La ópera prima de Jota Bayona, alterna conseguidas secuencias de absoluta maestría cinematográfica con las propias de un experto realizador videoclipero. Un claro ejemplo en el que un guión prácticamente perfecto aspira a obra maestra.

★★★☆☆ Buena

El Orfanato

Hasta aquí, es mucho lo que llevamos aprendido en materia de terror. Destino final, por ejemplo, se encargó de reivindicar que los planes trazados por la muerte son difíciles de esquivar. House on Haunted Hill observó cómo la condición de uno de los protagonistas, mantenida en secreto, sabía influir en el devenir de los acontecimientos.

Títulos míticos como El Ente o Poltergeist mostraron lo que, en su día, nos pareció de ciencia-ficción: la posibilidad no sólo de detectar, sino también de medir con sofisticado instrumental las supuestas presencias de otras dimensiones. La Guarida, por su parte, hizo entender que los hechos que producen pavor en los adultos proceden, con frecuencia, de un juego de niños. Y mientras Trece Fantasmas persigue la pieza que le falta; Los Otros, El Último Escalón o Amityville recuerdan que los grandes misterios siempre permanecen ocultos en áticos, sótanos y cobertizos…. o al final de pasillos interminables, como advirtiera Kubrick en El Resplandor.

 Partiendo de estas premisas, entre los amigos del miedo, surge una pregunta evidente.

¿Sería posible la creación de una nueva historia que, huyendo de los males del cine contemporáneo, prescindiendo de material de casquería y del abuso de los efectos de sonido para asustar, fuera capaz de sacudir al espectador?. La respuesta –afirmativa- se encuentra en el guión seleccionado por el Sundance Institute que, en origen, dio lugar a un corto llamado Sé que estás Ahí, y que terminó llamando la atención del productor Guillermo del Toro.

 

Rodada en decorados de dimensiones faraónicas al más puro estilo del Hollywood clásico, El Orfanato se nutre de una multitud de conceptos predeterminados de género para dar forma a un intenso drama. Todo ello tratado con una meticulosidad extrema, que la alejan del plagio y de la atractiva tentación del homenaje. No hablamos de una película de terror típica, aunque las pequeñas manos que arrancan el papel de las paredes para dar paso a los títulos de crédito iniciales ya produzcan inquietud.

 

El guión de Sergio G. Sánchez, tal y como ha llegado a la pantalla, presenta dos fisuras imperdonables, si tenemos en cuenta que éste fue revisado y perfeccionado durante un año y medio. La primera de ellas da inicio a la agónica carga dramática de la trama, desoye las recomendaciones básicas del Ministerio español de Bienestar Social y contradice tanto el pasado de la protagonista como el presente con su pareja. La segunda, habría que buscarla en los archivos policiales creados en el propio relato.

Sin embargo, su grandeza  reside en que ambas pasan desapercibidas dentro de una historia hipnótica y envolvente, que priva de la facultad de pensar y destierra la sensación de engaño. El eje central del argumento, por sí solo, es tan poderoso e impactante, tan capaz de alimentar los miedos reales que calan en el ánimo y perduran en la memoria del espectador; que, al salir del cine, difícil será reparar en sus deficiencias, y liberador exhalar un suspiro de alivio, porque ni siquiera era una pesadilla, tan sólo una buena película que desestabiliza el alma.

 

Ahora bien, al reparar en la ejecución del guión, -tras alabar el esmerado diseño de producción y la exquisita dirección artística de Joseph Rosell-, el conjunto no termina convenciendo; siendo, quizás, achacable esta desagradable impresión a la dirección de un equipo técnico novel. Mientras la banda sonora permanece en un discreto segundo plano; al montaje, indudablemente correcto, no se le aprecia ni una sola virguería que le haga digno de mención,  llegando a una fotografía que, en ningún momento, alcanza la altura del producto.

 

El director, por su parte, alterna conseguidas secuencias de absoluta maestría cinematográfica con las propias de un video-clip, correspondiendo las segundas al rodaje que se desarrolla en espacios abiertos. No será fácil olvidar el vaivén de la cámara en el escondite inglés con Laura adulta, ni la creación de pasajes contaminados de una atmósfera enrarecida procedente del mejor terror clásico, ni los fotogramas memorables que reproducen primeros planos de una actuación brillante, ni la ternura de dos miradas que se cruzan frente a un piano. Lamentablemente, tampoco son fáciles de olvidar las tomas a ras del suelo, los encuadres desencuadrados ni los retimes de la playa.

 

Esa irregularidad alcanza al corazón del orfanato, Belén Rueda, quien no llega a establecer química alguna con Fernando Cayo ni con el joven Roger Príncep, brillante en todas sus intervenciones. Un personaje que, como la mujer que le da vida, sabe remontar de la nada al todo, de la fingida actriz con cara de pánico tras el grito de ¡acción!, al aspecto que debería tener la entereza si decidiera personificarse.

 Para configurar el resto del reparto, la dirección de casting apuesta fuerte por los actores secundarios, con la impagable presencia escénica de Geraldine Chaplin y la inestimable colaboración de una gran dama del teatro catalán, Montserrat Carulla.

  

En todos los casos, El Orfanato es un acierto importante del cine español, en cuanto aporta una respuesta clara y concisa sobre el tipo de cine que el público quiere ver y por el que paga (un dato importante) en las salas de proyección (ésas que podrían verse cerradas). El tipo de cine que concilia a crítica y masas, tal vez por contener un innegable toque americano que tanto gusta al espectador y tan poco a los cineastas patrios. Y es que los primeros seguimos pensando que para perderse en “la película más personal de……” siempre habrá tiempo, o no.

 

Aclamada por los críticos europeos, adquirida por la industria estadounidense, inmejorable trampolín de un equipo debutante; para la fijación obsesiva de esta servidora por los “flashbacks”, siempre será el referente imprescindible que lleva a la resolución magistral de una trama con sólo tres fogonazos. Rápidos. Decisivos. Cortantes. Uno, Dos, Tres, ¡Toca la pared!.

publicado por Bruji el 18 octubre, 2007

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