Por aquí deben ir los tiros del nuevo cine de compromiso made in USA, artefactos de probada coherencia narrativa, fantásticamente interpretados, pero lastrados por una retranca ideològica de, a veces, difìcil digestión

★★★☆☆ Buena

Leones por Corderos

Leones por corderos trata de mentiras colosales y de principios morales reprobables. La consistencia de su mensaje no estriba en la independencia de su ideología sino en la coherencia expositiva de su metraje y en la brillantez de su elenco. El admirable sentido de la oportunidad no empaña la idoneidad de la historia y tampoco parece que se hubiese precisado, como manda la escritura de la Historia, esperar ciertos años para redactarla con la distancia adecuada, desempañada de egoísmos, menos escorada a la descarga revanchista o al mero panfleto político. El gestor de este film lujuriosamente político es Robert Redford, un Robert Redford menos expresivo que antaño – cirugías y cremas tienen la culpa – pero más cargado que nunca de razones para poner en jaque la ortodoxia y el patriotismo de los corderos, en muy atinada frase, que mandan a los leones a defender con su vida las guerras que inventan detrás de una mesa de roble de Wyoming, con una enmarcada portada de la revista Time a la vera y un teléfono rojo que comunica el infierno con los votantes en la línea 1.
El cine no obra milagros, pero factura – en ocasiones – productos que alojan materiales nobles que posibilitan la reflexión. El Robert Redford liberal, símbolo de la industria yankee y, al tiempo, bastión del didactismo indie y de la modélica heterodoxia siempre presente en la cultura de las barras y estrellas abre aquí un discurso ambiguo, muy amenamente narrado y sobrado de pedagogía. El problema es que abusa de un humanismo impostado, turbio en su didáctica y narcotizante si uno asiste al espectáculo teatral que propone sin el suficiente acervo geopolítico, por decirlo de alguna forma.
Caso de que no existiese esta película, no habría que inventarla. Tal vez aliente discusiones encendidas a la puerta del cine o incendie temperamentos pazguatos de impresionabilidad fácil. En su beneficio, asistimos a un fascinante trabajo actoral y a un prodigioso montaje. Cuando acudimos a pensar lo que nos han contado comienza el brusco aterrizaje en la superficie resbaladiza de la política exterior made in USA, y ahí – a regañadientes, con cierta incómoda sensación de mítin a pie de urna – los corderos y los leones devienen hábiles soldados de la propaganda. Da igual que el señor Redford haya dicho que el film no formula respuestas sino que abre preguntas o que jamás hubiese puesto su entusiasmo y su talento – quién los duda – en sufragar un tibio espectáculo a modo de soflama que escandaliza al público puesto al día en colonialismos y en sinfonías imperialistas y que, bien al contrario, agrada en extremo al público engolosinado por el águila, las barras, las estrellas y la música del león de la Metro. Da igual que concedamos al bueno de Robert la posibilidad de atiborrarnos de pastillistas de colores: porque hay muchas y algunas (inevitablemente) producen ensoñaciones cromáticas de 1.080 líneas horizontales, es decir, alta definición a pilas. Viene a pasar por estos lares que cualquiera tiene opinión de la política exterior USA y en cambio calla con preciosismo de salón cuando se le requiere manifestación pública sobre la política interior de su propio corral.
Los altos conceptos que blanden los personajes de fuste del film – el senador iluminado, la periodista quemada, el tutor humanista, el alumno brillante, los soldados concienciados – cubren únicamente un sector de la paleta de ideas. El compromiso, la libertad de expresión, la lealtad a unos ideales o la defensa de unos valores tradicionales – normalmente orquestados por gabinetes de márketing o empresarios por encima de urnas y de recuentos – suenan muchísimo en los diálogos: hay momentos en los que quisiera uno un minúsculo receso, acudir al ambigú -mentira: ya no los hay – y regresar a la butaca habiendo masticado el grumo histórico y convencido de que tenemos recursos para afrontar, despejado, el inventario de fórmulas mágicas y frases de recetario ideológico que todavía sobrevuelan el capitolio y el cementerio de Arlington.
Cuando hace una ceremonia de Óscars era imprudente y casi suicida registrar la guerra de Irak – el llamado Eje del Mal, el Vietnam del siglo XXI, el agujero de todos los contribuyentes demócratas y el orgullo de las arcas republicanas – ahora resulta que mostrar al mundo el desencanto americano, las heridas bélicas y las razones de la invasión está de moda. Los productores barren siempre para casa y, en realidad, como dice el tutor Redford a su díscolo y prometedor pupilo, todo termina en un magistral ejercicio de compra-venta. Igual que el maestro vende alumnos, los políticos venden humo, venden ilusión, prestidigitadores de semánticas jubilosas y caramelos con viagra. En estos tiempos las conciencias se agitan con lenguajes menos cultivados. Basta reclutar al descerebrado de turno, bien abastecido de patriotismo, convenientemente adoctrinado… Redford evidencia lo que aquí censuramos: que la guerra sea un guión de Hollywood, que el país más rico del mundo se ha arrogado la gendarmería global y no consiente que ninguna tribu desmonte la creencia de sus ciudadanos de estar viviendo en el rincón más seguro del planeta, en el más opulento, en el mejor dotado para afrontar los retos del futuro.
Los condicionantes que rigen el destino cinematográfico de la cinta deben ser primorosamente analizados: de lo que habla Redford es del ruido de fondo de la manipulación de masas que habitualmente ejercen los jerifaltes de la administración de lo público para continuar en el cargo y crear en su accionariado sentimental – la política es a veces un sentimiento – la ilusión de que verdaderamente hacen algo útil y merecen nuestro respeto y toda nuestra consideración.
O quizá esta más que valiente cinta – nos guste o no – obtenga réditos en los Estados Unidos, madre patria que siempre termina por amamantar a sus hijos -, pero no en Europa porque aquí estamos ya bastante contaminados de superhéroes de acción y catecismos imperialistas y escama que de pronto, a tutiplén, los directores de renombre (Haggis, De Palma, el propio Redford) tengan campo abierto para manuscribir – con caligrafía pulcra y sintaxis esmerada – los desastres de la guerra y la ceguera de quienes las promulgan. Y encima actores poco entregados a manifestar sus simpatías políticas (Cruise) se lucen en este proyecto no sólo con un desparpajo dramático inconmensurable sino con líneas de texto transparentes y de riesgo.
Lo mejor: La escena en el despacho de Meryl Streep y Tom Cruise.
Lo peor: Que da un tufo panfletario, que da mucha información y se pierde en sus planteamientos ideológicos.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 11 noviembre, 2007

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