Película, en definitiva, brillante, gran interpretación de Jodie Foster, narración fluida y bien estructurada y una portentosa puesta en escena.

★★★☆☆ Buena

La extraña que hay en tí

Una locutora de radio expresa mediante la palabra la realidad del cambio social poniendo su mirada lírica en la ciudad que ama, se lamenta por el cambio inevitable de su estructura vital y de cómo las vidas de las personas evolucionan o involucionan, la nostalgia de un recuerdo, lo que era antes y ahora se difumina en un presente neblinoso como las imágenes distorsionadas que se suceden a la par con los créditos, un paisaje urbano visto como un espejismo de la realidad que parece insinuar que el mundo va a dar un salto cualitativo hacia la inseguridad, el miedo, el dejar fluir los instintos violentos y, por ende, dudar de los principios de la ley y la razón.

Erica Bain (Jodie Foster) vive con normalidad una vida simple hasta que la violencia impone el cambio de perspectiva y un nuevo conocimiento de sí misma. La vida ya no es simple y el entramado de principios ideológicos que someten y sostienen el sistema de creencias se derrumba. El pulso no tiembla cuando has vivido la violencia de facto. Desde otro lugar, el policía Sean Mercer representa el principio de la razón y la subordinación al dogma de la ley, pero desde el prisma de quien ve la violencia como un conjunto de datos forenses posteriores al acto de violencia. Ella es testigo de la realidad de la injusticia y él se refugia en la creencia y los formalismos. Un policía mata, pero no puede aprehender la amargura provocada por el conjunto de fenómenos viscerales y psicológicos en un acto perpetrado desde un verdugo salvaje a una víctima inocente.

Así pues, la estructura de la narración parte de dos personajes que progresivamente caminan hacia una inversión de los valores en los que, hasta entonces, habían creído, describe la amistad que va surgiendo entre ambos con diálogos que exponen contrapuntos en torno al crimen, la ley y la sutil línea que separa el deber de la necesidad, la justicia legislativa de la justicia personal. Resulta especialmente acertada la complicidad que surge entre los dos personajes a medida que el uno es consciente del papel que juega el otro, y la disyuntiva a la que debe enfrentarse el policía.

Pero, claro, no solo vivimos en la sociedad post 11-S, sino en la sociedad de la imagen registrada en dispositivos al alcance de cualquiera. Antes de la venganza, las imágenes de la injusticia, que hasta ese momento solo tenían significado en el recuerdo de Erica, se trasladan al teléfono móvil de Sean, y ese es el quid de la cuestión.

¿Estamos ante un discurso que justifica de alguna forma el crimen al margen de la ley?. En absoluto. Erica es un alma presa del miedo, en sus primeros pasos la violencia no es tanto una venganza como una reacción visceral frente a posibles agresores. Luego, cuando siente el respaldo de algunos ciudadanos que apoyan la figura de un justiciero, mata en nombre de la justicia y, por ende, sus actos son fruto de la venganza, abstracción que va más allá de la reacción visceral. La película, por tanto, narra y despliega los motivos mientras nos cuenta un proceso psicológico, proceso que, contrapuesto a la figura del policía, pone sobre la mesa el eterno debate de siempre, nada original, y desde luego se han hecho mejores películas sobre el tema, mucho más audaces y crudas que ésta. No obstante, la verdad es que es una exposición que incita a la reflexión sobre la base de una historia de cambios y procesos psicológicos, tal vez fundamentada en motivos demasiado simples, pero sin proclamas ni fórmulas unilaterales en lo que al discurso global se refiere. Veámoslo…

Un grupo de malhechores graba en la cámara de un móvil el hecho del crimen, un acto que se volverá contra ellos cuando Erica, en un acto consciente de autojustificación frente al amigo, se despide y envía la grabación al móvil de Sean. Cuando este contempla las imágenes de la realidad – una realidad que va más allá de códigos deontológicos y datos forenses -, entonces se produce una modificación en su conciencia. La frase, demoledora, – “he visto lo que te hicieron” – revela la hipocresía sobre la que se sostenían los principios ideológicos del agente Sean. Es la importancia de la imagen real frente al concepto y al prejuicio a posteriori. En esta era moderna de uso y abuso de todo tipo de dispositivos que permiten registrar la realidad, muchos actos que, en épocas pasadas, podían reducirse a juicios desvinculados del suceso real, hoy pueden ser vividos de facto. Con la modificación de las conciencias que ello implica. Ese es el nuevo substrato – adaptándose a los nuevos tiempos – que utiliza el cineasta Neil Jordan para volver a plantear la cuestión.

Con todo, el abordaje de Jordan no explota al máximo las posibilidades de un tema complejo, y el tratamiento dado a la última escena no deja de ser un tanto pueril por lo previsible del acto, si bien es coherente por los argumentos citados. Película, en definitiva, brillante, gran interpretación de Jodie Foster, narración fluida y bien estructurada y una portentosa puesta en escena.
publicado por José A. Peig el 28 septiembre, 2007

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