Frenético guignol de todos los vicios de Tarantino, amplificados, convertidos en manjar para golosos y, por supuesto, basura para enémigos de su cine.

★★★★☆ Muy Buena

Death Proof

Quizá la incontigencia verbal de los protagonistas de Death proof despiste sobre los verdaderos mecanismos cinematográficos de la cinta: su revivalismo depredador del exploitation de los años setenta y los programos dobles de cine casposo y grasiento, poco presentable y, sobre todo, autoparódico y con unas irrefrenables ganas de mofarse de su propia seriedad, pero Tarantino, el antiguo enfant terrible del cine, maneja presupuestos holgados y la presencia del capitalista dúo Weinstein para que esta trash-movie no sea un fiasco y, amén de alimentar el ego de su autor y su nombradía, haga caja, que es un ejercicio noble que Hollywood jamás desprecia. No hay en Death proof tufo a serie B, aunque todo su dinamitado metraje transpire serie B por todos sus dinamitados poros.

Tarantino acude a lo que mejor sabe hacer: el paroxismo lingüístico, lúbrico, desvergonzado y ametrallado por un coro griego de héroes (heroínas en este caso) embriagados por el tequila, el bourbon, el sexo rápido, los coches de caballaje imposible y el placer hedonista de la violencia como reclamo para intelectuales desprejuiciados y simples parroquianos ávidos de escenas de impacto y piernas mutilados en mitad del asfalto. Y lo orquesta con el talento de quien ha disfrutado muchísimo con el cine que al rinde indisimulado tributo, ese carrusel de curvas maliciosas y bares de carretera iluminados por el neón adictivo de las marcas de cerveza de renombre y la muy fundamentada banda sonora de los jukebox de la época, captando el espíritu del sello Stax o toda la hornada de clásicos de la Motown. A ese ritmo sudoroso y procaz Arlene/Butterfly (Vannesa Ferlito) se marca un audaz lap dancing que no puede ser pasado por alto sin una reverencia.

La mercancia narrativa de Tarantino hurga en la capacidad depredadora de un espectador inconformista, fetichista y anulado por la mediocridad de la cultura de masas, que vende artefactos de consumo para degustación universal, películas a las que les han limado las aristas para que puedan ser embutidas en todas las culturas de todos los países en donde se supone que va a hacer dinero. La insolencia de Tarantino es perseguir este objetivo sin que se note en exceso. El envejecimiento del color, la pésima calidad del sonido, los saltos de rollo, los tonos grises, los fotogramas quemados y hasta el blanco y negro falso que luego deviene color en el segundo tramo de la cinta son guiños cómplices a un cine ya muerto, desprestigiado por la muy abundamentemente infumable calidad de su propuesta, pero que ha alimentado la cinefilia de muchos de los directores que ahora son considerados imprescindibles y que, con el tiempo, si no se enfangan en divismos y en ombliguismos innecesarios, serán considerados clásicos.

Death proof se justifica por esa variante falseada de la cinefilia de su creador, pero reformula el cine de acción, convenientemente nostálgico y abarrotado de citas cinematográficas -desde Russ Meyer y su Faster, Pussycat! Kill! Kill! a la fundamental Punto límite: Cero de Sarafian, pasando por los cannonballs de Gone in 60 seconds de Halicki o la obra maestra de las persecuciones en coche que es Bullit, la cinta de Steve McQueen que puso a Peter Yates en el nomenclátor de directores de culto de los setenta -.

No haber visto Planet Terror impide que esta reseña complete un recorrido total sobre Grindhouse, la ópera doble de Rodríguez y Tarantino que debería haber sido visionada en una sola sesión, pero que la maquinaria de distribución europea ha preferido partir y, en la fractura, doblar los ingresos y generar una expectativa mayor.

El componente erótico amplificado en la primera parte de la cinta mengua en la segunda, pero toda la cinta está barrida por esa mirada obscena de voyeur culto. El propio personaje de Stuntman Mike (Un formidable Kurt Russell que lleva el camino que otrora disfrutara Travolta en su rol de Vincent Vega) es una genialidad de la controlada perversión de su autor: un psicópata que hubiese hecho las delicias de Cronemberg, un asesino que destroza a mujeres con su coche como arma implacable.

La poblada nómina de féminas remeda memorables momentos de otras cintas de Tarantino. Hay ocasiones en las que podemos creer que vemos una escena de Reservoir dogs o esos diálogos chispeantes, alumbrados desde una fascinación enfermiza por la serie negra, que hacen de Pulp fiction una obra maestra absoluta. Las piezas de caza de Stuntman Mike, desmembradas sobre el asfalto, cobran en la segunda parte de la cinta vida nueva con un trío gamberro de mujeres guerreras, directamente extraídas del bestiario del inevitable Meyer, que no permiten que se les tosa o que un chiflado con la cara rajada les estropee sus juegos. Pero no destripemos el final de la sinfonía.

El espectador ajeno a lo que Tarantino describe, quien no comulgue con esa lista jugosa de referencias cinéfilas de serie B o Z o blaxpoitation o giallo o todo lo que este hombre cabezón ha visto en sus tiempos mozos no disfrutará lo mismo que el espectador cómplice, nada remilgado a la hora de empantanarse en productos de bajo presupuesto, reventones de escenas patéticas y provocadores como pocos a la hora de plasmar sexo, violencia y coches rápidos. Ése es el destinatario perfecto de este capricho de autor, excelente en su osadía, tal vez hinchado de minutos para poder constituirse como pieza individual y poder ser explotada fuera de los Estados Unidos.

Anoche Cuatro programó una sesión doble clásica tarantiniana ( Pulp Fiction y Jackie Brown ). Oportunismo, visión comercial, descaro, pero oportunidad para que nuevo público asista, en primera fila, en casa, arrebujado en el butacón preferido, a la delirante imaginación de este maestro.
Lo mejor: Su falta de seriedad, su inteligencia, su ironía...
Lo peor: Algunos diálogos excesivamente alargados...
publicado por Emilio Calvo de Mora el 2 septiembre, 2007

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