Peligroso argumento que, por su desarrollo manipulador, sólo termina convenciendo a quienes no entendieron que “en un ojo por ojo, el mundo se quedaría ciego”. Nos enfrentamos a un nuevo tipo de cine, que, sinceramente, aterroriza.

★★☆☆☆ Mediocre

La extraña que hay en tí

El vehículo estelar que garantiza el lucimiento de una de las mejores actrices de los últimos tiempos y el peculiar estilo de un director irregular e impredecible, convergen en un peligroso argumento que, por su desarrollo manipulador, sólo termina convenciendo a quienes no entendieron que “en un ojo por ojo, el mundo se quedaría ciego”.

Añorando el universo conciliador que forjara el roswelliano Frank Capra, sería maravilloso pensar que son puramente profesionales los motivos que llevan a Jodie Foster a embarcarse en el peligroso argumento que, previa revisión, se convierte en un vehículo estelar que garantiza su lucimiento. Aun siendo así, puede que la ambiciosa productora vuelva a equivocarse, casi tanto como en la revisión que hiciera de El Rey y Yo en 1.999. En cualquier caso, parece que los cuatro oscars de Katherine Hepburn seguirían sin temblar, como muchos creyeron al observar la meteórica carrera de la agente del FBI en el thriller de Jonathan Demme.

Persiguiendo, quizás, el espíritu de Taxi Driver y con un final tan sorprendente como el de Infiltrados, La Extraña que hay en Ti, -traducción benévola de “la valiente”-, nada tiene que ver con el cine de Martin Scorsese. Si bien es éste un “director violento”, la violencia de su filmografía sólo se entiende desde la mirada de quienes la rechazan. Así pues, señalada la diferencia, la temática de la producción que hoy comentamos, tampoco nos acerca al subgénero de los años 80 en el que las calles se llenaban de maleantes contra los que luchaba un Charles Bronson en plena posesión de sus facultades físicas. Títulos como Yo soy la Justicia o El Justiciero de la Noche, tachados de ideología fascista, meros espectáculos de acción, carecían de elementos manipuladores que incitaran a desarrollar la empatía en el espectador. Es ahí donde reside la peligrosidad del argumento creado por los Taylor, encaminado a la justificación de lo injustificable.

Los veteranos guionistas, además, olvidan la sabia frase de Joseph L. Mankiewicz, según la cual. “La diferencia entre la vida real y las películas es que un guión tiene que tener sentido y la vida no”. Cuando menos, resulta inverosímil que, en una ciudad que estadísticamente se encuentra entre las más seguras del planeta, una misma persona llegue a estar en peligro de muerte en tres ocasiones consecutivas durante un espacio de quince días. A partir de ahí, las banalidades se suceden entre el vaivén de las cámaras temblorosas, los juegos de luces y un ritmo brutalmente tedioso, para alcanzar una inesperada resolución que atenta contra los pilares de la Democracia. Una vez más, la sociedad americana sigue dividiendo al mundo en “buenos” y “malos” y, con más descaro que nunca, se comprende la maldad en los honestos.

Tras un “curso acelerado sobre Nueva York”, Neil Jordan, director impredecible, debió de sentirse como pez en el agua al recibir el encargo. Experto en argumentos arriesgados y en engaños efectistas, nunca tuvo problemas para idear una salida digna a los hechos violentos, ni para mostrar que, detrás de un asesino, siempre hay una persona, cualquiera de nosotros como se indica en esta ocasión. Tan decepcionante cineasta, cuenta también con el agravante de creerse un genio, una especie de Stanley Kubrick en el rodaje eterno de La Naranja Mecánica.

Y, aunque siempre se agradece la personalidad que algunos directores demuestran tras las cámaras; la marcada influencia técnica de “los jóvenes airados” y la abundancia de planos medios del realismo inglés del Free Cinema, terminan mareando. Todo ello, por supuesto, destacando los atributos físicos de la productora ejecutiva, ahora con unos cansados ojos azules asustados, ahora con unos labios parlantes en la radio, ahora con el sugerente roce de una mano… mientras el mundo seguro que conocimos se transforma y la agorafobia gana la partida a los flashbacks, las voces en off y las virguerías del montaje.

Es posible que este lamentable producto sólo sea recordado por el rodaje de la agresión que sufren los protagonistas, impropia de la falta de elegancia de Jordan, más dado a la filmación de planos absolutamente vomitivos. Más, todo hace suponer por los resultados de taquilla, que nos enfrentamos a un nuevo tipo de cine, que, sinceramente, aterroriza.
publicado por Bruji el 3 octubre, 2007

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