaba que con el referente del 1956 y la excelente filmografía de Hirschbiegel The invasion fuera un producto superior al encontrado. Ojalá por lo menos una recaudación decente ayude a su director a encontrar nuevas y más sugerentes historias que contarnos. Ojalá.
Lo mejor: La elegancia con la que Kidman exhibe su distante belleza. La escena de los suicidios. Que aparezca de nuevo la olvidada y eterna secundaria Veronica Cartwright (la protectora maestra, hermana de Rod Taylor, en Los pájaros; o la astronauta gritona en Alien, el octavo pasajero), incluida por cierto en el reparto de la versión de Kaufman. Que el niño se llame como el director. ¿Un homenaje a su madre?
Lo peor: Que no convence ni como divertimento ni como metáfora reflexiva. Que gire en exceso en torno al personaje de Kidman, luciendo genio y figura hasta hartar.
publicado por Ramón Besonías el 28 agosto, 2007

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