Alex de la Iglesia maneja la puesta en escena y la película cuenta con un par de planos secuencia bastante memorables. Lástima que todo resulte en un juego caprichoso y autocomplaciente, en un tono dramático indefinido, y un discurso filosófico incon

★☆☆☆☆ Pésima

Los Crímenes de Oxford

Las películas definen su calidad por la contundencia que podemos apreciar en los tonos y formas utilizados. No basta con tener entre manos una historia interesante si el cineasta no aplica una mirada eficiente. La nueva película de Alex de la Iglesia es un buen ejemplo de distorsión recíproca entre la base conceptual del relato (bastante densa, compleja) y el objetivo lúdico que persigue, afín al thriller clásico y a los rasgos que mejor definen el género de suspense, situando al espectador ante un puzzle de personajes y datos que vienen a ser los códigos, el material para seguir el juego propuesto. Conjugar esas dos facetas era meritorio y desde luego la película implica un riesgo muy de agradecer en los tiempos que corren.

Desconocemos el texto en el que se inspira, pero da la sensación que los guionistas – en el intento de sintetizar la historia para que esta pueda ser más accesible a todos los públicos – no han sabido dar con el esquema y desarrollo adecuados, con lo que tenemos un guión muy flojo y descompensado. Siendo un producto que juega con las claves y la mitología del género con el fin de crear un efecto determinado (la sorpresa), resulta de lo más previsible. La misma caracterización de los personajes y – sobretodo – la presentación de los mismos ya apunta hacia unas resoluciones evidentes para cualquier espectador atento y conocedor de las claves del género. Las distintas vueltas de tuerca que aparecen en el tramo final no trascienden ese rango de posibilidades. Por tanto, ¿dónde esta la sorpresa?.

Por otro lado, en su pretendida condición de obra lúdica, no encuentra la fluidez necesaria en un desarrollo disperso a causa de la excesiva exposición de conceptos filosóficos y matemáticos. No es lícito dedicar tanto metraje a ese tipo de elementos (que por otro lado son ineludibles en la construcción del significado de este relato) sin que el espectador pueda ser partícipe de ello. Obviamente, no se trata de explicar o exigirle al espectador conocimientos sobre matemática y filosofía pitagórica. Es un problema de saber aplicar una mirada efectiva, de ritmo, de tempo, de sintetizar ese conjunto de datos de forma que quede articulado en una determinada exposición dramática. En suma, agilidad narrativa. Y aquí lo que hay es una narración demasiado espesa.

En sus contenidos abstractos y en el discurso filosófico naufraga en una mera exposición de conceptos que concluye en inconsistencias. Esta película habla sobre sentidos o ausencia de ellos, de indeterminación, causalidad o caos. Resolver el enigma de un crimen depende de conocer el patrón que guía la conducta del asesino. Si existe un orden implícito que gobierna el universo, podemos predecir y modificar el flujo de acontecimientos. El discurso – representado principalmente en el profesor Arthur Seldom (John Hurt) – señala hacia la naturaleza incognoscible de un universo gobernado por el azar.

Curiosamente, la escena final pretende subrayar la veracidad del pensamiento de Seldom, con Elijah Wood haciendo de víctima propiciatoria, la mariposa que bate las alas y determina todo el desarrollo del relato. Efectivamente, en el universo hay un orden implícito (y que podemos conocer, y por tanto, no existe el azar), lo cual produce una inconsistencia interna en el relato, y es en este punto donde más se nota que los guionistas juegan caprichosamente con los elementos sin concretar un significado y un tono dramático.

Lo peor de todo es el último plano, la expresión de sorpresa en el rostro de Elijah, la cual pretende reflejar la ( inmotivada a efectos inherentes al material fílmico) sorpresa del espectador. La expresividad de sus ojos nunca estuvo tan mal utilizada.

Sin duda, Alex de la Iglesia maneja la puesta en escena y la película cuenta con un par de planos secuencia bastante memorables. Lástima que todo resulte en un juego caprichoso y autocomplaciente, en un tono dramático indefinido, y un discurso filosófico inconcluso cuando no incoherente.
publicado por José A. Peig el 19 enero, 2008

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