En 1996 Danny Boyle ofreció esta reflexión y crítica sobre los problemas derivados del consumo de drogas, utilizando una narrativa que expone el relato con un uso equilibrado de la comicidad y la amarga ironía con el objeto de que su mensaje llegase

★★★☆☆ Buena

Trainspotting

En 1996 Danny Boyle ofreció esta reflexión y crítica sobre los problemas derivados del consumo de drogas, y sobre la misma sociedad que induce la desorientación de las mentes vulnerables , utilizando una narrativa que expone el relato con un uso equilibrado de la comicidad y la amarga ironía con el objeto de que su mensaje llegase a un amplio espectro del público. Dio con la fórmula para impactar a los espectadores sin aplastar la meritoria intención expresiva en un conjunto que tiende hacia la simplificación y el uso de tópicos (esto, en última instancia, termina siendo un mal menor), con lo cual tenemos un buen exponente de cine de compromiso social afín a las expresiones culturales postmodernas que sirven de referencia para las generaciones a las que va destinado el producto (el variado surtido de canciones que acompañan a los estados de ánimo de los protagonistas juega un papel fundamental como factor atrayente).

Aporta poco narrativamente, y en conjunto no va mucho más allá de ser un agregado de gags que estructuran la descripción de un submundo poblado por seres atrapados en un círculo de vacuidad: la imagen que abre el relato (con el personaje central huyendo mientras la voz en off enumera los objetos materiales, que son el narcótico de la “sociedad del bienestar“) contrapuesta al cierre (con el mismo personaje que cierra su ciclo evocando los parámetros que definen la “buena vida”), construyen su significado esencial, en un mensaje en absoluto complaciente para nadie: seas un drogata o seas un consumidor de la “buena vida“, el vacío te alcanza hasta la sepultura. Corrosiva mirada a la sociedad, aunque esto también conlleva una simplificación, puesto que somete dos estilos de vida a una misma proposición, lo cual también resulta en una idea un tanto manierista.

En cualquier caso, la dinámica y nervuda puesta en escena resulta en un ejercicio meramente descriptivo que exagera los perfiles para resultar lúdico, recurre con soltura al delirio surrealista y construye su propio universo sin caer en innecesarias espesuras que invaliden la intención del autor: hablarle a la sociedad sobre la droga, no como un mal en sí mismo, sino como una pieza más del entramado de objetos que nos esclavizan y despojan al mundo de todo significado.
publicado por José A. Peig el 5 enero, 2008

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