McClane deambula por un universo oscuro y apocalíptico en el que la pérdida de valores y la desorientación colectiva motivan su participación en esta nueva aventura. Como película de acción, bastante modesta, por momentos sobresaliente, aunque en otr

★★☆☆☆ Mediocre

La Jungla 40

La informática como arma de ataque y manipulación en el mundo post-11-S, un estado de la civilización cuyos rasgos derivan de expresiones sociales muy diversas , actitudes, jergas, creencias y modos de operar desde el poder legítimo o desde los subterráneos de la sociedad y de la misma industria sobre la cual se sostiene el sistema. La anarquía, en última instancia, es el factor común, occidente arrastra un complejo de culpa que nos lleva a plantear métodos de autodestrucción, aprovechar la red global para desestabilizar lo que esa misma red pretende estabilizar y unificar. El “friki” inconsciente y asustadizo interpretado por Justin Long sueña con arruinar todo el sistema con solo apretar un botón . En realidad, la idea le parece tan siniestra como atractiva, y este personaje refleja en buena medida un delirio latente en nuestro engranaje social, aunque nunca manifestado con claridad: destruir el sistema por causa de esa idea de culpa.

John McClane, mito viviente del cine de los ochenta, aparece en este contexto como elemento de cordura y sensibilidad social y replica que no se trata del sistema, sino de las personas que sufren. McClane es como un héroe que viaja desde su pasado de gestas, en las que salvó la vida de muchas personas, y por las que nunca tuvo el merecido reconocimiento, hasta nuestro presente gobernado por la corrupción y un nebuloso sentido de lo social, contrapunto efectivo al caos y la inconsistencia de Matt Farrell. De esta forma, el relato establece una significativa química entre dos personajes que soportan el peso de un discurso muy simple, pero sintetiza con efectividad los elementos secundarios que aluden a distintos matices del delirio global en el que vivimos.

Por lo tanto, La jungla 4.0 no es tanto una película sobre John McClane en su crepúsculo como sobre el estado actual de la sociedad, desde un prisma de delirio , auspiciado por la desinformación y la incompetencia de las autoridades estatales . La cuestión radica en dilucidar si el rol desempeñado por un personaje como McClane encaja en los distintos estratos del filme: por un lado, la preponderancia de la informática, los ordenadores como “leit-motiv” visual. Por otro, la representación del caos global. McClane, desde Jungla de cristal (película de la que hablaremos en los próximos días), pasando por las secuelas que le siguieron, era un héroe involuntario y anónimo que “siempre estaba en el lugar y momento menos oportunos”. Eso, junto con su forma de expresarse (campechano a la vez que directo y sin tapujos, con uso y abuso de tacos) constituye la esencia del personaje, un perfil pensado para desarrollarse en pequeños lugares en los que suceden acontecimientos de máxima tensión. Introducir a McClane en el contexto actual para ser el héroe que salvará el sistema (el SISTEMA, no un grupo determinado de personas en un espacio concreto) supone crear un sesgo respecto a la caracterología y la textura. Es decir, se nota la caprichosa manera de recuperar al personaje para utilizarlo como elemento propagandístico y afín al “síndrome post-11-S”, en detrimento de una mayor consistencia y coherencia temática y narrativa.

Ante todo, no deja de ser una película muy digna, a pesar del sesgo al que nos hemos referido, ese retrato de un John McClane envejecido, amargado en una vida en la que no obtuvo recompensas por sus heroicidades y una familia desestructurada, la desconfianza respecto a los pretendientes de su hija, el padre gruñón e impertinente, concuerda, a grandes rasgos, con el estallido del caos total, lo cual implica desestructuración y desconfianza con el prójimo.

El caos, enfatizado en lo visual mediante los tonos oscuros y ocres que predominan en la fotografía, no se limita a los artefactos espectaculares y a la visión de las masas enloquecidas, sino que hace hincapié en la atomización de la sociedad, en particular, aspectos como la excesiva especialización en los distintos ámbitos de nuestra -supuesta- “sociedad del conocimiento“: véase cómo un experto en informática ni siquiera sabe lo que es la morfina. O el personaje conocido como “El brujo”, recluido en su “trono” informático y gozando de la exclusiva del control de la red eléctrica, ejemplo de una inconsciencia social no desprovista de cinismo.


En resumidas cuentas, McClane deambula por un universo oscuro y apocalíptico en el que la pérdida de valores y la desorientación colectiva motivan su participación en esta nueva aventura. Como película de acción, bastante modesta, por momentos sobresaliente, aunque en otros carece de verosimilitud (véase el “duelo” entre McClane y todo un sofisticadísimo avión de combate. McClane es un héroe anónimo y un ser humano, no un superhéroe). Pero el cariz trascendente del discurso, el cual alude a una tragedia global que implica degeneración institucional y espiritual, sobrepasa y excede el rol del personaje.

En las últimas escenas, antes de morir, Thomas Gabriel ( lunático que representa la destrucción del sistema auspiciada por un creador del mismo sistema ), le habla a McClane y menciona la muletilla del “lugar equivocado y momento menos oportuno”, un forzado intento de devolver al personaje a su ámbito original. La frase no encaja con el relato ni con la situación del momento. Entonces es cuando más se nota el sesgo y cuando descubrimos que esta película, con McClane o sin él, sería otro producto más ,entre los muchos que se avecinan, sobre el actual estado de cosas.
publicado por José A. Peig el 10 septiembre, 2007

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