No convence la edulcorada noveleta de mafias rusas afincadas en Londres, que, prescindiendo de todo tipo de documentación veraz al respecto, se limita a recopilar tópicos para desbarrar en una historia incapaz de provocar el más mínimo interés.

★★☆☆☆ Mediocre

Promesas del Este

Poderosa dirección y brillante puesta en escena para una noveleta de mafia edulcorada, que, tras un curso intensivo de lengua rusa con traducción simultánea, poco –o nada- tiene que ofrecer. Especialmente recomendada para los que se emocionan con David Cronenberg sucumbiendo a la seducción del cine convencional, con los desnudos de Viggo Mortensen y con el trasero de Naomi Watts en moto.

 

David Cronenberg, cineasta canadiense que con tantos y tan buenos sustos deleitó la infancia de los amantes del miedo de una generación entera. Probablemente, el director que peor adaptación cinematográfica haya hecho de una novela de Stephen King, La Zona Muerta, que, -cosas de la edad- tanto nos gustó. Y que, tras un remake –no mejor- de La Mosca, clásico terrorífico favorito de la que suscribe, volvió a amedrentar al paciente espectador con aquellas cosas asquerosas que Vinieron De Dentro De… no se sabe dónde, para hacer vomitar. Justo cuando el universo friki se relamía de gusto con alucinados títulos como Videodrome, Scanners, Existenz o Spider, el creador de Rabia decide que –bien pensado- no hay mejor terror que el que procede del interior del propio ser humano, por lo que conviene fomentar las transformaciones psicológicas, explotar la doble moral de sus planos personajes y rodar una “película normal”, Una Historia de Violencia, con la que alcanza una talla considerable que aumenta –si cabe- su valoración.

 

En la presente ocasión, Cronenberg se equivoca de historia y, lo que es peor, de guionista. Al adentrase en un argumento de mafias, pactos y familias, la memoria histórico-cinéfila remonta el vuelo hacia paraísos fiables de tiempos mejores y producciones envidiables, para desembarcar en el peligroso puerto en el que las odiosas comparaciones fílmicas resultan inevitables. En dicho ejercicio, fácil es observar que el desnudo de Mortensen, en una escena similar de violencia sexual, transmite mucho menos al espectador que la que protagonizara Robert De Niro, realmente escalofriante, con toda su ropita (Érase una vez en América, Sergio Leone); que la insostenible situación que propicia el enamoramiento del chico malo con la chica buena, aborta por su insensatez, frente a la que Martin Scorsese construyera para Uno de los Nuestros; o que la paz entre familias filmada por Coppola, que hará correr ríos de sangre, suscita más tensión que el corte de cuellos sangrando a borbotones. Debe de ser porque la violencia sugerida siempre fue más turbadora que la explícitamente mostrada, aunque sea Cronenberg quien la represente. Debe de ser porque “los cineastas no son alquimistas, y los excrementos de gallina (guiones como el de Promesas del Este) nunca se podrán transformar en chocolate”.

 

A lo largo de los cien minutos que componen su metraje (que se antojan mil seiscientos), la lentitud y la solemnidad (que, una vez más citando al dios Wilder, nunca fueron sinónimos de profundidad) llegan a desesperar. La inadecuada utilización de la excelente banda sonora y la intriga inexistente, sofocan el factor sorpresa adelantando los acontecimientos, por lo que los tres secretos que conserva el relato serán desvelados con previsible nitidez, sin necesidad de recurrir a la traducción del diario, ni a la ridícula pregunta de “Necesito saber quién eres” con la que culmina el rollito morboso con asesino a sueldo irresistible.

 

Y, si no convence la edulcorada noveleta de mafias rusas afincadas en Londres, que, prescindiendo de todo tipo de documentación veraz al respecto, se limita a recopilar tópicos para desbarrar en una historia incapaz de provocar el más mínimo interés; tampoco lo hace la irrisoria trama paralela de adopciones, más cercana a un regalo imposible de Reyes Magos que a lo que el convenio de La Haya dictamina en la materia.

 

Nos quedamos, por lo tanto, con los aspectos técnicos de una producción impecable, entre los que destaca su sobria fotografía; con la siempre agradable presencia escénica de Naomi Watss, con las interesantes interpretaciones de los actores secundarios; y con un director que, por momentos, nos recuerda la genuina brutalidad ingeniosa del salvaje Peckinpah.

publicado por Bruji el 10 octubre, 2007

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