Entretenida ración de cine de acción para desastacar la mente de pesarosas divagaciones. Viva McClane.

★★★☆☆ Buena

La Jungla 40

La jungla 4.0 es un festín de adrenalina tan intrascendente como grato que apela a los instintos primarios de un espectador inevitablemente conquistado por la apabullante pirotecnia de saltos, disparos y explosiones. El divertimento garantizado no desaloja la certeza de que el modelo de héroe de acción a lo McClane está ya quemado, aunque la primera versión de la franquicia supusiera un oxigenado ejercicio de cine de acción de calidad. Lo que ha sucedido con las andanzas del policía urbano que salva el mundo a base de rasguños y blasfemias es que ya no nos asombran. Todo lo que sucede ha sido ya visto y todo lo que hemos visto demasiadas veces es posible que no nos engolosine.

La jungla 4.0 no aporta nada nuevo al género: su alambicada progresión de escenarios se intuyen como una torpe argucia para hilvanar el fuego cruzado de un ejército de sicarios insípidamente manejados por un villano que no está a la altura de las circunstancias. John McClane, un Bruce Willis comodísimo en un papel que le pertenece a beneficio de enciclopedias del cine, continúa irritando a los malvados con su lengua homicida y su irreductible capacidad de superar, a pesar de la tunda de palos que recibe, los escollos, las peleas, las caídas y los destrozos que le infringe la imaginación de los guionistas, siempre tan deseosos de agradar al bien apoltronado público.

El Nakatomi original, el escenario claustrofóbico y verdadero protagonista de La jungla de cristal, primera y mejor versión, que pasó a un aeropuerto y luego a una ciudad es ahora una conexión de banda ancha. Así están los tiempos. Un cierto exceso de cables, puertos usb y pantallas que parpadean con crípticas retahílas de códigos y algoritmos que ofician la naturaleza eminentemente apocalíptica de la trama: una especie de Caos Total, la demolición del sistema, el desquiciamiento de la sociedad digital. Pero hete aquí que el rudo poli analógico, el tarado McClane, bien armado de mala leche y pericia para salir indemne de cualquier atropello, desbarata la codicia del enemigo y lo manda al infierno con un yipi ka yei, hijo de puta, que es lo que hemos querido oir desde que nos instalamos en el butacón de la sala para recibir la dosis de americanada al uso, pero nos gusta.
Lo mejor: La oferta de acción pura.
Lo peor: Que hay escenas calcadas de decenas de pelis que ya hemos visto. Que no es la primera de la serie. Que McClane, aunque sea nuestro héroe favorito, ya está mayor. ¿ E Indy ? Ay, que me temo lo peor.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 9 septiembre, 2007

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