Película que conjuga con enorme soltura distintas manifestaciones de la vida humana en un todo coherente: sentimientos, ideología, poder e influencia, lo íntimo frente a lo institucional, amor y odio, confianza y traición, belleza y arte frente a man

★★★★☆ Muy Buena

La vida de los otros

La frialdad de un perfil maquiavélico da paso a la sensibilidad del hombre que encuentra lo que buscaba en un terreno vedado por las leyes de una teocracia secular. La transformación es uno de los motivos que mejor sirven a la explicación del hecho humano, y aquí, el personaje conocido como Gerd Wiesler es un notable ejemplo de metamorfosis que opera desde la intimidad y en reacción a una atmósfera opresiva. La construcción del personaje es una cuestión de crear entornos y contextos psicosociales, no tanto de perfilar su idiosincrasia. Tómese esto como buen ejemplo. Poco sabemos, realmente, sobre Gerd Wiesler, y en ese ámbito desconocido hallamos la mejor descripción de su naturaleza multidimensional. La narración sutil implica omitir el significado relevante en el texto base para dejar que el drama implícito quede expresado en un conjunto de fenómenos interconectados. No necesitamos que el texto explique el estado interior del personaje central, lo cual supondría su “cosificación”, simplificando la complejidad del drama. HGW y Gerd Wiesler son dos signos que aluden a una misma historia desplegada en distintas facetas y significaciones dramáticas. La humanidad real oculta tras la identidad institucional. En las primeras secuencias, y mediante la expresividad en la mirada de Ulrich Mühe, queda establecida la expresión de esclavitud en un perfil hierático. El plano final muestra al hombre liberado. La expresividad de los ojos del actor es uno de los centros dramáticos a lo largo de todo el metraje. Los ojos de Ulrich son la interpretación y el sentir ante la descripción de la Alemania comunista, a cuya sordidez y frialdad corresponde la austeridad de la fotografía y la puesta en escena.

El arte (música, poesía) juega un papel crucial en esa metamorfosis velada entre espionaje y soledades. El discurso renquea en terrenos manieristas: por encima de la patria y la ideología esta la belleza. Pero, al final, se eleva en ese postrer retrato de Gerd comprando el libro por el que confirma – y podrá ver expresado en sus páginas – su humanidad, el fin de una época y el comienzo de otra. Película que conjuga con enorme soltura distintas manifestaciones de la vida humana en un todo coherente: sentimientos, ideología, poder e influencia, lo íntimo frente a lo institucional, amor y odio, confianza y traición, belleza y arte frente a manipulación y opresión. Es posible que adolezca de un cierto maniqueísmo, pero este juicio solo indica un atributo ineludible si atendemos a los rasgos del relato. Hablamos de maniqueísmo cuando la realidad queda simplificada en dos polos que no trascienden la idea tópica. La película de Florian Henckel Donnersmarck, por el contrario, expone todas las claves psicológicas y sociopolíticas que justifican y argumentan la caracterización y desarrollo de los personajes situados en su esfera correspondiente.

publicado por José A. Peig el 17 enero, 2008

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