Un clásico a pocos años de su estreno: una fantástica película de amor sin que en ningún momento el romance nos empalague, nos abrume con los tópicos habituales…

★★★★★ Excelente

Olvídate de mí

“¡Benditos sean los inocentes! Olvidando el mundo y por éste olvidados. Brillo eterno de una mente inmaculada" –
Alexander Pope

El problema de la ciencia-ficción es que su contenido narrativo precisa de un esfuerzo de fe. Debemos creer que podemos viajar en el tiempo o que podemos teletransportarnos o hacernos invisibles. Aceptada esa verosimilitud de lo inverosímil, las películas de ciencia-ficción transcurren cristalinas o embarulladas, fastuosas o débiles, pero por completo ajenas a las dudas que puedan surgir por el hecho de no creerlas. Yo no me creí, por ejemplo, Kill Bill en sus dos partes. Consideré que mi esfuerzo por comprender la historia excedía mis deseos de disfrutarla, aunque hubo trozos (suele pasar) que me parecieron inconmensurables, suficientes como para soportar el larguísimo metraje: todo por ver si había más. Somos como niños: queremos más. No nos satisface que el placer dure poco: lo que nos fascina es que la satisfacción no tenga fecha de caducidad y podamos acudir a ella en cuanto queramos con la certidumbre de que vamos a disfrutar muchísimo, a ser felices. Eso es, al fin y al cabo, lo que nos proporciona el cine o la literatura o la música, dosis perfectas de placer inmediato. Películas, libros y discos a nuestro bendito alcance para procurarnos el júbilo que tal vez nos priva la vida real, demasiado ensimismada en su vértigo de semáforos, hipotecas, prisas, tedio y penurias sentimentales, conceptos todos de una abstracción en ocasiones insoportable. Una de esas películas es Eternal sunshine of the spotless mind, que aquí algún avispado productor con másters en márketing o en estulticia ha titulado !Olvídate de mí!. Bien, pasemos por alto el asalto a la belleza y prosigamos el destripe emocional.

Eternal sunshine of the spotless mind, en adelante simplemente Eternal, habla de corazones rotos. Películas de corazones rotos hay cientos. (Tal vez todas lo sean, excepción hecha de las películas de Michael Bay o de Santiago Segura, singulares rompetaquillas que jamás han pensando en el corazón del público y han ido directamente a succionarles el morbo, la complicidad del ojo o la risa chabacana, pero éso es otro asunto, y no cabe en esta reseña.)
Eternal no se pretende original ni atenta contra ninguna ley de la narrativa clásica. Y en principio, a ras de fotograma, bien que lo parece. Diríase que Kaufman y Gondry – qué dos genios – juegan a montar una pelìcula de amor en un envoltorio de ciencia-ficción o una cinta de ciencia-ficción metida en una comedia romántica. O quizá sea un melodrama escrito por Bradbury o Dick o Aldiss. La contención y la meliflua doctrina de contar las historias de amor bajo los patrones de la ortodoxia, del clasicismo en cine, huelgan aquí: Gondry y Kaufman apuestan por retorcer la esencia del romance, enmarañar los tiempos narrativos y sofocar jubilosamente al espectador con impagables (por pura emoción) episodios donde la pasión y su reverso, la dicha amorosa y el desencanto, funcionan como un perfecto engranaje, a pesar de la (en apariencia) alambicada propuesta, llena de trucos, que no lo son, apestada de tópicos, que nunca llegan a serlo.
Escribir sobre el amor es una profesión condenada al fracaso, salvo que Punset me invite a un café y me cuele como sabe algún arsenal convincente de argumentos de índole químico o neurológico. El amor que Kaufman pone en danza es el amor cinematográfico que más se ajusta al amor real, el que vivimos y sufrimos los mortales de a pie, que nos levantamos por la mañana con bulimia óptica y nos acostamos anoréxicos, reducidos a un muñeco cansancio. La historia de Joel y Clementine no es extraña, ni excéntrica: debe ser la misma historia de miles de parejas que han vivido lo que la película cuenta: pasión, juegos, aburrimiento, desencanto, rutina… Y vuelta a empezar: pasión, juegos, aburrimiento, desencanto, rutina… Y al final lo que activa o desactiva el amor es el recuerdo del amor, la conciencia de que alguna vez el amor nos ha hecho más felices o mejores personas y que es posible contar con esos recuerdos para elevar el vacío de los días en que el amor no está. Esta fábula sencilla, en el fondo, conecta con fibras muy sensibles de cualquiera que alguna vez (no hace falta muchas, alguna, tal vez, alguna bien reposada, bien traída) haya sentido el espasmo, la punzada del engolosinamiento amoroso, dicho así, caprichosa y juguetonamente.
Eternal contiene alguna de las imágenes más desoladoras, fascinantes, atractivas y demoledoras que yo haya podido ver en una pantalla. No se precisa el concurso de sofisticados programas de infografía ni la mano de Jerry Bruckheimer para hacer botar al espectador en su butaca. Hace falta imaginación. Gondry la tiene. A destaje. Este estajanovista del asombro se preocupa de romper el corsé visual al uso y colocarnos el surrealismo como un mecanismo de engarce en la narrativa cuando (hasta ahora, en la mayoría de los casos) la inclusión de escenas alocadas (ya me entiende el amable lector) funcionaba más como una extravagancia, como un exabrupto manejado con inteligencia para elevar el caché del estilo, que como un elemento de peso en la trama. Aquí todo lo que vemos es imprescindible para que el relato fluya ( o no fluya) como esperamos.
La inocencia de la cita de Pope, que da sentido al film, es el sustento del amor fou, el material primario con el que se impregna el reconocimiento del otro amado, y ahí la historia romántica que cuenta Kaufman es arquetípica, reconocible, carente de nada que la haga extraordinaria: lo que la hace maravillosa es la forma en que se nos cuenta, lo cual vuelve a poner de manifiesto la importancia de disponer de un director motivado y un guionista inspirado, y no en ese orden en este bendito caso.
El modo en que se estructura el film (los títulos de créditos a los quince minutos de ver el primer fotograma, la continua sensación de estar asistiendo a un rompecabezas que precisa de un extra de atención para ensamblarlo, la certeza de la fragmentación conviene a la narración porque la vida también nace fragmentada y sucede como un puzzle de episodios a veces inconexos) evidencia el interés de Gondry por subvertir los formatos y demostrar que el cine opera el milagro de convertir descartes en joyas. La intensidad emocional de Eternal no tiene igual en el último cine que yo haya podido ver. Tal vez La fuente de la vida, otra historia de amor perfecto, de pasión más allá del tiempo, nunca mejor dicho. En el fondo, Eternal coincide con la obra de Daronofsky en la importancia del tiempo como motor absoluto de las relaciones humanas. Los recuerdos que aquí una empresa se dedica a borrar para liberar al cliente de su incomodidad o su impertinencia se convierten en una especie de material trascendente, relevante.

Con todo, renuncio a hurgar en lo cinematográfico y me rindo a la emoción pura: Eternal es una película formidable, un clásico de este siglo XXI recién alumbrado que los tiempos colocaran (ay, los tiempos, qué eufemismo) en el lugar merecido. Jim Carrey hace de no-Jim Carrey y Kate Winslet hace de Jim Carrey, lo cual es un juego de roles intercambiables que el cinéfilo atento agradecerá. Ahí está ese título vomitivo: Olvídate de mí, y el nombre del payaso número de Hollywood (Carrey) para disuadir a quienes, ignorantes, no se acercan a esta fantasía imprescindible para sobrellevar la rutina, el vértigo, en fin, todos esos artilugios de la realidad que únicamente buscan nuestro perjuicio. Absurdamente, por cierto.
La idea final (quizá) es que la realidad es siempre una ficción que construímos. Yo tengo la mía.
Lo mejor: Todo.
Lo peor: Nada.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 14 enero, 2008

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